¿Resistencia o catarsis?

1/07.- ¿Resistir? Naturalmente. Es preciso resistir. Pero no una resistencia pasiva y conformista, basada en llevar con paciencia las incomodidades de no poder salir de casa, tomar unas cañas con los amigos o no ver nuestros familiares, sino resistir sin desmayo en otras parcelas de la vida política y social.


Publicado en el número 141 de Cuadernos de Encuentro, de verano de 2020. Revista editada por el Club de Opinión Encuentros.
Ver portada de Cuadernos de Encuentro en La Razón de la Proa

Estimados socios, suscriptores, colaboradores, simpatizantes y amigos:

El pasado año, como recordareis, celebramos nuestro cuarenta aniversario especialmente como homenaje a los más de doscientos cincuenta invitados que han ido pasando por nuestras conferencias y tertulias a lo largo de esos años, dándonos la confianza de nuestro respeto a sus opiniones aunque a veces no las hayamos compartido, y recibimos gratificantes y alentadoras muestras de apoyo de todos vosotros.

Quién iba a suponer, que ahora, un año después, nos íbamos a encontrar con esta situación inédita, en la que por culpa de la infección del Covid-19, que se está cobrando cientos de miles o de millones de víctimas, si incluimos sus familias en todo el mundo incluida España, que arrasa la economía de multitud de países, y que todo apunta a que en nuestro caso, sus consecuencias van a resultar dramáticas, incluso obligándonos a cambiar nuestra forma de vivir, es seguro que también vamos a experimentar en los próximos meses importantes cambios en lo político, lo económico y lo social.

Pero a pesar de los negros nubarrones que indudablemente van entenebrecer nuestro inmediato futuro, como soy creyente, y las ideas, convicciones y principios que expuse entonces, están basadas en esas creencias, intento afianzarlas con aquellas virtudes teologales, que aprendíamos de niños en el colegio, Fe, Esperanza y Caridad, que aunque no soy teólogo, siempre he considerado absolutamente inseparables –invito al profesor Buceta a que me corrija– porque son como una silla con solo tres patas, que si falla una te caes, y que me vais a permitir llevar al terreno político.

Y lo hago, en el sentido de reafirmar la Fe en lo que se cree y por lo que se lucha, en la Esperanza, para impedir el desánimo propio y procurar transmitirla a los demás, y en la Caridad (ahora solidaridad), reconociendo y apoyando todo lo que hay de bueno en la persona, y haciendo y proponiendo todo aquello que ayude a mejorar y hacer más digna y más justa la vida de nuestros compatriotas, en todos los niveles, que en definitiva creo que debe ser el objetivo final de toda política.

Pero tras este largo exordio, me extiendo a otros aspectos más actuales.

Ni qué decir tiene que como no podría ser de otra manera, estoy preocupado, muy preocupado,con la pandemia que estamos viviendo y sus consecuencias, sintiéndome especialmente sensible al dolor de aquellas familias que han perdido a sus familiares y amigos, y que no han podido siquiera acompañarles en sus últimos momentos ni despedirles con dignidad.

Y estoy también muy irritado, por la desastrosa gestión de este gobierno que ya nació con graves carencias y que a lo largo de estos meses ya ha demostrado su ignorancia, su incapacidad y su sectarismo, dando palos de ciego que han duplicado o triplicado las víctimas y que solo trabaja para mantenerse en el poder, sea como sea, mintiendo y atropellando groseramente nuestra inteligencia con sus peroratas y sus comparecencias trucadas.

Pero confieso que también estoy muy preocupado por otra cuestión que advierto, escuchando o leyendo a muchas, no a todas, pero sí a muchas, personas o grupos y a sus respectivos medios, con las que debiera sentirme más identificado en lo político –lo personal es aparte– pero que no lo consigo, porque no estoy de acuerdo con ellos, y me siento un poco como un extraño en un mundo que debiera ser el mío.

En unos casos, las noto excesivamente abatidas, sin ánimo para nada, y como si todo estuviera perdido. A lo que sin duda también ayuda mucho, el que hoy, casi todo lo que se escribe, se reproduce o se comenta en esos medios o en esas redes, es siempre lo mismo: «No hay nada que hacer», «Todo es malo, no hay posibilidad de que esto mejore», o siendo insultados con frases como que «vivimos en una charca podrida sin solución», o que «los españoles somos ya masas cretinizadas y esclavos de gustos de bragueta» (sic).

Y en otras, más activas e indignadas, aunque a mi juicio, un poco desorientadas, disparando a todo lo que se mueve –equivocándose de adversario– incluso contra aquello que, con todos sus defectos, debieran sentir más cercano y que al generalizar puede resultar tremendamente injusto.

Se dispara contra la Iglesia, y se generaliza o solo se destaca lo peor. Sin tener en cuenta, que la Iglesia que tiene más de veinte siglos de existencia, y ha pasado por épocas de enormes escándalos en su cúpula y sus filas, ha sobrevivido, porque por un lado así está escrito, y por otro, porque se ha compensado con otros innumerables casos de santidad, de martirio y de ejemplaridad.

