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El arte, espejo de la conciencia de un pueblo

Ganivet entendió el arte como expresión de la historia nacional. Desde esa idea, el texto enlaza cultura, regeneración y espíritu colectivo con el proyecto de José Antonio para España.

Introducción

El texto que sigue corresponde al segundo de los seis apartados del trabajo de Luis Fernando Torres, titulado Ángel Ganivet, Felipe Ximénez de Sandoval, José Antonio... El anhelo que perdura, publicado en la revista Altar Mayor en 2013. Los seis apartados que componen el estudio son:

  1. Ganivet observa lo más lejano para acercarse más a España.
  2. El arte como arquetipo del espíritu de un pueblo y de su gloria.
  3. José Antonio, la justicia social. Una nueva economía al servicio de la colectividad.
  4. José Antonio y algunos intelectuales.
  5. Participación política. Diseño del Estado.
  6. El hombre y su muerte. El anhelo que perdura.

II. El arte como arquetipo del espíritu de un pueblo y de su gloria

El arte como expresión del espíritu nacional

En la ambiciosa pretensión del gran filólogo alemán Max Kommerell que en sus obras sobre el clasicismo y el romanticismo alemán creyó vislumbrar una estrella fugaz pero siempre fiel a su cita respecto a la revelación del espíritu cultural germano, de los últimos siglos, o recordando los planteamientos de G. Gadamer respecto al foco de verdad que se desvelaba en el arte tal como razonó en su obra Arte y Estado de 1934. Podemos intuir una recreación ennoblecedora del carácter por medio de la cultura. Un tercio de siglo antes, Ganivet había escrito en su obra Idearium español:

«Si contrastamos el pensamiento filosófico de una obra maestra de arte con el pensamiento de la nación en que tuvo origen, veremos que, con independencia del propósito del autor, la obra encierra un sentido, que pudiera llamarse histórico, concordante con la historia nacional: una interpretación del espíritu de esta historia».

España fértil en la creatividad artística y en la valoración del arte foráneo pero realizado en España, de tantos europeos que trabajaron en los palacios de nuestra monarquía, ha encontrado, en no pocas ocasiones, una idea de regeneración, redención, reorganización política o de progreso social, pero generalmente huyendo de lo mejor del arte que también se ha «hecho visible en fórmulas negativas o destructoras», disolviendo la conciencia colectiva como escribió Ganivet. El regeneracionista santanderino Ricardo Macías Picavea, anterior a Costa, y muy cercano al oscense Lucas Mallada (profundamente realista respecto a las carencias en materias primas y minería de nuestro país, no en vano era geólogo..., pensador al cual ya dediqué un ensayo...), afirmó que la incapacidad para el encuentro con una razón útil y liberadora de los españoles no podía implicar el derrotismo, por ello escribió:

«Pues esta atrofia y debilidad interna del discurso y de la voluntad libre constituyen la raíz y causa íntima de nuestra cobardía civil. Y ¡cuidado que parecen increíbles los extremos a que se lleva! Se ve clara mil veces la necesidad de una resolución, de una eliminación, de una reforma: ¿quién se atreve aquí a acometerlas, ni siquiera a aconsejarlas?».

Sin ideas sabias, ecuánimes, nobles, integradoras, renovadoras, caeremos en la tecnocracia; precisamos de ideas vivas para que la Universidad, las Administraciones, los sindicatos, las empresas no funcionen en seco y con bajo rendimiento, como máquinas, lo cual delata una enfermedad colectiva del espíritu, la debilidad de la voluntad, la abulia... como posteriormente reafirmaría nuestro premio Nobel Ramón y Cajal. El espíritu fuerte a partir de multitud de ideas contradictorias debe ser capaz, según Ganivet, de ser asimilado para «elegir un rumbo propio que se eleve a concepciones originales».

