El 'fachapobre' o los frutos de la revolución tecnológica

La cuestión quizá sea en lugar de poner el foco en la destrucción de empleo hacerlo sobre las características del nuevo.


​​Publicado en el digital El Debate (24/ENE/2024), y posteriormente por La Razón de la Proa (LRP). Solicita recibir el boletín semanal de LRP.​

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El 'fachapobre' o los frutos de la revolución tecnológica

Avalados por su reputación de trabajar en el Instituto Tecnológico de Massachusttes (MIT según sus siglas en inglés) y por su trayectoria profesional, los economistas Daron Acemoglu y Simon Johnson han publicado recientemente Poder y Progreso Ed. Deusto). La obra ha sido muy bien recibida por el público y no solamente por el versado en cuestiones económicas sino por todo el que está concernido por el impacto del progreso tecnológico en las sociedades.

Sin duda es una preocupación recurrente desde los inicios de la primera revolución industrial allá por el siglo XVIII pero, sobre todo desde el siglo XX. Un asunto presente en la mente de gobernantes, empresarios, profesionales y ciudadanos en general. Releyendo discursos muy bien traídos a colación por los autores, la sensación de estar asistiendo a lo que ahora se llaman cambios disruptivos en los descubrimientos científicos y tecnológicos ha acompañado al Occidente económico durante casi más de un siglo. Nada nuevo bajo el sol.

La cuestión central que analizan estos influyentes investigadores del MIT es la veracidad del tecnoptimismo que nos han contagiado los rostros visibles de las empresas que ahora encabezan la segunda oleada de la revolución industrial. A esta revolución basada en la robótica se ha sumado la Inteligencia Artificial que dispone, analiza y aprende de infinitos datos de comportamiento de miles de millones de máquinas y personas tomados desde los pequeños dispositivos instalados en casa o desde las constelaciones de satélites desplegadas orbitando el Planeta. El caso de Space X es el más llamativo pero no el único.

Indudablemente están produciéndose cambios significativos –huyamos del anglicismo «disruptivo»– en nuestros trabajos pero también en la forma en la que nos relacionamos. Como en todas las ocasiones anteriores esto conlleva la destrucción de profesiones que son reemplazadas por robots pero también la creación de otras nuevas. También conlleva una mayor participación de las nuevas élites económicas en la riqueza mundial; mayor participación es también mayor poder.

Sin embargo, frente a este proceso aparentemente abocado a una irreversible acumulación de riqueza y de poder, Acemoglu y Johnson nos ayudan a recordar episodios que parecen estar sólo en la mente de los historiadores. El más notorio es el asociado a la concentración de trabajadores en grandes empresas y suburbios de las ciudades inglesas en torno a la mecanización de la industria del textil.

El proceso de concentración de poder y riqueza en manos de pocos industriales fue acompañada de la congelación de los salarios e incluso la bajada de los mismos

Resumidamente, un proceso de concentración de poder y riqueza en manos de pocos industriales al albur de esta revolución tecnológica fue acompañada de la congelación de los salarios e incluso la bajada de los mismos al reemplazarse trabajadores expertos en la fabricación manual de tejidos por operarios que realizaban labores mecánicas y poco cualificadas que auxiliaban los telares movidos por máquinas de vapor.

La concentración de los descontentos dio lugar a un poder compensatorio en forma de acción sindical dura –la máxima expresión fue el movimiento ludita– irradiada más allá de los telares de Manchester hacia otros lugares del mundo (recuérdese las revueltas luditas en la española ciudad de Alcoy en 1821). El resultado fue que la aparente irreversibilidad de la acumulación de poder y riqueza dio lugar a un camino hacia el denominado modelo de crecimiento y redistribución.

También supuso un impulso a la regulación de la jornada laboral que, sin embargo, contaba con precedentes más remotos en el tiempo como las órdenes dadas por Isabel la Católica para evitar los abusos con los pobladores del nuevo continente que además gozaban de la condición de ciudadanos de la Corona. El hispanista Alberto Gil Ibáñez es uno de quienes más reivindican este origen de la regulación de las jornadas laborales que, la Leyenda Negra antiespañola casi logró eclipsar.

Efectivamente el cambio tecnológico ha formado parte de los últimos siglos pero ahora adquiere una novedad; su vertiginosa velocidad. Como en anteriores ocasiones ha dado lugar a un proceso de destrucción creativa de profesiones (unas desaparecen y otras emergen) pero ese proceso no es inmediato. Keynes advirtió de que el ritmo de la innovación para economizar puestos de trabajo es mucho más acelerado que el descubrimiento de nuevas aplicaciones para la mano de obra despedida. Es algo así como los dolores del parto de la transición digital y de la introducción de la Inteligencia Artificial.

Indudablemente esto está conllevando una acumulación de riqueza y poder en los propietarios de las nuevas empresas de tecnología o distribución. Poder basado igualmente en el conocimiento de datos absolutamente privados. Sin embargo y en contra de la advertencia keynesiana no está generando su temido desempleo tecnológico derivado de los plazos rápidos en destrucción de puestos de trabajo y lentos en la creación de nuevos. En España, por ejemplo, nunca ha habido tantos cotizantes en la Seguridad Social.

La cuestión quizá sea en lugar de poner el foco en la destrucción de empleo hacerlo sobre las características del nuevo. Permítanme un par de ejemplos. La proliferación de «riders» repartiendo comida a domicilio ¿es el tipo de nuevo empleo que garantiza la prosperidad de una sociedad? ¿Cuáles son las opciones de levantar un proyecto vital para una persona con este modus vivendi? ¿Vivir en un piso compartido con una casi única fórmula de ocio basada en ver series de TV en un móvil de alta gama tumbados en un sofá destartalado?

El segundo ejemplo es el del comercio electrónico. Indudablemente ha sido una tabla de salvación para muchos comercios pequeños pero lo han hecho a lomos de las grandes plataformas logísticas cuyos trabajadores –véase el conflicto en la macroplanta de Sevilla– ahora están en huelga por el desacuerdo con sus condiciones laborales. Es un «déjà vu» de las revueltas inglesas en los telares. Todo esto da lugar a lo que con acierto, Romualdo Maestre ha definido como demandas del «fachapobre»; alguien que no ha leído El Manifiesto de Marx y resume sus aspiraciones a seguridad en las calles, una sanidad pública eficiente y la educación como ascensor social de sus hijos. El adjetivo que le pongan le importa tan poco como el que pusieron a los luditas.