Recuerdos de José Antonio

La admirable Encarnita Moya, alegre y faldicorta

Recreación digital. La presente imagen combina una fotografía histórica real de José Antonio Primo de Rivera con una reconstrucción artificial de un despacho auxiliar ocupado por una mecanógrafa. La fotografía original de José Antonio ha sido ampliada digitalmente para completar el suelo y facilitar su integración visual en una escena unificada de carácter evocador e ilustrativo.

La antigua mecanógrafa de José Antonio Primo de Rivera evoca su trato cotidiano con el fundador de Falange, la conservación clandestina de documentos y los riesgos vividos durante la Guerra Civil.

Introducción de LRP

Una memoria personal de la guerra

Publicado en abril de 1939, este texto recoge la conversación entre Ramón Blardony y Encarnita Moya, antigua mecanógrafa y colaboradora de José Antonio Primo de Rivera. A través de sus recuerdos aparecen escenas de la vida cotidiana del fundador de Falange, así como las dificultades y peligros que afrontaron quienes conservaron documentos y correspondencia durante la Guerra Civil.

El recuerdo de un ausente

La narración combina el testimonio de Encarnita con las propias vivencias del autor en el Madrid de la contienda. Constituye un relato de memoria y homenaje en el que se reconstruyen episodios, emociones y experiencias vinculadas a la figura de José Antonio.

Nota. El artículo que sigue fue publicado en Arriba el 16 de abril de 1939, firmado por Ramón Blardony Paredes con el título «Para el archivo de recuerdos de José Antonio» y refleja tanto el contexto político como el tono testimonial y evocador característicos de los primeros meses de la posguerra.



El encuentro con la mecanógrafa de José Antonio

Encarnita Moya es joven y bella. Es, sobre todo, modesta, muy femenina y muy española. Me la acaban de presentar. La que fue doncella de José Antonio me había indicado que hablara con Encarnita. Encarnita, indudablemente, reconocería la letra de José Antonio, porque había sido su mecanógrafa.

He vivido en el Madrid que no era de España. Acostumbrado a ver el nauseabundo espectáculo de grupos de muchachas de costumbres moscovitas, que habían comprendido el amor libre y sus funestas consecuencias en la vida práctica aun antes que en los libros que inundaron lo que fue la España "roja", y en los que se proclamaba a la mujer española emancipada para siempre, me conforta vivir unas horas en aquella deliciosa colmena de la Jefatura Provincial de la Sección Femenina de FET y de las JONS, en la que las muchachas de la nueva España se agitan, corren, y se me antoja que vuelan cual laboriosas abejas, almacenando cuidadosamente la miel recogida en todos los campos españoles para repartirla en el Madrid que ha vuelto a ser de España. Es la primera vez que veo un grupo de jovencitas españolas serias, pero alegres, sin la frivolidad de las mujeres marxistas.

En un angosto pasillo de aquella casa-colmena me presentan a Encarnita.

—Este es el periodista que quería verte —le dice la doncella.

—¿Es usted Encarnita? ¿Sabe usted de quién son estas cuartillas?

Sí, son de don José Antonio; vamos, de José Antonio. Aquí tengo yo una carta suya, el único manuscrito que he podido conservar. Sí, desde luego, esa letra es de José Antonio. El enlace de la «D» es típicamente suyo.

—Sí, ya lo sabía; pero quería que me lo confirmara usted. Me es preciso verla a usted esta tarde.


Las cuartillas salvadas durante la guerra

Nos despedimos. Beso las dos cuartillas que he guardado con veneración, contra el parecer de algunos amigos míos. Guardar las dos cuartillas sagradas era exponerse a un fusilamiento durante la dominación roja.

—Eres un loco. Ya es demasiada devoción esa. Si te encuentran eso, ya te puedes despedir de la vida.

Las cuartillas fueron cambiando de escondite. Tan pronto hallaban refugio en un marco detrás del retrato de mi padre, como entre unos libros viejos y polvorientos.

Fue en junio. Ya le habían trasladado a José Antonio de la Cárcel Modelo a la de Alicante. España estaba con dolores de parto. Yo creía en José Antonio, en su Falange y en la salvación de España por la revolución nacionalsindicalista. Falange era para mí bastante más que el levantar de millares de brazos, algo más que el lucir el yugo y las flechas sobre la camisa azul, exteriorizaciones todas del fervor de las nuevas milicias españolas; era el programa salvador, síntesis de toda la sociología cristiana.

