Opinión

Ponerse de acuerdo, ¿es posible…?

Mientras existan partidos políticos con propósitos distintos, parece imposible llegar a un acuerdo en el que se considere qué es lo mejor para la nación y los habitantes que la pueblan. ¿Por qué? Porque no hay reflexión serena, sosegada, toda vez que en las mentes de los jefes de fila prima un embarazo ideológico que no los permite pensar libremente.


Publicado en el núm. 143 de Cuadernos de Encuentro, de invierno de 2020.
Editado por el Club de Opinión Encuentros- Ver portada de 'Cuadernos' en LRP.

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Ponerse de acuerdo, ¿es posible…?


Probablemente da igual hablemos de los presupuestos o del sacrificio de ranas para la degustación durante las fiestas patronales que se puedan celebrar en el castillo de Matrera de Villamartín, –de cuya existencia sus señorías los parlamentarios no es que no «quieran acordarse» que escribiera Cervantes, sino que no tienen ni pajolera idea de dónde se encuentra tal lugar de la madre patria–,...

Pues se enzarzarían en una discusión a muerte respecto a si permitirían sacrificar a alguno de los anfibios anuros que pueblan no pocos humedales de España, pertenecientes a una de las nueve especies, divididas en cuatro familias, entre las que podemos encontrar con vitola española a la rana pirenaica y la sierra nevada, que a su vez están comprendidas entre las 32 especies de anfibios que nos pueblan y que, por más señas, se hallan comprendidas dentro de las 7.500 especies existentes a lo largo del mundo.

Todo esto tampoco lo saben los moradores y demás asistentes a la fiesta del castillo de Matrera de Villamartín, pero a ellos les da igual: es tradicional, les gustan las ancas de rana y dan gusto a su paladar al menos por una vez en el año.

Y se las zampan con placer, sin tener en consideración esos temas de la protección de la biología en decadencia que tanto encocora a los ecologistas, de la necesidad de no perder ningún número de las especies animales que pueblan la tierra, aunque, eso sí, en su término municipal no se produce ningún aborto ya que están ansiosos de que no se despueble su parroquia.

Lo cierto es que mientras existan partidos políticos con propósitos distintos, parece imposible llegar a un acuerdo en el que se considere qué es lo mejor para la nación y los habitantes que la pueblan. ¿Por qué?

Porque no hay reflexión serena, sosegada, toda vez que en las mentes de los jefes de fila –los demás no cuentan, son unos incondicionales sectarios que no tienen otra misión que hacer lo que se les manda– prima un embarazo ideológico que no los permite pensar libremente, cavilar, razonar, madurar, recapacitar sobre los hechos, acontecimientos, problemas, toda vez que tienen grabado en el chirumen que lo único bueno existente en este mundo es lo que él cree; ni siquiera lo que puedan creer otros de su partido, no, lo limitan a lo que él cree.

Y por ello es lo que intenta imponer al resto de las almas que pululan por las tierras descubiertas y por descubrir, pues son unas almas sin conocimientos, sin visión del presente o del futuro, con escasa imaginación que a veces no llegan a comprender la ingeniería mental que cavila su cerebro. Cosa que, a poco que uno no sea lelo de nacimiento, o lo hayan obnubilado con cantos de sirena o sonidos de chufla, no puede admitirlo sin, al menos, someterlo a discusión y análisis, reconsiderando, –en el caso de que quien entra en la liza no sea de nueva planta, en cuyo caso todo será nuevo para él–, cuál es su historia pasada,...

La que ha ido pegando a sus ijares a lo largo de los años de dar tumbos por campos y roquedales, viviendo los acontecimientos de que ha sido autor o en los que tuvo alguna participación, contemplando cómo otros conseguían éxitos por acertar en las decisiones tomadas, o fracasos por empeñarse en sacar de las alforjas restos ya podridos por tener su origen en mondongos que nunca debieron sacarse a la luz pública.

En el mundo, desde que tuvo lugar el Bing Bang, desde la Gran Explosión, desde el momento inicial en el que se formó la materia, el espacio y el tiempo, han tenido lugar muchas cosas, unas buenas otras malas, unas beneficiosas para el hombre otras trágicas, las mentes han ido evolucionando, de ellas han ido saliendo ideas de todo tipo, en determinadas épocas de la historia el lento avance ha tenido recapacitadores con aptitudes fuera de lo normal que lo supieran centrar, recoger en ideas, plasmar en escritos que han perdurado y servido para que otras mentes siguieran reflexionando al respecto,...

Llegando a la exacta definición en una sola palabra, extrayendo su significado, todo su contenido que se centraba en una sencilla partícula de las muchas que inundan al ser humano; y las ideas se han ido desarrollando, evolucionando, perfeccionando, clasificando, manteniendo vivas aquellas que de una u otra forma resultan útiles y beneficiosas al hombre, por lo que las ha amparado, protegiéndolas, salvaguardándolas o, si fuera preciso, rechazándolas, repudiándolas y tirando a la papelera aquellas que van en contra delos designios encomendados por Dios.

