Desde Carlos Ruiz Soto

01/JUL.- La realidad arrasará a Sánchez tras cuatro años viviendo su sueño que ha supuesto una pesadilla para los españoles. Mientras, el ejemplo de Carlos Ruiz Soto sigue siendo un acicate para la reconstrucción de una derecha útil.

​Publicado en primicia por el digital El Debate (27/JUN/2022). Recogido posteriormente, con autorización del autor, por la revista Desde la Puerta del Sol núm. 644, de 24 de junio de 2022. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín semanal de LRP.

Desde Carlos Ruiz Soto


La contundente derrota electoral de Sánchez en Andalucía (Espadas recibió la patada en su trasero pero le dolió al presidente) casi coincidió con la muerte, días antes, de Carlos Ruiz Soto, un referente en la construcción de esa derecha moderada, como la definieron Feijóo y Moreno, que arrasó en el hasta ahora feudo socialista andaluz. «El hombre es la medida de todas las cosas», aquel pensamiento de Protágoras, al que Platón dedicó uno de sus diálogos, sitúa al hombre –a los hombres– en el centro de la acción, de las cosas que son o no son, y en ese sentido Carlos Ruiz Soto puede considerarse centro y modelo de mucho de lo que vino después en la paciente pero imparable construcción de la alternativa a la izquierda desde la derecha posible. La derecha utópica, como la izquierda utópica, desemboca normalmente en radicalismo y, desde luego, en melancolía.

Pensé en Carlos Ruiz Soto «con quien tanto quise», en palabras de Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé, en la noche electoral de Andalucía. Sin personas activas, inteligentes y entregadas como él no hubiese sido posible el largo y a veces sufrido camino de una derecha moderada y útil en España. No es vano unir su nombre a esta amplia victoria electoral. Él supuso un paso relevante en la senda de una formación política que llegó el pasado día 19 a una meta impensable durante cuarenta años. Hay muchos personajes esforzados, como Ruiz Soto, que han escrito esa historia pródiga en imaginación y decisiones, pero yo tuve la fortuna de trabajar con él y pude valorar de primera mano su labor. Era ante todo una gran persona, un hombre de calidades humanas excepcionales. Le conocí años antes, y no pocos, de que se encargase de dar textura y sentido a una derecha relevante en Madrid. Luego fui su colaborador. Desde la primera planta de Génova 13, manejó el timón con tino, fiel siempre a sus ideas, sin concesiones a la galería, tomando decisiones que a veces le llevaban a enfrentarse con poderosos. Ello le costó amarguras e incomprensiones. No cambió el paso.

Desde la llegada de Carlos Ruiz Soto, diputado en el Congreso y portavoz de Sanidad –además de médico relevante–, la organización regional que presidió cosechó triunfos que a veces sorprendieron, como aquel señero de impedir un impuesto del 3 por ciento a los madrileños por su capitalidad, y colocó a aquella AP en la casilla de salida de una carrera que en Madrid consiguió mayoría absoluta –siendo ya PP– con Alberto Ruiz Gallardón en 1995, y sus sucesores, llegando al sonado triunfo de Isabel Díaz Ayuso el año pasado en la vía de una mayoría absoluta en las elecciones autonómicas del próximo mayo. Madrid fue construyéndose como ejemplo.

Una derecha razonable que supuso tanto esfuerzo alzar y convertir en ganadora vivió un retroceso; entró en un túnel. Se troceó para gozo de sus adversarios políticos. Inevitablemente me pregunto el porqué. Y encuentro errores dentro de aquel esfuerzo integrador. Desde el olvido de valores al aparcamiento de la batalla cultural. Desde el señuelo de que todo es economía a la comodidad de dejar hacer obviando que lo que no se lucha no se gana. De pronto se alzaron tres derechas que de inmediato fueron definidas por sus adversarios. Y quienes deberían haber tenido claras las posturas cayeron en la trampa. Resulta que había una derecha extrema pero no una extrema izquierda; con el radicalismo anticonstitucional de izquierdas y sus socios antiespañoles podía –y debía– pactar el socialismo y con una derecha, que nunca se manifestó anticonstitucional, no podían pactar los populares. Y un autoproclamado centro, ya agónico, sentenciado en cada elección. Un triste camino en sentido contrario de la unidad por la que en su día lucharon personas como Fraga, Ruiz Soto y tantos otros en un camino de sumar y no de restar.

Las urnas de Andalucía ya hablaron. Allí hubo quien se confundió de enemigo. El fiasco de Olona con el paso cambiado, considerando a Moreno su adversario, y éste mostrándose sereno y como presidente de todos. Espadas pagando los despropósitos de Sánchez ante una ciudadanía que no sale a la calle pero no olvida lo que padece. Una extrema izquierda dividida que está desperezándose de sus sueños y cuesta abajo. Todo lleva a suponer que vivimos un retorno lento al bipartidismo de la Transición, sea bueno o malo pero es, espacio en el que no tiene cabida el sanchismo que no es el PSOE que conocimos los viejos del lugar. Con Sánchez no se puede pactar. Sigue apuntalando sus propuestas en la mentira. Va a Zamora y promete los millones que prometió en La Palma y aún están esperando. Dice que va a bajar el IVA de la luz, lo que exigió el PP, tras asegurar que era misión imposible porque lo impedía la UE. ¿Cree Sánchez que el pueblo español es tonto y padece amnesia? Se despertará una mañana y verá que su colchón no es ya el de Moncloa. La realidad le arrasará tras cuatro años viviendo su sueño que ha supuesto una pesadilla para los españoles. Mientras, el ejemplo de Carlos Ruiz Soto sigue siendo un acicate para la reconstrucción de una derecha útil.


P.D.: En mi larga experiencia he conocido políticos buenos, regulares, malos y pésimos en todos los partidos. Nadie tan irrelevante coleccionista de memeces como Adriana Lastra, escudera de Sánchez. Su declaración tras las elecciones andaluzas es un ejemplo de lo que la representante de un partido serio no puede ni debe decir. Da lástima. Y, mientras, Sánchez, tras escuchar en Zamora algunas verdades del pueblo soberano, viajó a Bruselas a reunirse con Ursula Von der Leyen a la que le brillan los ojos cada vez que le ve. Se inaugurará un edificio con el nombre de Clara Campoamor en el Parlamento Europeo. Campoamor es una apropiación indebida del socialismo. No fue socialista y estuvo a punto de ser liquidada por los milicianos en el Madrid del inicio de la guerra civil. Léase –Lastra ¡no!– su libro La revolución española vista por una republicana.




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