España, primera potencia mundial.

19/JUN.- Cuando España se convirtió en la primera potencia mundial: Gracias a las aportaciones de este número del Boletín de la Real Sociedad Geográfica, pasamos a averiguar qué cambios esenciales tuvo nuestra Patria.

​Publicado en primicia por el digital El Debate (28/MAY/2022). Recogido posteriormente, con autorización del autor, por la revista Desde la Puerta del Sol núm. 631, de 30 de mayo de 2022. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín semanal de LRP.

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España, primera potencia mundial.

Mucho debe el pensamiento español a Antonio García Alix, político muy vinculado a los puntos de vista de Maura. Por un lado, la vinculación, para siempre, con la administración española, del gran economista Flores de Lemus; y, por otro, que, como ministro de Administración Pública, decidiese, por Real Decreto de 18 de febrero de 1901, la fusión definitiva de una serie de sociedades de estudios geográficos, en la entidad oficialmente denominada Real Sociedad Geográfica, con el añadido de que se consignaría, anualmente, en los Presupuestos del Estado «una cantidad para sostenimiento de la misma».

Gracias a él quedó plasmada la enorme importancia que pasó a tener que un buque español diese la vuelta al mundo, por primera vez. España –y mucho ayudó que Felipe II pasase a ser también Rey de Portugal– se transformó en la primera potencia política global existente. Gracias a las aportaciones de este número del Boletín de la Real Sociedad Geográfica, pasamos a averiguar qué cambios esenciales tuvo nuestra Patria.

El director de su Consejo de Redacción, Antonio Zárate Martín, nos ofrece ideas claras del cambio espectacular que aconteció, a partir de entonces, en la Península. Veamos lo que Zárate indica sobre Sevilla, una ciudad cosmopolita y universal, con una base comercial importante, apoyada en el puerto, gracias a una numerosa presencia de genoveses, florentinos y alemanes, y que, «a lo largo del siglo XVI, se convierte en una de las principales ciudades europeas, al desplazarse el centro de actividad del Mediterráneo al Atlántico, con las nuevas rutas comerciales hacia Oriente y Occidente, abiertas por portugueses y españoles» (pág. 75). Esta nueva realidad afecta a Sevilla, y a toda la Península Ibérica, incluyendo, en el Mediterráneo, a Valencia.

Fernando Arroyo muestra, en su artículo Valencia y el Mediterráneo durante la primera vuelta al mundo, una situación novísima, como consecuencia de la caída de Constantinopla en manos de los turcos. Vemos, así, de qué manera esa conexión mundial nueva pasa a tener un impacto creciente en nuestro Mediterráneo, con Valencia como capital (pág. 117), señalándose «la gran desigualdad en la distribución de los beneficios del crecimiento económico generado en la ciudad y, a la vez, la exclusión de las clases populares del gobierno municipal, lo que dio lugar a unas élites oligárquicas y endogámicas que monopolizaban el poder», todo ello acompañado de «prepotencia nobiliaria, de corrupción administrativa en los grandes municipios y las tensiones en el campesinado».

Tampoco olvidemos lo que significaba Lisboa desde el reinado de Felipe II, como defiende José Manuel García, de la Sociedad de Geografía de Lisboa, en su artículo A importância de Lisboa no tempo de Fernão de Magalhães, donde se muestra la transformación de Lisboa en un punto clave de enlace de Europa, África y Asia, lo cual, automáticamente, provoca, a causa de su renta de situación, un progreso económico extraordinario, por lo que se buscó el enlace con la capital lusa –gracias al río Tajo–, con Toledo. M. Antonio Zárate Martín, en las págs. 125-217, expone el intento de la navegación del Tajo desde Toledo a Lisboa, que hubiera cambiado la economía española, de modo extraordinario. Lo prueba al señalar que «los representantes en Cortes de Toledo apoyaron y defendieron ese proyecto, mientras que los Procuradores de Sevilla se mostraban totalmente opuestos, temerosos de las pérdidas económicas que podría suponer la sustitución de Sevilla por Lisboa en el comercio de las Indias» (pág. 202).

Mencionemos el impacto en toda esa nueva situación, de Madrid como centro político de España. La realidad actual que posee Madrid dependió, inicialmente, del papel de la Corte y la decisión de Felipe II de hacerla capital. Tras la lectura de este volumen surge la posibilidad de que un Tajo navegable hubiera creado un panorama económico totalmente diferente para el centro de España.

Revisemos, asimismo, lo que tenía lugar en Burgos. Concepción Camarero Bullón, en Caput Castellae, Burgos, ciudad de mercaderes (págs. 315-350), señala una consecuencia de sus enlaces con Europa: la creciente presencia del sector Servicios, generador de un tráfico muy vinculado con la lana, junto con la aparición de entidades comerciales y de crédito, que enlazaban con Flandes, y se robustecían gracias al apoyo de economistas y teólogos de Salamanca, favorables al cobro del interés y, por lo tanto, al auge creciente del crédito.

Esa España, consolidada con la citada vuelta al mundo, va a llegar, como gran potencia, hasta finales del siglo XVIII. Todos sabemos que, con la Revolución Industrial –nacida en Inglaterra–, se trasladará hacia ese país el centro existente en España, con vínculos desde Sevilla y Lisboa, y el añadido de Flandes, generando, en lo político y económico, algo similar a lo que hoy significan los Estados Unidos.




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