Las prioridades que ordenan nuestra vida

Las prioridades parecen evidentes hasta que dejan de serlo. De la familia a la comunidad, de la patria a la caridad cristiana, una reflexión sobre el orden natural de nuestras obligaciones.

Mis prioridades

Nadie pensaba que un concepto tan aséptico como prioridades pudiera producir un debate tan generalizado y ardoroso. Y algunos consideramos las nuestras…

Mi primera prioridad es, naturalmente, mi familia, incluyéndome a mí mismo. Forma parte de la naturaleza humana —y no solo humana— y constituye un legado y un deber transmitidos generación tras generación.

Protegido ese primer nivel defensivo familiar, la prioridad se sitúa en los más próximos: mis vecinos, entre quienes vivo, trabajo o paseo. Y esas prioridades se amplían ante una ambulancia que reclama el paso o cuando se oye el rugido de un coche de bomberos.


La cercanía como deber natural

Y, sin tanto dramatismo, también cuando compartimos una acera en nuestra ciudad y aceptamos la prioridad de esa señora o de ese anciano; asimismo en los asientos del bus. Y en las consultas del hospital, ante el paciente grave, los médicos siempre damos prioridad, ¡aunque sea el último de la lista! Todo eso parece obvio.

También están las prioridades que proceden de la familia. Se trata de una comunidad social y política del hombre como individuo social, y de la Patria como proyecto y como meta humana.


La dimensión moral de las prioridades

Y, naturalmente, el catolicismo, que nos invita a amar a los ajenos… y hasta a los enemigos; objetivo difícil de alcanzar sin la ayuda de Dios. Ahí aparecen las prioridades exigidas por la caridad y la solidaridad, virtudes cardinales que obligan personalmente a cada creyente y que, al cumplimentarlas, añadimos a las prioridades comentadas, sin allanarlas.

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