Este fue el reto que asumió José Antonio después del fracaso de la Restauración canovista, del reformismo maurista y de la ímproba pero infravalorada labor de la dictadura del general Primo de Rivera (que creó miles de escuelas e institutos, potenció los regadíos y las obras hidráulicas, impulsó la industrialización del país y las obras públicas, y elevó a un rango destacable de justo equilibrio las relaciones sociolaborales, creando, en su primera versión moderna, el derecho del trabajo español..., etc.). Posteriormente una República pretenciosa que despreciaba toda la buena herencia recibida nos llevó por el egoísmo desalmado de todos los sectores sociales y políticos al brutal enfrentamiento civil. Pedro P. Laín ya se hizo eco de la afirmación unamuniana respecto a la ineficacia de los partidos políticos españoles, radicalmente adversarios y «polémicos»...

«Con una clara ausencia de espíritu constructivo: Puede decirse que nuestros republicanos no son sino antimonárquicos y no sino antirrepublicanos nuestros monárquicos» Unamuno.


Un espíritu sin posturas "anti"

Este espíritu hemipléjico donde sólo se aprecian posturas "anti" golpeaba la conciencia de José Antonio que buscaba el bien integral de la Nación por encima de cualquier particularismo e ideologismo. José Antonio fue consciente de las graves lacras que lastraban el ser de España y buscó en una Revolución Nacional la dignificación del trabajador y del trabajo, el progreso socioeconómico, como había escrito J. P. Forner, dos siglos antes, «El punto central de la sabiduría útil».

El estilo joseantoniano tenía algo de serenidad clásica, aspiraba a integrar el cielo protector de todo el contorno de la Patria con todos los vectores milenarios que la habían configurado. En el artículo titulado El ruido y el estilo, censurado en abril de 1936, José Antonio escribió, en relación a ciertas afirmaciones supuestamente patrióticas: «que en realidad no podía saberse a qué ley matemática y a qué ley de amor obedecen», se trataba de no hacerle el trabajo duro y sucio a la derecha en aquella circunstancia representada por Miguel Maura. Ya Sánchez Mazas, o el jesuita español del s. XVIII Esteban Arteaga, antes que Wagner, describieron el arte total, este último en el teatro italiano además de publicar sus valiosas Investigaciones filosóficas sobre la belleza ideal...

Ciertamente el estilo falangista tiene algo de filosófico, estoico, ascético, militar y religioso; por eso desconcierta a los acomodaticios del sistema del pensamiento débil y pragmático.

Camón Aznar, sabio crítico de arte zaragozano, escribió sobre Valdés Leal: «sus pinceladas parece que siguen el ritmo de sus palpitaciones». El pálpito de los tiempos al que hizo referencia el Sócrates catalán, Eugenio D’Ors, exigía para la España «que no puede morir» una revolución social, institucional y nacional que la rescatase para el orden de la justicia y de la hermandad. Ese era el proyecto de José Antonio.


España, poesía y filosofía

La visión poética que José Antonio tiene de España es realista, ambiciosa de superación del sufrimiento, la injusticia y la miseria.

«En la mitología se dan unidas poesía y filosofía, una producción del saber que es ya en sí poético, o una poesía, que tiene en sí, no tomado o recibido de fuera, un contenido filosófico. La mitología no puede ser explicada en su origen y nacimiento de una manera mecánica, sino tan sólo como una producción orgánica».

En el fono, los estudios filológico-históricos de Menéndez Pidal en su Castilla, la tradición y el idioma, o en su magnífica investigación Los godos y la epopeya española, se extrae del romancero germánico una parte medular del ser y de la conciencia literaria y cultural de España. Como escribió Claudio Sánchez Albornoz, España se convierte en poesía hecha obra:

«Aunque nos faltaran los testimonios de 'Las partidas', del 'Libro de los estados y del caballero', del 'Libro infinito', de don Juan Manuel, y del 'Rimado de Palacio', del canciller de Ayala, bastarían para acreditar que ya había prendido entre los castellanos la preocupación por la cultura, las palabras con que excusa su ignorancia el jocundo arcipreste de Hita, en verdad mucho más “sabio” de lo que le lleva a confesar su admiración por el saber de los otros».

La corte del monarca aragonés Alfonso V en Nápoles fue un epicentro de toda la cultura greco-romana clásica a la cual sirvió y de la cual se alimentó espiritualmente. Los cronistas coetáneos relataron cómo hacía altos con el grueso de su ejército en los lugares donde había escrito o reposado Tito Livio...