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Una crisis para una revolución

El retórico asalto a los cielos de aquellos muchachos de la Facultad de Políticas de la Complutense, desmesurados y pedantes, comenzó a hacerse posibilidad con el 15-M...


Publicado en el número 141 de Cuadernos de Encuentro, de verano de 2020. Revista editada por el Club de Opinión Encuentros.
Ver portada de Cuadernos de Encuentro en La Razón de la Proa


El autor, Juan Van-Halen, es historiador y periodista. Académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San
Fernando.

Una crisis para una revolución

Una crisis para una revolución


«El cielo no se toma por consenso sino por asalto». La frase es de Pablo Iglesias. No es obvio recordar otra frase de similar calado aunque desde la realidad de otra época. La pronunció Francisco Largo Caballero, el Lenin español, durante la campaña electoral de febrero de 1936: «La transformación total del país no se puede hacer echando papeletas en las urnas… Estamos ya hartos de ensayos de democracia; que se implante en el país nuestra democracia».

Hace más de ochenta años desde el radicalismo de izquierda se prometía lo que ahora, con el riesgo cierto de convertir los cielos en infiernos para llegar a lo que para ambos políticos, el histórico y el actual, es «nuestra democracia». El empeño letal del cambio desde cero.

La metáfora de Iglesias no es inocente y tampoco original. El asalto a los cielos viene del romanticismo alemán, figura en el Hiperion de Hölderlin. Lo utiliza Marx en una de sus Cartas a Kugelmann, en 1871; lo emplea Lenin en la edición rusa de esa correspondencia; así titula sus memorias Irene Falcón, secretaria de Dolores Ibarruri, Pasionaria. Y José Ignacio Torreblanca dio el mismo título a su libro sobre Podemos.

El asalto a los cielos forma parte de la retórica comunista muy anterior a la caída del muro de Berlín que simbólicamente supuso la jubilación del sistema comunista por totalitario, oxidado e ineficaz.

El retórico asalto a los cielos de aquellos muchachos de la Facultad de Políticas de la Complutense, desmesurados y pedantes, comenzó a hacerse posibilidad con el 15-M. La falta de respuesta del Gobierno de Zapatero que miró para otro lado, el almíbar con que recibieron a los autollamados indignados ciertos sectores y la mayoría de los medios de comunicación, y la aparente amplia convocatoria convenció a quienes luego promoverían Podemos de que el sistema descartaba una eficaz línea de defensa y se mostraba dubitativo y agrietado.

Zapatero y Sánchez, valedores de Podemos

El movimiento del 15-M coincidió con los meses finales del segundo mandato de Zapatero, caracterizado como el primero por un guerracivilismo resucitado y por abrir la espita del odio. El neoleninismo de hoy es hijo de Zapatero y ha sido fortalecido por el narcisismo de Sánchez cuyo único programa es permanecer en la Moncloa a costa de lo que sea; de dividir y enfrentar a los españoles, de trocear España, y de abrir las puertas a una revolución que ahora llaman «segunda transición» y que consiste en enterrar los logros de la auténtica transición plasmada en la Constitución de 1978.

Un proceso constituyente como el que plantea Podemos es suicida para España. Las instituciones no son asambleas de facultad ni la metáfora de asaltar los cielos es el asalto a la realidad y al futuro de España.

Para el núcleo fundacional de Podemos España vivía, ya en 2011, «un momento comunista». Iglesias lo entendió así: «Los comunistas nunca ganarán en unas elecciones en momentos de normalidad; sólo lo pueden hacer en momentos de excepcionalidad como los que vivía España […] la crisis hace saltar los conceptos existentes» y aclaraba: «Para que un golpista como Chávez gane unas elecciones tienen que haber saltado los consensos sobre los significados básicos».

El Gobierno de Rajoy, confiado en que cada vez habría mejores datos económicos, insistió en la recuperación que ya era evidente aunque lenta; se centró en la economía. Pero las claves eran ya otras. Dejó a un lado muchas iniciativas políticas. Fue un error. El populismo radical se aupó en la creencia de que habían saltado «los significados básicos». Las urnas a veces son caprichosas: Churchill perdió las elecciones tras ganar la guerra; los votantes rara vez agradecen lo hecho y suelen sopesar mal los riesgos que esconden quienes prometen paraísos.

El azote de la pandemia aporta a Podemos, esta vez sí, un «momento de excepcionalidad», una «crisis que hace saltar los conceptos existentes» y arrasa «los consensos sobre los significados básicos». Es el oxígeno revolucionario que Iglesias soñaba y le llega ejerciendo nada menos que la vicepresidencia de un Gobierno cuyo presidente es un inútil, políticamente vacío y personalmente valorado en demasía por sí mismo.

El grave problema que padecemos es que mientras Sánchez tiene una ideología moldeable o ideología chicle, Iglesias sabe perfectamente lo que quiere y cómo lo quiere. Un liderazgo socialista débil, plagado de contradicciones internas, que asume respuestas radicales de su socio de Gobierno que muchos no entienden en su propio partido, aunque no rechistan, es el aliento revolucionario que Iglesias necesita.

Una vicepresidencia menor, diluida entre cuatro, y unos ministerios que en gobiernos anteriores habían sido meras direcciones generales, han alcanzado una dimensión inesperada por la debilidad de Sánchez y la crisis de la pandemia. Uno de los objetivos de estos nuevos leninistas es sustituir al socialismo como referencia de la izquierda acercándolo a la irrelevancia.

El pacto, cacareado pero no declarado por sus protagonistas, entre Iván Redondo, un mercenario lleno de poder al que conocí siendo el gurú de Monago, presidente popular de Extremadura, y Pablo Iglesias, podría ser clave. Sánchez, distraído en mirarse al espejo, ni se entera. O se hace el lelo.