¿Qué hay motivos en estos momentos en España, y muy recientes, para la crítica de muchos de sus pastores? ¡Pues claro que sí!, no hay porqué ocultarlo, pero tampoco se debe ocultar por ejemplo, la tremenda labor de sacerdotes en primera línea de los hospitales, o de párrocos y voluntarios católicos que trabajan día y noche para ayudar y alimentar a miles de familias. Y de esto poco escucho o leo poco. Y resulta injusto.

Y se tira contra el Ejército. Pero que pasa como con la Iglesia. No desconozco que ha habido por parte de militares de alta graduación con cargos políticos, comportamientos en unos casos vergonzosos y en otros vergonzantes por haberlos consentido. Pero eso no quita, para no reconocer que la inmensa mayoría de nuestras Fuerzas Armadas, hayan cumplido y sigan cumpliendo su trabajo con dignidad, eficacia y ejemplaridad.

Y es triste, que se oigan frases despectivas dándoles, en la mejor de los casos, la calificación de simples ONGs, cuando nuestros soldados, ya han demostrado a lo largo de todos estos años su preparación y espíritu de combate en misiones internacionales, y que ahora también se están jugando la salud y la vida luchando contra esta pandemia, este enemigo tan letal silencioso y traicionero, como pudieran ser los francotiradores del enemigo en otras latitudes.

Y lo están realizando como siempre, con una labor callada y como digo, ejemplar, (que en el próximo número de otoño de esta revista analizaremos cumplidamente), y tampoco leo ni oigo casi nada reconociendo su labor. Y también es injusto

E incluso contra la Guardia Civil o los policías nacionales, que en el cumplimiento de su labor y por disciplina, tienen que actuar obedeciendo las órdenes que reciben. Que son personas que no se pueden permitir el desobedecerlas, aunque les desagraden, porque, mal pagados, tienen detrás unas familias que tienen que vivir y comer todos los días, pero que están dando cumplidas muestras de dedicación,entrega y sacrificio. Y que el negárselo, es injusto.

O sobre los políticos. Ya sé, porque conozco perfectamente el paño, que tenemos una clase política, salvo naturalmente excepciones, de baja calidad comparada con otras épocas de la política española.

Y que a la mediocridad, se ha unido los numerosos casos de corrupción. Pero me pasa igual. No se puede juzgar a todos por el mismo rasero.

A lo largo de mi vida he conocido y tratado toda clase de políticos. Desde ministros hasta simples concejales. De todas las épocas, y de todos los colores. Y unos eran buenos otros regulares y otros más bien malos. Unos honrados a carta cabal, que han terminado sus vidas, en situaciones económicas muy apuradas habiendo ostentado cargos muy importantes y muy propicios para enriquecerse, y otros, a los que el cargo, sospechosamente, les cambió el nivel de vida hacia arriba en muy poco tiempo.

Y ya lo he dicho y escrito en otras ocasiones, al igual que muchas cosas de este artículo, pero es que las causas son iguales. ¿Sería tan difícil, hablar en alguna ocasión favorablemente de algo? ¿No ya de algún personaje, para que no se pensara que pagaba por ello, sino de algún modesto alcalde de pequeño o mediano municipio, o de algún también modesto concejal, a ser posible de urbanismo, que son los más sospechosos, o de cualquier otro funcionario, y reconocerles como fieles y esforzados servidores de sus vecinos con probada honradez, que muchos de ellos algunos conozco?

De vez en cuando, una noticia así ayudaría recobrar nuestra confianza en aquellos, que por otro lado, resulta que libremente hemos elegido nosotros, bien directamente o bien por nuestra abstención o por nuestros contumaces errores a la hora de votar. Porque meter a todo el mundo en el mismo saco de desprestigio, también es injusto, e incluso me siento un poco concernido y agraviado por mi corta actividad pública al servicio de la Administración en un lejano periodo de mi vida.

Y así podría continuar, pero tras este desahogo, cambio de tema y me voy a referir a lo que creo que es bastante más constructivo y además es lo que justifica la existencia de nuestro Club. Analizando problemas, dar opinión objetiva sobre ellos y aportar si es posible, propuestas y posibles soluciones, que siempre es mucho más difícil que hacer críticas a la totalidad.

Y enlazo con el título de este artículo. ¿Resistir? Naturalmente. Es preciso resistir. Pero no una resistencia pasiva y conformista, basada en llevar con paciencia las incomodidades de no poder salir de casa, tomar unas cañas con los amigos o no ver nuestros familiares, sino resistir sin desmayo en otras parcelas de la vida política y social.

Una resistencia, firme, ilusionada e inteligente, de defensa de la Unidad de España y sus valores, para enfrentarla a los ataques y esfuerzos del gobierno, por trocearla y destruirlos, convocando a todos los españoles a los que podamos llegar, a no rendirse, a no desanimarse, empezando por nosotros mismos, manteniendo el que ha sido y seguirá siendo el objetivo primordial de nuestro plural esfuerzo, por encima de cualquier otro interés partidista. 

Resistir, pero con el deseo de que esa resistencia tenga como objetivo el que la sociedad española sufra una catarsis con la epidemia que venimos soportando,asumiendo y tomando conciencia de nuestra fragilidad.

