Cambios de chaqueta

5/12.- Nos parecen naturales las evoluciones en el pensamiento; todos tenemos derecho a rectificaciones, a cambiar de ideas o a actualizarlas en función de las circunstancias. Si es así, es preciso reconocerlo, pero sin disimulos ridículos; un caso paradigmático sería el de Dionisio Ridruejo

Publicado en la revista Lucero, núm. 141, 4º T de 2020. Editado por la Hermandad Doncel - Barcelona | Frente de Juventudes. Ver portada de Lucero en La Razón de la Proa.

Una de las humoradas que se atribuyen a Foxá fue que lo que no perdono a los comunistas es que me hayan hecho falangista. En la misma línea, Jesús Láinz, en su artículo Mi amigo republicano (Desde la Puerta del Sol de 21 de agosto) dice que mi amigo, el veteranísimo republicano, no puede perdonar a Sánchez y a Iglesias que le hayan convertido en un ferviente monárquico.

Ya sabemos que Foxá era un bromista empedernido, al que se atribuyen –como a Napoleón– tantos dichos jocosos; y que el amigo republicano de Láinz representa la estupefacción y desengaño de muchos españoles de hoy ante el supuesto republicanismo. Tipo Frente Popular, del presidente y vicepresidente del actual gobierno. Pero ello no es óbice para que reflexionemos algo sobre los cambios de chaqueta, que nos hacen, en ocasiones, que se tambalee la confianza en el género humano.

Como casi todo, esta casi siempre despreciable actitud no es privativa de los españoles; lean, por ejemplo, el Italia fuera de combate de Ismael Herráinz o contémplense las trayectorias de muchos supuestos luchadores por la libertad en la vecina Francia, para comprobar que en todos los sitios cuecen habas. Los cambios de Régimen, bruscos y traumáticos, pausados o raudos, con rupturas o pasos de la ley a la ley suelen acarrear alteraciones en las conciencias (o en las carteras) muy señaladas y evidentes.

Los que ya peinamos canas asistimos, entre regocijados e indignados, al fenómeno español de la Transición, cuando, desde las cúspides del poder a la ciudadanía de base, desde los palacios a los talleres, muchos se apresuraron a jurar por sus respectivos muertos que eran demócratas de toda la vida; incluso, cuando se iba sucediendo el turno alternante de gobiernos de derecha a izquierda ( o viceversa), las simpatías, militancias, votos y parabienes se iban inclinando a favor del vencedor sin el menor sonrojo.

Nos parecen naturales las evoluciones en el pensamiento; todos tenemos derecho a rectificaciones, a cambiar de ideas o a actualizarlas en función de las circunstancias. Si es así, es preciso reconocerlo, pero sin disimulos ridículos; un caso paradigmático sería el de Dionisio Ridruejo. Pero, si no es así, si se permanece en la fidelidad a lo sustentado, en los principios y valores que subyacen por debajo de lo accidental, la actitud humana es digna del aplauso.

Lo otro, la cuquería hipócrita, el arrimarse al sol que más calienta, debe ser motivo de desprecio por parte de los nuevos compañeros de viaje y de los antiguos a quienes se ha abandonado en la cuneta.

El modo de reconocer la sinceridad o el arribismo es cuando, al tropezarnos con el antiguo camarada, o nos da la mano firme y es capaz de mantener una amistad, aunque haya cambiado, o rehúye el encuentro, la mirada a los ojos y su mano está floja y sudorosa.


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