Artículo del director

Octubres inquietos

Creo firmemente, no solo en aquella suprema realidad de España –capaz de salir a flote de coyunturas mucho peores–, sino también en el inmenso potencial de España, el que ahora permanece oculto y soterrado bajo la espesa capa de vulgaridades, insidias y escasas luces de nuestra clase política.

Octubres inquietos


Desconozco del todo la razón de que los octubres sean meses proclives a las transformaciones, sobresaltos y novedades para la historia. En unos casos, han sido proemios de verdaderas inquietudes revolucionarias que han dado mucho de sí, como el asalto al Palacio de Invierno por los bolcheviques, la Marcha sobre Roma que asentó al fascismo en Italia o la fundación de Falange Española en el Teatro de la Comedia.

En otras ocasiones, representaron cambios sustantivos en sus respectivos países, como las proclamaciones de la Primera República portuguesa en el siglo XIX o de la República Popular China a punto de comenzar la segunda parte de la centuria pasada.

Los españoles –y toda la humanidad, mal que les pese a los ignaros y majaderos– celebramos en octubre nada menos que el descubrimiento del Nuevo Mundo. También, una gran victoria naval –Lepanto– que mantuvo el Mediterráneo en manos cristianas y una derrota –Trafalgar–, que nos puso a los pies del aliado Napoleón.

Y, para los enamorados de la poesía, la muerte de Garcilaso de la Vega en brazos de quien sería luego san Francisco de Borja.

Y, en otro orden de cosas, sería un 6 de octubre de 1934 cuando se dio un golpe de Estado contra la II República; los golpistas fueron –mire usted qué casualidad– los socialistas bolchevizados en Asturias y los separatistas, al unísono, en Cataluña; mucha sangre costó aquella intentona que numerosos historiadores consideran el inicio real de nuestra guerra civil.

Pero, en lo que concierne en concreto a mi región, derivó en una inicua huida de los responsables por las alcantarillas de Barcelona y en la posterior glorificación del president Companys cuando fue indultado –también, qué casualidad– por el gobierno del Frente Popular dos años después.

Recientemente, los catalanes que nos sentimos naturalmente españoles tuvimos que sufrir las asonadas del esperpéntico referéndum de Puigdemont, con fotos de propaganda suministradas gratuitamente por el inane de Rajoy, y los más graves enfrentamientos en las calles ardiendo por acción de los CDR con patente de corso y promoción oficial.

Ahora, en este octubre de 2020, barrenado por la pandemia del coronavirus, se anuncian también inseguridades e inquietudes abrumadoras. En lo económico, la profunda crisis de la que –según los más optimistas– tardaremos largos años para superarla y que se llevará por delante mucho tejido productivo; en lo social, y como consecuencia, los aprietos de muchísimos ciudadanos que ven de cerca el fantasma del paro y de la precariedad, a la espera del pago de sus EREs. y del cacareado ingreso mínimo vital.

A todo este desastre, sanitario y socioeconómico, se une la incertidumbre política, que, más allá de lo anecdótico y coyuntural, adquiere categoría de crisis de Estado y de sus instituciones; está en el tablero la supervivencia de todo el Régimen nacido de la Transición, de su cúspide representada por la Corona y de sus tres poderes: el ejecutivo, partido por gala en dos… o en veintiuno, según el número de ministerios, el legislativo, marcado por la incompetencia oclocrática, y el judicial, sacudido día sí y otro también por las interferencias y vaivenes que le imprimen los dos anteriores.

Empieza a extenderse, incluso, una mentalidad de retorno en la historia, una especie de absurdo y nocivo túnel del tiempo, pilotado por los Sánchez y los Iglesias, que no solo sirve –como dicen los ingenuos– para tender una cortina de humo sobre las verdaderas y acuciantes necesidades de los españoles, sino también para provocar que se vuelvan a enfrentar dos Españas irreconciliables, que vuelven a poner de actualidad los versos de Machado porque nos pueden de nuevo helar el corazón.

Como en otros inquietos octubres de la historia, algunos prefieren mirar hacia otro lado y aprovechar los resquicios de libertad que nos conceden las sucesivas y contradictorias normas sanitarias, dictadas por incapaces, para continuar con la frivolidad vital que antecedió a la pandemia; otros, los más pesimistas, miran con inquietud el calendario de este octubre con presagios apocalípticos.

No quiero en modo alguno alinearme ni con los unos ni con los otros. Creo firmemente, no solo en aquella suprema realidad de España –capaz de salir a flote de coyunturas mucho peores–, sino también en el inmenso potencial de España, el que ahora permanece oculto y soterrado bajo la espesa capa de vulgaridades, insidias y escasas luces de nuestra clase política.

Ese potencial se halla instalado en todos y cada uno de los estamentos sociales y, a lo mejor, en todas y cada una de las opciones ideológicas; en trabajadores y empresarios, ambos con capacidad de emprendiduría, en escritores, maestros e intelectuales, en servidores de la Administración…, en sesudos ancianos, adultos capaces y jóvenes rebeldes, todos los que utilicen la cabeza más para pensar que para embestir. En una palabra, en una gran parte del pueblo español que no ha sido todavía maleado. Quizás este octubre inaugure un otoño caliente, pero el calor no derivará en incendio.

Un amigo me acaba de enviar una bella imagen otoñal con una leyenda sugestiva: Pueden caer las hojas, pero el árbol sigue en pie.