Necesitaba celebrar una interviú con el jefe. El único medio era por un enlace. Agustín Peláez, amigo de José Antonio, asesinado algunos meses después en Barcelona, se prestó a ello. Le entregué un cuestionario y, al cabo de unos diez días, recibí las contestaciones de José Antonio.

Son de puño y letra del mismo jefe. ¿Está usted satisfecho?

Sí; pero necesito fotografías. Es mejor publicarlo con fotos.

Esperándolas en vano, se desencadenó sobre España la tormenta, cuyo fruto beneficioso para el sediento suelo español ya se está empezando a recoger.

Déjeme leerlo —me dice Encarnita—. Parece mentira que un hombre tan jovial, tan inteligente, tan sencillo, que tuvo una visión profética de la nueva España, haya dejado de existir.

Los ojos, muy oscuros, de la mecanógrafa, humedecidos, brillan al mirarme, esperando en vano una contestación. Coge en sus manos delicadas las cuartillas, en las que, con la imaginación, ve avanzar, como entes en el bufete, la mano serena del marqués enemigo de los señoritos egoístas e interesados y de los embaucadores del pueblo sano, enlazando letras y más letras.


Recuerdos del despacho y de la Falange naciente

La presencia de oficiales del Ejército Nacional en el café donde charlamos Encarnita y yo me vuelve a la realidad. El espíritu, estos días siguientes a la liberación de la capital por el invicto Ejército, flota entre lo real, lo tantas veces soñado durante el largo cautiverio, y los espectros de la dominación "roja".

—Se le está enfriando el café, Encarnita.

No, no me gustan estas bebidas de guerra.

—Pero si es café de verdad. No es malta, no. Y tiene azúcar.

Sí, es verdad... Ahí tiene usted el pensamiento de José Antonio. Yo tenía también un artículo inédito de nuestro jefe ausente. Lo tuve que quemar porque ya me habían detenido dos veces y me anunciaron que iban a efectuar un nuevo registro en casa. En aquel artículo se lamentaba José Antonio de la incomprensión de derechas e izquierdas.

—Yo recuerdo aquellas palabras de José Antonio: «Ayer, por última vez, expliqué ante el Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé y aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban, primero, con el asombro y, luego, con la simpatía».


Documentos ocultos y papeles perdidos

La correspondencia política de José Antonio, que llenaba dos maletas, la pudo esconder Encarnita durante unos días en su casa. Después, temiendo un registro, la entregó a una señora de confianza que vivía en un piso más abajo, quien la escondió en un agujero practicado en la pared, detrás del armario. Después del incendio de la Cárcel Modelo fueron quemados todos los escritos, menos una carpeta de Andalucía y el artículo antes referido.

Encarnita se resistía a entregarlos a las llamas. Su casa, en el barrio de Argüelles, sucumbió como otra víctima más de la guerra. Temía Encarnita que, al efectuar el descombro, encontraran los milicianos tan comprometedores escritos. Fueron su mamá y una señora a la casa destruida. Atravesaron controles con riesgo de sus vidas y hallaron todos los escritos.

Recibió más tarde Encarnita un aviso de una amiga de que iban a registrar su nuevo domicilio. Las imágenes de tantos horrores cometidos por los rojos pudieron más que su ardiente deseo de conservar el apreciado artículo, el cual, por fin, fue reducido a cenizas.


Cómo era José Antonio en el trato cotidiano

Encarnita no recuerda muchos detalles de la vida profesional de José Antonio ni de su propia vida.

He perdido la memoria. Esta guerra ha hecho estragos en todos los espíritus. No recuerdo muchas cosas. Me armo un lío. De José Antonio, ¿qué puedo decirle?

Recuerdo que era muy sencillo y muy jovial. Era hasta casi infantil a veces. Por las mañanas se iba al Jarama a bañarse. Iba casi siempre vestido con "mono" azul. Recuerdo además lo entusiasmados que estuvieron él, Sánchez Mazas, Ruiz de Alda y algún otro el día que me dijeron que ya tenía Falange su himno. Lo estuvieron cantando con verdadero gozo del alma.

—¿Tenía José Antonio muchos pleitos?

