OPINIÓN DESENFADADA

El humor y  personajes a evitar

Alguien dijo que el humor es una cosa muy seria. Y por eso, los humoristas también lo son, y muy importantes. De hecho, el humor se trata de una virtud o habilidad que se nos ha concedido a unos para ejercerla y a otros para recibirla y apreciarla.


Publicado en el núm. 142 de 'Cuadernos de Encuentro', de otoño de 2020.
Editado por el Club de Opinión Encuentros
Ver portada de 'Cuadernos' en LRP.

Fotocomposición: Antonio Mingote en actitud de pintar, al que se ha añadido el dibujo que hizo para la película "Espérame en el cielo", de Antonio Mercero.
Fotocomposición: Antonio Mingote en actitud de pintar, al que se ha añadido el dibujo que hizo para la película "Espérame en el cielo", de Antonio Mercero.
El humor y  personajes a evitar

El humor y  personajes a evitar


Alguien dijo que el humor es una cosa muy seria. Y por eso, los humoristas también lo son, y muy importantes. De hecho, el humor se trata de una virtud o habilidad que se nos ha concedido a unos para ejercerla y a otros para recibirla y apreciarla.

El Humor, con mayúscula, o simplemente el sentido del humor, es algo que, ennoblece y enriquece conversaciones, conferencias, textos, obras de teatro o películas, y que nos provoca sonrisas e incluso carcajadas que alivian tristezas desánimos y malos pensamientos. Por eso dicen los psicólogos y psiquiatras que reír es una terapia formidable y que reír es muy sano.

Naturalmente hay diferentes formas de humor. El refinado que tiene por objeto el alegrarnos unos minutos con un chiste o una historieta bien contada, otro más burdo, el llamado de «sal gorda» que nos provoca exclamaciones de ¡pero, qué bruto eres, que burradas dices! Y otro más fino y complicado que es el de la ironía, no confundir con la burla sarcástica. O el humor negro, que con mayor o menor gracia desmitifica la tristeza de la muerte, y en definitiva como decía antes, todo aquello que sea capaz de provocarnos esa risa o carcajada que es privilegio que nos ha concedido la naturaleza a los humanos y no a los animales.

Aunque a veces se hable de la risa de la hiena, que también apreciamos en esos sonidos y muecas faciales de algunos de nuestros políticos, habitualmente serios y feos, pero que cuando hacen un esfuerzo y se ríen es mucho peor…

Todos hemos disfrutado de textos humorísticos más o menos largos, de autores extranjeros, como Molier, u Oscar Wallace, y sin necesidad de remontarnos mucho en la Historia, muchos españoles de la picaresca del Siglo de Oro, o nos vendrán a la memoria, otros más actuales, como los Viajes Morrocotudos de Pérez Zúñiga y Xaudaró, o comedias de Arniches, Muñoz Seca, las obras de Jardiel Poncela, el Sí de las niñas de Pemán, a Álvaro de la Iglesia, y su audaz Codorniz, a Tono y Miuhra, Enrique Herreros, y un largo etc.

O cómo olvidar a humoristas gráficos, como Mingote, Forges o Perich, ahora otros más recientes como Nieto y sus ratitas en ABC, que con un dibujo y unas cuantas palabras, retrataban un personaje, una época, o una situación política o social mejor que un sesudo editorial.   

Todos ellos nos han arrancado una impagable sonrisa o una carcajada.

Que por cierto no todas son iguales [la carcajada]. Porque también tienen su clasificación según se articulen con unas u otras vocales. No es lo mismo ni tienen el mismo significado, las que se emiten con la a, francas y abiertas, que las que se hagan con e, más reticentes, y sobre todo con la i, más retorcidas y abiertamente malévolas.

Pero en cualquier caso, os sugiero que nos abramos un poco al humor para intentar ver las cosas con más optimismo este verano, y seguro que seremos más felices, aunque en otras páginas de este número de Cuadernos de Encuentro, no tengamos más remedio que escribir de otros temas más serenos y más preocupantes.

Y para ejercitarlo, se me ocurre abrir esta galería de personajes a evitar, que no son más que unos apuntes de personajes que todos hemos sufrido alguna vez, sin señalar a nadie en particular y sin ánimo de molestar a nadie.

El Pelma, coloquialmente también «plasta»: Todos conocemos alguno. Es ese amigo, conocido o compañero, que nos llama casi todos los días a casa o al trabajo, en donde tenemos la orden de decir que no hemos ido a comer, estamos en la ducha o estamos en una reunión importante de negocios.

Al que si le vemos por la calle discretamente nos cambiamos de acera, o si entramos en una cafetería o bar y le vemos apalancado en la barra, corremos a refugiarnos en otro establecimiento. Precauciones casi siempre inútiles porque es contumaz y consigue localizarnos.

El Listillo, también coloquialmente «enterao»: Es ese contertulio, compañero de trabajo, o similar, que apenas inicias cualquier tema o haces algún comentario, te interrumpe y te corrige, diciendo que no es así, que estás equivocado, porque él lo sabe de «buena tinta», porque tiene información privilegiada de personajes que su discreción le impide revelar sus nombres.

Y así todo el tiempo, te da la paliza, y se hable de lo que se hable él sabe más que nadie.

El cenizo: Es ese que vive eternamente amargado y enfadado con el mundo y sus habitantes. Que todo lo ve negro y sin remedio, y solo te cuenta, eso sí con toda clase de pormenores, todas las desgracias que han ocurrido en España y en el extranjero,

Es capaz de entenebrecer y amargar cualquier mañana en las que hayas empezado el día con una cierta esperanza y alegría de vivir, dándole gracias a Dios por sentirte razonablemente sano y vivo.

El lúgubre: Primo hermano del anterior. Este, en cuanto te ve, no te habla de fútbol, ni de toros, ni de una obra de teatro o una película, Ni siquiera de política. Qué va.

Lo suyo es nada más verte, recitarte de memora las esquelas de los periódicos, te cuenta las enfermedades de todos los conocidos, y su especialidad es contarte los fallecimientos de nuestros antiguos compañeros de colegio o de milicia.

El político socialista: Este es un personaje que en las reuniones familiares, tertulias de café o de veraneo, defiende con ardor las excelencias de su partido. Y como es educado, y buena persona, le dejas hablar un rato, hasta que llega un momento en que sin poder remediarlo le vas rebatiendo sus excesos y destacando las contradicciones de lo que defiende.

Pero él contumaz, primero niega con rotundidad, a continuación y ante los argumentos que se le van presentando en contra, matiza y se defiende tratando de justificar lo injustificable, y ya al final cuando se le abruma con datos y fechas fehacientes y se ve acorralado, termina diciendo un poco enojado, que tal vez puede que tengamos razón, pero que en definitiva, la culpa es ¡del Partido Popular!

Y el intransigente: Este es del campo contrario. Aquel que se ha quedado petrificado en el siglo pasado, sin querer reconocer que el mundo ha ido cambiando en todos los aspectos, en los avances tecnológicos, en las modas, en la política, en los nuevos problemas que requieren nuevas respuestas y soluciones, y siempre de mal genio, no aguanta a sus hijos, a sus nietos o a sus amigos, por pensar diferente, ni soporta ni acepta opiniones que no sean las suyas porque son las únicas auténticas veraces y por lo tanto sin discusión.

Mingote, en uno de sus geniales chistes, le retrataba una vez, como un señor muy enfadado que dando un puñetazo en la mesa decía: ¡Nada de dos Españas!, España solo hay una, ¡La mía!

Si me lo permite el director, igual me da por continuar.
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