La mota versus la viga

13/10.- Escuchar nos permite ver el interior del otro. Quitarnos la viga o la mota, para comenzar a ver las posibles distintas opiniones y optar por la menos mala.

​Publicado en la revista 'Desde la Puerta del Sol', núm 362, de 13 de octubre de 2020.
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¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? (Lc 6, 39-42). Estas palabras del Evangelio parece que han sido pronunciadas ayer, para solucionar la sin razón de nuestros políticos de hoy.

El mundo, para mí, es como yo lo veo y no como es. Hay tantos mundos como personas. De ahí, la importancia de la objetividad. Si a mí no me gusta un alimento en concreto, tengo que admitir que existan personas que tampoco les gusten alimentos que yo degusto con placer.

Lo expuesto es de cajón, es decir, evidente, obvio para todos… menos para los políticos. No importa que yo sea un ladrón, lo importante es descubrir que el otro está saqueando y poderlo propagar a los cuatro vientos. Siempre el árbol ante mi ojo, impedirá ver el bosque que nubla por completo mi ceguera.

Así los políticos. Los votos les ciegan. El poder lleva consigo la máscara de la hipocresía. El fanatismo de sus razonamientos no les permite ver la sin razón de sus actos. Lo que ellos hacen tiene tanta justificación, como culpabilidad en el adversario al cometer las mismas acciones.

Y el adversario también medirá su visión de la realidad, conforme a la necesidad de aumentar el número de votantes. La verdad, queda arrinconada en la sacristía de los puritanos, en la mente de los trasnochados, o de aquellos que no viven de la política.


El Evangelio es palabra viva y actual (mostrar esta verdad es nuestra pretensión al escribir estas reflexiones). No obstante, necesita ser traducida en nuestro mundo para que pueda ser aprehendida por aquellos que jamás lo han leído. Sus mensajes son para el creyente, palabra de Dios, por tanto, no es una palabra dicha, sino más bien una palabra que se está diciendo en el devenir de la historia.

Vivimos un mundo de ciegos que son guiados por otros ciegos. Y no me refiero a los que padecen un problema ocular, esos saben bien por donde andan. Nosotros, los que creemos que vemos, somos realmente los ciegos (Jn 9,41).

Ciegos porque solo tenemos oídos para los que piensan como nosotros. Ciegos porque pase lo que pase no cambiamos. Ciegos porque no somos conscientes de que el mundo no es como nosotros lo vemos y como no podemos verlo de otra forma, hay que aprender a escuchar al otro. «Shema Israel». (Remedio que se ha redescubierto en las nuevas terapias).

Hoy se denomina la escucha activa, esa que no ponen en práctica ninguno de nuestros políticos. Si no creamos puentes de unión entre las distintas ideologías, no podemos acercar las orillas opuestas.

Escuchar nos permite ver el interior del otro. Quitarnos la viga o la mota, para comenzar a ver las posibles distintas opiniones y optar por la menos mala. Al igual que los Derechos Humanos son una ética de mínimos, los acuerdos entre las distintas y distantes ideologías dejan en el camino mucho dolor. Pero se trata de un dolor redentor. Un dolor para salvar el bien común aunque lloremos por la pérdida de alguno de nuestros legítimos derechos.

Esto no es una solución religiosa, que también, simplemente es sentido común, que aunque sea el menos común de los sentidos, es el que siempre han usado los demócratas contra los fanáticos de todos los tiempos.

El fanatismo de algunos religiosos de aquellos tiempos se ha convertido en el fanatismo político de nuestros días.

Y el que tenga oídos…