El talento español que la política desperdició
Dos hitos de la ingeniería naval española, separados por 29 años, revelan una paradoja que sigue interpelándonos: hubo capacidad para adelantarse al mundo, pero faltó voluntad política para aprovecharla.
Dos fechas, una misma capacidad
Septiembre ofrece una singular oportunidad para mirar hacia una España que quiso adelantarse a su tiempo. El 23 de septiembre de 1859, Narcís Monturiol presentó en el puerto de Barcelona su Ictíneo I. Casi tres décadas después, el 8 de septiembre de 1888, Isaac Peral veía botado en San Fernando el submarino que llevaría su nombre, el Peral. Dos fechas alejadas en el calendario histórico, pero extraordinariamente próximas en lo esencial: ambas hablan de ingenio, perseverancia y capacidad tecnológica española.
Y hablan también de algo menos confortable: de la distancia que tantas veces ha separado en España el talento de quienes crean y la voluntad de quienes gobiernan. Monturiol tuvo que recurrir a la iniciativa privada después de encontrarse con la incomprensión oficial. Peral, pese al respaldo inicial de la Corona y al éxito de sus pruebas, tampoco consiguió que su proyecto se incorporara a una estrategia naval acorde con sus posibilidades. El problema no parecía ser la falta de capacidad, sino la incapacidad para convertirla en proyecto nacional.
Monturiol y Peral: dos adelantados
Monturiol fue mucho más que el inventor de un ingenio capaz de sumergirse. Su Ictíneo II incorporó soluciones destinadas a resolver uno de los grandes problemas de la navegación submarina: mantener la vida de la tripulación durante la inmersión. Su propuesta de propulsión y regeneración del aire situó al proyecto en la vanguardia de la experimentación submarina. Sin embargo, las dificultades económicas y la falta de respaldo institucional terminaron imponiéndose sobre la audacia del inventor, que murió prácticamente arruinado y olvidado.
Peral recogió, en otro contexto, aquella estela de innovación y la llevó al terreno militar. Su submarino de 22 metros incorporaba dos motores eléctricos, periscopio y un sistema de lanzamiento de torpedos, y durante las pruebas demostró que podía navegar sumergido siguiendo rumbo y cota establecidos. Su inventor llegó a plantear una prueba tan ambiciosa como atravesar el estrecho de Gibraltar entre Algeciras y Ceuta, pero la propuesta fue rechazada. El proyecto que podía haber proporcionado a España una ventaja estratégica excepcional terminó sin convertirse en el instrumento naval que Peral había imaginado.
Cuando el ingenio no basta
Aquí aparece la verdadera lección de estas dos historias. Una nación no se convierte en potencia tecnológica únicamente porque tenga inventores brillantes. Necesita instituciones capaces de reconocerlos, industria capaz de desarrollar sus ideas y dirigentes capaces de comprender que la innovación también forma parte de la soberanía. La España de la segunda mitad del XIX tenía hombres capaces de concebir soluciones extraordinarias, pero padecía una política demasiado pendiente de sus equilibrios internos y demasiado poco de la transformación que estaba produciéndose en el mundo.
Cuando llegaron las horas decisivas que condujeron al Desastre del 98, aquella carencia resultó dramática. Las grandes potencias entendían que industria, tecnología, flota y posición internacional formaban un mismo tablero. España, en cambio, llegó debilitada a una pugna en la que no bastaban el heroísmo ni la tradición naval. No hace falta atribuir cada fracaso a una conspiración exterior para reconocer que las potencias rivales supieron aprovechar nuestras debilidades. La responsabilidad esencial estaba dentro: en un sistema político que no supo construir una estrategia nacional a la altura de las capacidades de sus propios ciudadanos.
La perspectiva joseantoniana permite leer esta historia sin caer ni en el complejo de inferioridad ni en la nostalgia paralizante. La lección de Monturiol y Peral no es que España estuviera condenada a fracasar, sino precisamente lo contrario: que cuando existe voluntad, inteligencia y sacrificio, los españoles pueden situarse en la frontera de lo posible. El desafío sigue siendo convertir esa capacidad individual en una empresa colectiva. Quizá ahí resida la verdadera recuperación pendiente: una España que vuelva a confiar en sí misma, que sepa organizar su talento y que aspire no a recuperar glorias pasadas, sino a conquistar algo mucho más necesario: el lugar que corresponde a una nación digna.
Para saber más
- Wikiwand (Wikipedia modernizada):
- Otros:
- Así construyó Peral su submarino (El Mundo).
- 125 aniversario del submarino de Isaac Peral (infografía)
- Narciso Monturiol y el Ictinio (blog)
- Imágenes del Ictinio (flickr)
- Inventores españoles de equipos subacuáticos (blog).
- Narciso Monturiol e Isaac Peral: cuando España abrió nuevo camino bajo las aguas (El Confidencial)
- Así construyó Peral su submarino (El Mundo).
Documental de Bioimatge
Exposición del Museo Marítimo de Barcelona sobre Narcis Monturiol y el Ictinio
Documental del canal de Historia en Región de Murcia Digital.
El submarino de Isaac Peral superó, a pesar de los fallos, todas las pruebas a las que fue sometido por la Junta de Expertos de la Marina.