Últimamente se dedicaba exclusivamente a la defensa de sus camaradas procesados por tenencia ilícita de armas o por reuniones clandestinas. Huelga decir que soy falangista de corazón y admiraba a mi jefe. Yo le he servido muchas veces, cuando ya estaba él en la cárcel de Alicante, de enlace entre los jefes provinciales y los jefes militares comprometidos en el levantamiento.


La ausencia del jefe y la permanencia del recuerdo

Encarnita parece despertar de una pesadilla. Fue ayer cuando fueron a detener a José Antonio. Confiaba en que iba tan solo a prestar unas declaraciones. Le vio después casi todos los días, mientras estuvo en la Cárcel Modelo, para llevarle la correspondencia. De Alicante recibió algunas cartas, que se transmitían a los interesados. Contenían frases sin importancia, con nombres que debían tenerse en cuenta al iniciarse el levantamiento, nombres de jefes comprometidos en el Glorioso Movimiento Nacional.

Ha sido una pesadilla todo, todo lo sufrido en Madrid. Es difícil creer que hemos estado sometidos a la barbarie roja tanto tiempo. Hoy parece Encarnita despertar de una noche plena de imágenes dolorosas y repugnantes, y siente un impulso de ir al despacho, al bufete, donde todavía espera encontrar al abogado inteligente, al joven risueño, al jefe valiente de una organización perseguida por los de arriba y los de abajo.

Se esfuerza en volver a la realidad. La imagen de José Antonio no está ya en el bufete, junto a la mesa, en ademán de dictarle a Encarnita; pero se ha multiplicado. José Antonio está presente en todas las fachadas, en todos los folletos, los diarios, en millones de corazones: José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!



Nota de LRP.- Entre los documentos conservados de los últimos meses de José Antonio figura esta carta dirigida a sus compañeros de despacho. Escrita cuando intuía la proximidad de su muerte, constituye un testimonio de afecto y gratitud hacia quienes colaboraron con él durante años. Entre los nombres citados aparece el de Encarnita, a quien dedica una mención expresa al recordar a los miembros de su equipo profesional.

Un testimonio de gratitud

«Queridos Garcerán, Cuerda y Sarrión, mis pacientes compañeros de trabajo:

En estos momentos que, si Dios no lo remedia, son mis últimos días, me consuela del descontento profundo de mi vida y de mi carácter el recordar que he conseguido cosechar algunos afectos de inusitada calidad, y que ello tal vez revele dentro de mí alguna buena condición atractiva que a mí mismo me cuesta descubrir.

Entre los primeros de esos afectos están los de vosotros tres, mis leales, infatigables, generosos e inteligentísimos compañeros de trabajo. Mil gracias por este consuelo que me proporciona el pensar que me queréis un poco, y mil veces más mil perdones por lo muchísimo que os he dado que aguantar y por lo que he complicado vuestras vidas con los azares de la mía propia.

Como, por otra parte, yo también os tengo un afecto que no hay que ponderar ahora, confío en que me recordaréis sin verdadero fastidio, que me echaréis algo de menos.

A todos los demás remeros de nuestro despacho profesional más o menos asiduos, a Matilla, a Power, García Conde, etc., sin olvidar a la admirable Encarnita, mi despedida de verdadero y agradecido amigo.

Y para vosotros tres, fuertes abrazos».

José Antonio Primo de Rivera



Sobre el entrevistador

Ramón Blardony Paredes fue un periodista y traductor de origen filipino que desarrolló gran parte de su actividad profesional y vital en España durante el siglo XX.

Entrevistó a José Antonio Primo de Rivera, en la Cárcel Provincial de Alicante. En dicha conversación abordaron temas de política económica y las diferencias de su ideario con el régimen nazi.

La entrevista consistió, en realidad, en un cuestionario por escrito respondido el 16 de junio de 1936. El periodista no llegó a entrevistarle cara a cara en el locutorio; las preguntas y respuestas se gestionaron de forma clandestina a través de un intermediario (el enlace falangista Agustín Peláez), mientras Primo de Rivera se encontraba preso en la referida cárcel de Alicante.

Durante el posterior juicio del bando republicano que lo condenó a muerte en noviembre de 1936, el tribunal utilizó la entrevista con Blardony como prueba acusatoria. El fiscal intentó demostrar que el líder de la Falange seguía dirigiendo y coordinando activamente a sus militantes desde el interior de la prisión.

Los documentos con las transcripciones se pueden consultar en el portal histórico Rumbos: