OPINIÓN | ACTUALIDAD

Mi lectura de la moción de censura

Una moción de censura, como las entradas de un diccionario, tiene también segundos y terceros significados. Uno de ellos sería, precisamente en este caso, convertir al patológico narcisista Pedro Sánchez, responsable del ejecutivo, en centro de atención, en diana de todas las miradas durante el tiempo que duren las sesiones, relatando y subrayando los efectos negativos de su mandato.

 

Mi lectura de la moción de censura

Mi lectura de la moción de censura


Puso el periodista Chaves Nogales en boca del maestro Juan Belmonte la anécdota entre éste y el escritor Ramón del Valle Inclán. Siendo aún novillero, pero ya destacado, el maestro sevillano formaba parte de una tertulia con intelectuales entre los que estaban el escultor asturiano Sebastián Miranda, muy aficionado, y el dramaturgo gallego. Un día, éste le dijo al torero: «Juanito, no te falta más que morir en la plaza», a lo que replicó el joven espada: «se hará lo que se pueda, don Ramón». La moción de censura anunciada por Santiago Abascal para el mes de septiembre ha provocado diversas reacciones, y algunas más tras conocer la posición tímida del líder del Partido Popular, Pablo Casado, nada extraña por otra parte porque va en la línea de actuación de su partido.

El anuncio para la grey socialista, bien nutrida e imprudente al asistir en mayor número del que estaba acordado a la sesión parlamentaria, sin queja que se sepa de la presidenta del Congreso ante los repuntes de la pandemia, ha puesto una nota de color en este extraño verano en el que el virus continúa protagonizando las principales noticias de los telediarios. Los socialistas y sus socios, entre burlas, han destacado el anuncio de Abascal como un ejercicio más contra la oposición, el PP, que contra Pedro Sánchez. El PP, en palabras de Casado, no va a secundar la moción de censura porque no le salen las cuentas –esa manía de los políticos y gestores actuales de cuantificar todo– y Ciudadanos, que anda con el pie cambiado, se trastabilla a la hora de pensar con cuál de los dos debe dar un paso. Terminará en el suelo.

Las reacciones, como digo, han sido varias y ocupan un abanico de opciones y opiniones. Sin embargo, creo que la mayoría se ha quedado con el velo que cubre el cuadro y no con el paisaje que éste esconde. En tiempos de inefable Rodríguez Zapatero (que Dios mantenga alejado de nosotros por los siglos de los siglos), el comodón Mariano Rajoy descartó una moción de censura porque, bueno, no sé por qué, supongo que las recomendaciones del asesor, Pedro Arriola, que según dicen los entendidos era de los que prefería sentarse a la sombra del árbol a esperar que la fruta, ya madura por el efecto de los tiempos, cayera sola sin intervención de nadie.

La excusa de Rajoy fue que matemáticamente no era una opción, al no contar con los votos necesarios. Es cierto que el principal motivo de una moción de censura es derrocar al que mal manda, aprovechando la secuela de fracaso que ha ido dejando su gestión, y contando con que aquellos que en su día lo apoyaron, ahora, hartos, decidan quitarlo. Este sistema no es nuevo, ya lo practicaban los visigodos cuando derrocaban al rey que ellos mismos habían nombrado unos años antes. Incluso hace días que he leído que en algún lugar los nobles asesinaban al que habían elegido años atrás para reinar para evitar que el cargo lo convirtiera en un tirano. Algo hemos ganado en civilización.

Pero yo entiendo que una moción de censura, como las entradas de un diccionario, tiene también segundos y terceros significados. Uno de ellos sería, precisamente en este caso, convertir al patológico narcisista Pedro Sánchez, responsable del ejecutivo, en centro de atención, en diana de todas las miradas durante el tiempo que duren las sesiones, relatando y subrayando los efectos negativos de su mandato.

¿Y para qué una moción de censura si no podemos reunir los votos suficientes para echarlo?, se preguntarán algunos, pues, sencillamente y no es poco, para que nadie olvide lo que hemos vivido, lo que nos ha pasado, los más de cuarenta mil muertos que ahora se pretenden meter debajo de la alfombra y seguir como si nada. Que se anunció un equipo de expertos para programar la desescalada que no existió nunca jamás; que no tuvo ideas para afrontar la pandemia; que su mando único fue un fracaso absoluto, dejando que las propias comunidades autónomas se buscaran la vida; que se cedió mucho dinero a empresas sin experiencia para la adquisición de equipos y material con que reforzar el trabajo de nuestros sanitarios, y estas empresas fueron incapaces de realizar las compras, fueron engañados por cuatro chinos meapilas y nos hicieron quedar en el más absoluto ridículo internacional… por ejemplo.

Pero hay más. En la última sesión parlamentaria, para informar de los acuerdos de Bruselas, Sánchez manifestó: «Me siento más cerca de la España que soñaba Alberti, La Pasionaria y muchos comunistas que construyeron la democracia en este país, la convivencia y la concordia». No lo dudo, pero conviene aclarar que, ideologías al margen, los ejemplos en los que se apoya dejan bastante que desear. Y no es verdad que la convivencia y la concordia la crearan los comunistas. Ni en sueños. Rafael Alberti, del que nadie duda su categoría como poeta, fue humanamente un canalla, un torturador, según declaró, al borde de la muerte, el padre Antonio Hortelano, redentorista, un 3 de agosto de 2009 en el suplemento «Crónica», del diario El Mundo: «Metía a los prisioneros en cabinas de teléfonos con las paredes electrificadas con alta tensión», manifestó el cura-espía.

También el periodista y escritor Alfonso Ussía corrobora esta faceta del poeta en lo que respecta a su comportamiento con su abuelo, Pedro Muñoz Seca, asesinado en Paracuellos del Jarama, en 1936. «Él mismo, con su mono azul de miliciano distinguido, indicaba con su dedo índice caminos de checas y de paredones»,dice, de Rafael Alberti, Alfonso Ussía. Respecto a Dolores Ibárruri, La Pasionaria, es un personaje suficientemente conocido históricamente, por lo que considero que no es preciso avalar con algún ejemplo lo que ha sido su trayectoria.

Pero la moción de censura tiene también un significado que atañe a la persistente manera de ningunear y menospreciar a Felipe VI, que encarna, todavía, la más alta dignidad de la Nación. En el reciente encuentro con los barones autonómicos, en la localidad riojana de San Millán de la Cogolla, el «doctor» profanador Pedro Sánchez agradeció a todos y a todas (¡faltaría más!), su asistencia sin mencionar al Rey. Menospreciar a la Corona, que parece que es su empeño, y otorgar a las comunidades autónomas más relevancia podrían marcar las coordenadas de un anhelado proyecto republicano y federalista. No es un tema baladí. Por todo ello, es especialmente importante la moción de censura que, al margen del resultado, él y los palmeros de su cuadrilla convertirán en un triunfo, pero que dejará un poso que será un retrato triste y pobre ante un espejo que son los españoles y los europeos.

Tengo para mí que Abascal lo ha tenido en cuenta. Que su estrategia no es otra que despertar a una sociedad que, maltrecha por los efectos del virus, desanimada ante lo que el futuro le depara, ha aprovechado la época estival para disfrutar, como los condenados a muerte de las películas disfrutan de la última cena la noche anterior a rendir cuentas con la justicia.

Ignoro si, como dicen, los servicios secretos de algunos de los socios de España en la Unión Europea han elaborado informes sobre la catadura de Pedro Sánchez, pero a estas alturas, no creo que el actual presidente del Gobierno de España sea ya capaz de engañar a nadie, ni a propios ni a extraños, aunque enrocado en su narcisismo patológico sea capaz, como un mal maletilla, de hacer un paseíllo triunfal ante los otros maletillas que le ayudan a rematar la faena de cada día. Restregar sus deficiencias de gestión en sesión parlamentaria debería ser un ejercicio de limpieza para toda la oposición, con la posibilidad también de que algunos de sus socios (comunistas e independentistas), considerándose engañados, se sumen a las críticas y dejen ver algunas de las grietas de ese pacto que acabó con Sánchez en Moncloa y con Rajoy en un botellón.

No podemos hablar de un triunfo tangible del líder de Vox, salvo sorpresas, pero sí de un repaso en toda regla que, al margen del significado matemático, refrescará la memoria reciente de muchos españoles afectados de amnesia.


 

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