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Las verdaderas prioridades de España

Entre el nacionalismo excluyente y el globalismo sin raíces, España necesita recuperar el sentido de la Patria, defender su soberanía y afrontar con decisión los desafíos culturales, económicos y sociales de nuestro tiempo.

Prioridad nacional: un concepto que exige claridad

Esa derecha que presume de sentido común ha hecho suyo un nuevo eslogan: «Prioridad nacional». Más allá de alguna propuesta razonable y justa, sin embargo, rara vez explica con claridad qué significa realmente esa prioridad, ni quiénes ni bajo qué supuestos y circunstancias merecen una atención prioritaria.

Todos conocemos a vagos redomados cuyo abolengo patrio se pierde en la noche de los tiempos, del mismo modo que conocemos a españoles nacidos lejos de nuestras fronteras que trabajan, cumplen y honran con su conducta a la comunidad que los acoge. También abundan los vividores subvencionados nacidos aquí, así como empresarios igualmente nativos que abaratan costes explotando mano de obra inmigrante, pagando salarios indignos o incumpliendo sistemáticamente la legislación laboral.

Todo ello sucede, además, ante la indulgente pasividad de quienes deberían vigilar y corregir tales abusos. No resulta sencillo, por tanto, establecer criterios absolutos de arraigo o legitimidad nacional. Tampoco criterios de justicia vinculados a clasificaciones de la población según para qué asuntos.


Entre el odio identitario y el universalismo sin raíces

Como señalaba Juan Manuel de Prada en un brillante artículo, el amor —que debería ser la ley suprema de toda convivencia humana— trata siempre de comprender al otro en su singularidad irrepetible; mientras que la contravención de esa ley evangélica deja campo libre a su antagonista: el odio.

El odio simplifica, reduce y encierra a las personas en categorías abstractas. Necesita uniformar a sus víctimas y convertirlas en masas indiferenciadas sobre las que proyectar resentimientos y frustraciones.

El racismo responde precisamente a esa lógica degradante. Homogeneiza lo diverso mediante etiquetas simplificadoras y alimenta fantasías identitarias que contradicen tanto la realidad histórica del mestizaje como la concepción cristiana de la unidad del género humano.

Pero tampoco el extremo opuesto ofrece una solución verdadera. Ese universalismo sin raíces y de fronteras abiertas, tan frecuente en ciertos sectores progresistas, termina despreciando las tradiciones, culturas y formas de vida concretas que dan continuidad histórica a los pueblos, así como creando el caos, especialmente en los barrios populares.

Santo Tomás de Aquino ya comprendió que la acogida al extranjero debía armonizar la caridad cristiana con el bien común de la comunidad política. Ni etnicismo ni globalismo. Las comunidades humanas necesitan preservar una continuidad espiritual, moral y cultural que les otorgue cohesión y sentido histórico.

Solo desde raíces firmes y de forma ordenada puede existir una apertura auténtica al intercambio y al encuentro con otros pueblos. Cuando desaparece ese ethos común, las sociedades se fragmentan y quedan expuestas al desarraigo y la disolución.


La primera prioridad: recuperar la idea de Patria

Nosotros, quienes siguiendo a José Antonio rechazamos tanto los moldes de la derecha como los de la izquierda convencionales, entendemos que España afronta hoy varias prioridades nacionales que exigen atención urgente.

La primera de ellas es recuperar la idea de Patria. Porque hay que dejar claro que Patria no es lo mismo que nación. El patriotismo, virtud señera, conlleva una actitud constructiva basada en un proyecto compartido que requiere lealtad, esfuerzo y respeto a instituciones y valores compartidos.

El patriotismo fomenta la convivencia y se esfuerza por integrar las diferencias. El puro nacionalismo, en cambio, es una actitud viciosa: una especie de enfermedad, una patología morbosa del auténtico patriotismo con una clara tendencia centrífuga. En palabras de José Antonio, el nacionalismo es el individualismo de los pueblos.

Su característica definitoria es que busca dividir y construir a partir del conflicto, necesitando permanentemente un enemigo para existir. Según el fundador de la Falange, cuando criticaba al fascismo, el nacionalismo es romántico, anticatólico, multitudinario y fatigoso por la permanencia en la crispación.

El nacionalismo nunca tiene un arraigo territorial real, sino que es una fuerza colonizadora que se apropia de los territorios con fines egoístas, buscando amputar o fragmentar en lugar de integrar. Por eso no fue igual la obra imperial española que la colonización inglesa, neerlandesa, francesa o belga.

Me entristece escuchar, en boca de supuestos camaradas y de movimientos que se envuelven en nuestra bandera y nuestros símbolos, argumentos raciales, pseudoculturales e identitarios que recuerdan demasiado a los delirios doctrinales de Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco.

La condición de español no puede reducirse a criterios biológicos, étnicos o folclóricos, ni a vagas fantasías sobre una pretendida raza española. Tampoco basta una cultura superficial y costumbrista, ni el simple hecho de haber nacido en suelo español o descender de españoles.

Lo español —definido por uno de sus más egregios representantes como «una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo»— exige algo más profundo y comprometido. Supone la pertenencia consciente a una comunidad histórica y espiritual; una voluntad de continuidad, lealtad y servicio a una empresa colectiva que trasciende a las generaciones.

