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¿Quién controla el baremo de la libertad?

Se puede tener libertad para lo perverso si lo ejecutan los que tienen el poder en sus manos, pero no hay libertad para rezar en la puerta de un mortuorio o para convencer a una futura madre de que dé vida al hijo que está concibiendo...

Publicado en la revista Desde la Puerta del Sol núm. 580, de 31 de enero de 2022. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa (LRP).

¿Quién controla el baremo de la libertad?


Todo es mentira en el mundo de la política que nos rodea. Bueno, casi todo, pues hay leyes justas y necesarias que se cumplen, aunque los defensores de la libertad traten de cambiarlas cada dos por tres porque no atienden a sus pretensiones, a sus ideales, a la línea que tratan de imponer a la sociedad para que se consumen sus objetivos.

Ahora, por cabreo de la ministra de Igualdad, Irene Montero, se pretende imponer una ley en la que no se pueda rezar en la puerta de un local en el que se asesina a los no nacidos mediante otra ley fulera. Se pretende condenar con «pena de prisión de tres meses a un año o de trabajos en beneficio de la comunidad» a toda persona que «hostigue o coarte la libertad de una mujer que pretenda ejercer su derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, promoviendo, favoreciendo, o participando en concentraciones en las proximidades de lugares habilitados para interrumpir embarazos, causando un menoscabo en la libertad o intimidad de esta».

En la legislación española al respecto no se tiene en consideración el asesinato de los no nacidos, ni por tanto la influencia que se ejerce sobre la mujer embarazada para que lo cometa, pero si se pretende condenar al intento de convencer a esa misma mujer de que no extermine al hijo que lleva en su cuerpo. Se puede tener libertad para lo perverso si lo ejecutan los que tienen el poder en sus manos, pero no hay libertad para rezar en la puerta de un mortuorio o para convencer a una futura madre de que dé vida al hijo que está concibiendo.

La Constitución española dice respecto a la libertad:

Artículo 15. Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes. Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra.

Artículo 16, 1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.

Evidentemente, intentar evitar, sin actos de violencia que se lleve a cabo la muerte de un ser humano no supone atentar contra el orden público protegido por la ley, sino más bien actuar a su favor.

Y, en España, a Dios gracias, hay mucha gente que está contra del «aborto inducido» que no deja de ser un asesinato. Y no es porque sean unas memas esas personas. No. Es responder al propósito de Dios Creador y fin del hombre en el que ha puesto el designio de su trascendencia. Sin olvidar que ya el juramento hipocrático prohibió a los médicos de la antigua Grecia realizar abortos.

En esa creencia, Inmaculada Galván, presentadora de Telemadrid desde hace muchos años, se ha enfrentado al presidente del Gobierno por su plan para prohibir que se pueda rezar frente a los centros de aborto y así se ha despachado en un twit:

«Qué feo suena… Yo rezo a Dios dónde, cómo y por lo que quiero. Pedro Sánchez, ¿me vas a encarcelar?».

Todo porque a juicio de Irene Montero son «perversos» los anuncios que se instalan en marquesinas de autobuses próximos a las clínicas abortistas invitando a rezar, como ha manifestado en una entrevista realizada en Radio Euskadi. Es decir, considera que «es perverso decir “estamos rezando”» ante esas clínicas ya que en realidad, según su criterio, «están acosando, perjudicando y dificultando el acceso de las mujeres a ese derecho».

Cabe preguntar a Irene Montero: ¿por qué no abortó, en su momento, a los tres hijos que ha parido, de su relación con Pablo Iglesias? Podría resultar aclaratorio para tener en cuenta en el momento de aprobar la modificación que pretende llevar al Código Penal, y esclarecer, de paso, por qué sus hijos tienen derecho a la vida y no los de otras mujeres.

Aprovechamos la oportunidad para traer el cuadro de Sorolla en el que, una mujer sencilla, del pueblo llano, de las que siempre han dado el callo para sacar adelante la familia, da de beber agua a su hijo sediento mediante un botijo manchego. Una mujer del pueblo como lo era Irene Montero antes de que la concedieran el honor inmerecido de capitanear a las féminas españolas que se dejen, a través de un ministerio del Gobierno de España, lugar que normalmente era asignado a persona honorable, inteligente, culta, amante de todos los miembros de la nación, nacidos o por nacer. Una mujer, la del botijo, que constantemente hacía patria mediante el trabajo que la correspondiera en el campo, en la ciudad, en una fábrica, en un hospital, en una cátedra, pretendiendo formar a los jóvenes, fueran hijos o no, en vez de lo que intenta hacer Irene que, en su confuso cerebro, solo concibe destruir la familia, a la mujer en todo el sentido nato que la corresponde desde su nacimiento. Dios la perdone.




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