Mas, como somos tercos como mulas, no cejamos de volver atrás, unas veces mirando y otras con los ojos tapados por anteojeras, unas veces soltando coces a quien quiere conducirnos por el buen camino y otras rebuznando y escapando en sentido contrario.

Y llamamos progreso a lo que son lentejuelas que no tienen más misión que brillar, pero con las que se puede hacer poco más. Y somos incapaces de ver lo que se esconde en el horizonte, y nos resulta tedioso y lento el sol que va caldeando el ambiente poco a poco a medida que va apareciendo porque, como somos tan listos, pensamos que ha de salir de golpe para tomar todo de una vez ya que no podemos dar tiempo al tiempo, hemos de conseguir nuestro propósito de forma inmediata.

Y esa avidez de imponer rápidamente nuestras ideas sin valorarlas o cotejarlas con otras con la intención de comprobar su validez, la garantía de su bondad, verificando que no caeremos en un grave error si las implantamos tal cual nos surgen en el magín.

Antes hablábamos de los partidos políticos y poníamos en duda su validez absoluta. Sin duda es una forma de representación que podría ser efectiva si todos cuantos los componen tuvieran las miras puestas en los mismos objetivos y la única variante fueran los matices de cómo alcanzar esos objetivos para ser entregados a nuestros signatarios. Pero esto no se produce, sino que las metas a alcanzar por estos o los otros son, con harta frecuencia, totalmente distintas aunque se envuelvan en papeles similares.

Lo que, como podemos ver a diario en nuestro Parlamento, por no ir más lejos, lleva al enfrentamiento total ya que las miras de unos y otros, grandes o pequeños, pretenden cosas normalmente enfrentadas, disímiles cuando engañosamente parece que se acercan las posturas al emplear palabras y gestos similares.

Y, de esta forma, no se puede gobernar una nación, no se puede pretender alcanzar nuevas metas de progreso, es difícil encontrar el punto justo para que los benefactores de todo ello consigan su mejor entorno de vida, la paz necesaria para el disfrute y los medios adecuados para el progreso individual de cada quien.

Sobre esto nos dio hace años una magnífica lección Gonzalo Fernández de la Mora, en una conferencia que tituló Estructura conceptual del Nuevo Estado, del que no resultaría baldío hablar, pues implicaría una buena lección para los aprendices de hoy que lo acaparan todo sin conocimientos para ello.

Perteneciendo a Alianza Popular, de la que fue uno de sus fundadores, la abandonó por su oposición a la Constitución de 1978. Su fino olfato le indicó que contenía no pocas trampas con las que se tropezaría pasando el tiempo.

Y de la misma forma que la reflexión de Gonzalo Fernández de la Mora lo llevó a plasmar la estructura que tendría que tener un nuevo Estado en aquella conferencia de 1992 en la que condensó su pensamiento al respecto, no son pocos los autores que, saliéndose de los cauces estrechos de la representación a través de los partidos políticos, han ido dejando ideas dignas de tener en consideración, buscando evitar que el poder se centralice en el control de unas estructuras rígidas cuya meta fundamental es conseguir el control de la organización del país para imponer los principios de su partido, cuando no la ideología de sus dirigentes o del cabecilla que se hace con los mandos.

Hace poco se lo dijo el Papa Francisco a Pedro Sánchez en la visita que éste le hiciera: «Es muy triste cuando las ideologías se apoderan de la interpretación de una nación, de un país y desfiguran la patria». En esas estamos. Pues, como dijo Francisco en esa misma alocución, «sectarizan y deconstruyen la patria, no construyen».

Los tiempos avanzan que es una barbaridad –nos atrevemos a decir remedando la frase «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad» de la canción de la zarzuela La Verbena de la Paloma– y no son pocas las experiencias por las que ha pasado el mundo desde los tiempos en los que la democracia hiciera su aparición en Atenas hasta nuestros días como para que nos enroquemos en defender la representación democrática única y exclusivamente mediante los partidos políticos, como si fueran palabra de Dios.

Nuestros pensadores, y todos los que abriguen un talante similar al respecto, deben adentrarse en el tema y presentar propuestas sobre el particular; pues, sin duda, desenterrarán más de una forma mediante las que los ciudadanos descarguen la responsabilidad de gobernar un país en personas sensatas y formadas, sin que se les cuelen subrepticiamente, empeñados en dirigirnos, los ignorantes, indocumentados, incapacitados, engreídos, soberbios, y hasta tontos de capirote que abundan más que las ranas que codician los paisanos que participan en las fiestas patronales en el castillo de Matrera de Villamartín.

Cosa que es frecuente en los tiempos que corren, ya que es suficiente soltar alguna soflama, asistir a una acampada de protesta, manifestarse por sabe Dios qué simpleza, o enfrentarse a la Fuerza Pública. Todo esto vale más que un doctorado, una cátedra, el estudio realizado durante años a base de codos, la experiencia adquirida por la enseñanza que dan los años de ejercicio, y disponer de una capacidad de aprendizaje considerable.