La Patria es precisamente ese vínculo intangible que une a un pueblo más allá de lo puramente material. Es el hogar compartido que enlaza pasado, presente y futuro; una comunidad de destino en la que convergen las aspiraciones de muchos hombres y mujeres unidos por lazos históricos, culturales y espirituales.

No se trata solo de heredar una nación, sino también de asumir la responsabilidad de conservarla, desarrollarla y proyectarla hacia el porvenir. Para ello, es prioritario y urgente educar en el amor a la Patria del mismo modo que el niño que nace en una familia sana es educado en el amor de —y hacia— los padres y hermanos.

La Patria hay que enseñarla, así como es preciso simbolizarla, contrastándola con realidades más inmediatas y siguiendo la pauta de una ley amorosa de solidaridad humana universal. Hay que educar en los valores que nos identifican como españoles: hacia adentro y hacia fuera.

Es de vital importancia que esa idea armoniosa de la Patria se instale tanto en los corazones de los nacionales (nativos) como en los de todos aquellos que han venido de fuera —cumpliendo con los debidos requisitos— quieran formar parte de nuestra comunidad nacional.


Descolonización cultural y soberanía nacional

Otra de las tareas más apremiantes de nuestro tiempo consiste en descolonizar culturalmente a España. Durante décadas, las élites modernizadoras, en connivencia con cierto papanatismo popular, han fomentado un profundo complejo de inferioridad hacia lo propio, difundiendo la idea de que todo cuanto viene de fuera es necesariamente superior.

El resultado es visible: desconocimiento creciente de nuestros clásicos, abandono de nuestras tradiciones culturales en paralelo a una aceptación acrítica de usos, expresiones y festividades ajenas que terminan desplazando referentes históricos propios.

Por desgracia, no es solo eso. Desde el punto de vista geoestratégico, tecnológico e industrial, España está colonizada por potencias y superestructuras económicas a las que desde hace muchos años —ya con Franco— nos hemos entregado.

No solo hay que luchar contra la islamización de Europa y de nuestros barrios, que también, por supuesto. Hay que hacer que el espíritu religioso (católico), clave de algunos de los mejores capítulos de nuestra Historia, sea respetado y amparado como merece.

Pero tampoco una nación soberana puede permitirse asumir de manera acrítica conflictos, intereses o alianzas exteriores que no respondan directamente a su propio bien común. Resulta preocupante, en este sentido, el silencio de amplios sectores de la derecha española ante actuaciones de los actuales gobiernos norteamericano e israelí que merecerían una crítica mucho más clara y valiente.

Este seguidismo también constituye un peligroso condicionante de nuestra identidad, soberanía y libertad. El estrecho de Gibraltar es controlado mayoritariamente por Marruecos e Inglaterra, que, contra las indicaciones de la ONU, continúa manteniendo, con riesgo para nuestra península, la situación colonial del Peñón.


Industria, campo y control de los recursos estratégicos

El desmantelamiento de nuestra industria, efectuado por el gobierno socialista de Felipe González bajo el eslogan de «reconversión industrial», supuso una pérdida deliberada de soberanía y capacidad productiva en favor de otros países comunitarios.

Hoy día, otro gobierno socialista y la Unión Europea están dispuestos a acabar con el sector primario agrícola y ganadero, y con la pesca. Los acuerdos entre la Unión Europea (UE) y países como Marruecos y el bloque de Mercosur constituyen una amenaza gravísima para el sector primario en España.

Nuestro campo no puede soportar una competencia desleal. La exigente normativa en materia ambiental y fitosanitaria ha de valer para todos o para ninguno. No tiene pies ni cabeza que, por seguridad y sostenibilidad, se prohíban determinadas prácticas y que luego se admitan productos obtenidos fuera saltándose dichas medidas.


Narcotráfico y seguridad nacional

Capítulo aparte merece la creciente y descarada colonización del narcotráfico sobre nuestras costas del sur, con la escandalosa dejadez del gobierno socialista.

Da mucho que pensar la desprotección en la que han dejado a nuestra Guardia Civil tras el desmantelamiento de la OCON-Sur, y los medios tan precarios de los que disponen para un combate desigual. Parece como si el narcotráfico se hubiera ya infiltrado y ocupado parcelas en los órganos de gobierno y decisión.

Es prioritario y urgente que se luche eficazmente contra este cáncer peligroso, utilizando todos los efectivos e implicando a la Armada en el control de las aguas del sur de España. Existen medios para actuar por tierra, mar y aire contra este peligro. Las armas están para usarlas cuando hace falta. Lo peor es la falta de voluntad de acabar con ello.


Juventud, vivienda y horizonte político

Obviamente, es igualmente prioritario y urgente que nuestra juventud, aquella que trabaje y aporte, disponga de oportunidades claras y seguras en el terreno laboral y en el acceso a la vivienda.

El Estado y las administraciones públicas, como se hizo en épocas cuya memoria quieren borrar por ley, deben implicarse de un modo efectivo, controlando y supliendo al mercado.

Cuando el actual e infame gobierno sea sustituido por otro —presumiblemente de signo derechista— veremos si realmente se atiende a estas prioridades nacionales urgentes.

Nos tememos que el asunto es de más hondo calado y que el tinglado actual, con sus derechas y sus izquierdas, es incompetente para afrontarlas. A lo mejor es que lo prioritario y urgente acaso sea poner rumbo hacia otro tipo de régimen político.


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