Porque nuestra prepotencia y orgullo desmedido, nuestra ostentosa forma de vivir, nuestro arrogancia intelectual, política o profesional, se desvanece en unos minutos, y todos, absolutamente todos, ricos o pobres, listos o tontos, importantes o humildes, ateos o creyentes, nos convertimos en seres desvalidos iguales ante la enfermedad o la muerte.

Y ante la gravedad de la situación que vivimos y vamos a vivir, y que todo apunta que irá en aumento, para poder salir de ella, solo se podrá conseguir con una firme respuesta de la mayoría de la sociedad civil española, que obligue a las diferentes fuerzas políticas, que siguen en sus enconadas disputas, apelando a su patriotismo, a tomar determinaciones drásticas, y excepcionales.

Resistir pues sin fisuras, y sin equivocarnos de enemigo, en la oposición a este gobierno, proponiendo, (y en eso coincido y me alegra coincidir en lo fundamental, con un manifiesto que he leído hace unos días) la necesidad de la formación de un gobierno provisional, de al menos dos años, nombrado por el Jefe del Estado, y con un presidente, del color que fuera, que gozara del necesario prestigio y probada independencia,que a su vez nombrara ministros, al menos de Economía y Hacienda, Trabajo, Interior y Justicia, a personas muy cualificadas e independientes, con suficientes atribuciones para realizar todo aquello que a su juicio fuera necesario para afrontar y salir de la crisis que nos espera.

También, junto con la desaparición de los innecesarios ministerios actuales, la creación de uno nuevo que podría llamarse de Asistencia Social, para proteger a todas las personas y familias que ya se están quedando en parcial o total desamparo y que van a aumentar exponencialmente, y así evitar la vergüenza de esas interminables colas de familias esperando algo que comer.

Y para financiar la labor de este ministerio, sería ejemplarizante, que se nutriera aparte de la obligación del Estado, con una contribución también provisional, consistente en una rebaja en las retribuciones de los miembros del Gobierno, diputados, senadores, organizaciones empresariales, sindicatos, presidentes de comunidades y alcaldes de ciudades importantes, y la supresión de todas las subvenciones, a entidades y ONGEs salvo aquellas cuya labor no fuera directamente asistencial.

Todo esto sería una solución excepcional, para una situación excepcional, y que los expertos, en este caso fiables, arbitraran la forma de encajarlo legalmente en nuestro ordenamiento constitucional.

Pero soy consciente de que para conseguir todo esto, que parece que sería como pedirle peras a un olmo, sería necesario un esfuerzo y una acción generosa, inteligente y patriótica, de una voluntad popular, de esa sociedad civil, formada por asociaciones, fundaciones, reales academias, sectores patronales, y vecinales, círculos empresariales y profesionales, de carácter independiente, que forzaran y exigieran ese cambio.

Cuando un pueblo es capaz de reaccionar ante una catástrofe o una grave adversidad, vence pesimismos y egoísmos, y lo hace con generosidad con entrega con ilusión e incluso con alegría, triunfa y sale adelante. Y los españoles, a pesar del pesimismo y de la mala fama de insolidaridad, que algunos nos quieren atribuir y colocar de matute en una interna leyenda negra, demuestran cada día lo contrario.

¿Es que eso ocurre frecuentemente en pequeños pueblos tras una inundación o un incendio, donde todos trabajan unidos, sin distinción de ideologías, para restablecer la normalidad y ayudar a sus convecinos?

¿Y no está ocurriendo ahora con lo de la pandemia, que médicos, enfermeras y personal sanitario, miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, militares, bomberos, taxistas, hoteleros, cocineros limpiadoras barrenderos, voluntarios, etc. y lo que no se ve, como los cientos de miles de personas que en cada barrio o en cada casa, desinteresadamente, estén ayudando con comida, ayuda o compañía a los más débiles más ancianos o más solos,y además lo hacen transmitiendo alegría y esperanza? Pues eso.

Y el pueblo español, ya ha dado ejemplo en otras ocasiones excepcionales y de extrema gravedad de su Historia, de esa capacidad de resistencia, de unidad y de lucha. Unas veces con las armas, sabiendo cual era el enemigo, otras veces contra el invasor extranjero, como en 1808 que propició la primera derrota de las tropas napoleónicas en Europa aunque luego se equivocara con su apoyo a un rey felón, que esa es otra historia. Y también en el 36 del siglo pasado, cuando otro sector muy importante de españoles, y ante un gobierno parecido al actual, también unió a militares de diferentes ideologías, falangistas revolucionarios, monárquicos alfonsinos o carlistas, etc. y ganaron.

Ahora, afortunadamente, no se trata de luchas armadas, Dios no lo quiera, si no de unir fuerzas en un objetivo común, aparcando legítimas diferencias, y por supuesto, egoísmos sectarios, Sabiendo que el objetivo es desplazar a este gobierno, salir del bache, y después de ese tiempo prudencial, a través de las urnas y no de las armas, poner a cada uno en su sitio y que cada uno asuma sus responsabilidades.