Cuatro asaltos

En el programa Un país para la gente que Podemos ofreció al PSOE en febrero de 2016 y cuyas líneas básicas mantiene, se invoca no pocas veces la necesidad de consensos en la izquierda; el poder, sin embargo, no se toma por consenso sino por asalto. Ya han conseguido ese consenso tan deseado que se originó en la moción de censura de 2018 que expulsó del Gobierno a Rajoy y que fue un golpe parlamentario de libro. Sobre la perversión que padeció esa legítima fórmula constitucional de la moción de censura me ocupé en varias terceras de ABC.

El neoleninismo concibe el asalto a los cielos, es decir al Estado, en cuatro escenarios. Los tres poderes clásicos y la pieza a cobrar más deseada y al tiempo la más indefensa por debilidades y contradicciones de quienes se colocan a veces de perfil: la forma de Estado que consagra la Constitución. Son metas apuntadas ya desde el 15-M de 2011, declaradas abiertamente tras la creación de Podemos en 2014 y reiteradas siendo ya Iglesias vicepresidente del Gobierno con el cómplice silencio del desahogado Sánchez que sólo piensa en él.

Nos hemos acostumbrado a escuchar y leer disparates y considerarlo natural: «la ingobernabilidad del régimen político y constitucional de 1978», «el fraude de la Transición», «los viejos lenguajes de legitimación en contra de la democracia real», «la salida democrática-revolucionaria en un proceso constituyente», «las fuerzas sociales y políticas expresadas en forma de mayorías en el ciclo 15-M deben tomar las riendas de un cambio profundo y radical», «deslegitimamos este régimen y por tanto sus leyes, y nuestra guía es actuar en base a lo legítimo y no a lo legal», «actuaremos en legítima defensa ante la violencia indiscriminada de este régimen opresor», «exigimos la abolición de la Monarquía, institución arcaica, clasista y antidemocrática»… Son afirmaciones públicas y reiteradas que ya no sorprenden y pocos rebaten.

El asalto al Poder Ejecutivo se ha reafirmado con Podemos en el Gobierno y se inició gracias a los planes oscuros de Sánchez. En 2015 facilitó la llegada a ayuntamientos relevantes de quienes no ganaron las elecciones pero él buscaba como futuros socios en su entonces discreta «operación Moncloa». Hasta el punto, por ejemplo, de impedir que el candidato del PSOE fuese alcalde de Madrid con el apoyo del Partido Popular que se lo ofreció. El desbarajuste de los ayuntamientos podemitas estuvo y está a la vista. Sánchez también pactó con el leninismo y afines en varios gobiernos autonómicos. Luego asistimos a la deriva catalanista en la Comunidad Valenciana y en Baleares. Y a la podemización y al pacto filoetarra en Navarra.

El asalto al Poder Legislativo no es menos visible. El antecedente es aquel ilegal «Rodea el Congreso» repetido en 2011, 2012 y 2013 que se atajó tarde. Hubo violencia y ello permitió al dirigente leninista confesar que le había emocionado el apaleamiento de un policía. Escucho una grabación suya: «El parlamento es burgués, representa intereses de clase, y yo voy allí a liarla, a transmitir el espíritu de los movimientos sociales, y voy en camiseta a las instituciones y a montar el pollo». Y no miente. Él, como sus huestes, acude a donde se residencia la soberanía nacional «en camiseta» pero, para evidenciar que su pose es un desprecio al Parlamento, asiste a la gala de los Goya vistiendo esmoquin.

La extrema izquierda, y sobre todo Podemos, han instalado la crispación y el matonismo en el Parlamento. Una actitud chulesca que puede resumirse en la despedida de Iglesias a un diputado de Vox, partido al que había insultado acusándole de preparar un golpe de Estado; el diputado, ante la inoperancia y falta de autoridad del inane intelectual que presidía la sesión, abandonó la sala. Lo último que escuchó de Iglesias fue. «Cierre la puerta al salir» sin que el analfabeto defendiese al diputado ni afease a Iglesias su chulería. El neoleninismo ofende permanentemente el decoro de la Cámara en la forma y en el fondo. La culpa no es sólo suya, también de la inacción de quienes tendrían que defender la dignidad institucional.

El asalto al Poder Judicial también resulta evidente. Los neoleninistas ya recogieron en sus programas que responsables de la Justicia como el fiscal general del Estado, los magistrados del Tribunal Constitucional o los vocales del Consejo General del Poder Judicial serían designados por «su compromiso con el programa del Gobierno». Las asociaciones de jueces y fiscales consideraron tal adhesión política como un ataque a su independencia.

Los manifestantes movilizados ante el Tribunal Supremo contra una sentencia, entre ellos el propio líder leninista, enronquecieron exigiendo independencia a los jueces. El nombramiento de la ex ministra de Justicia como fiscal general del Estado confirmó el acomodo del Gobierno al programa podemita. Sus últimos ataques a la Judicatura suponen un paso más.

El cuarto asalto tiene en su punto de mira a la Monarquía y es obvio que se ha agravado. Empezó con el menosprecio a símbolos de la institución y al propio rey. Por ejemplo, acudir a una audiencia con el jefe del Estado en vaqueros y sin corbata es impensable en cualquier otra nación. Pensemos en audiencias en Buckingham, la Casa Blanca o el Elíseo. No se celebrarían. Mientras, instituciones como el Parlamento de Cataluña y el Ayuntamiento de Barcelona pedían la abolición de la Monarquía y lo mismo ocurrió en otros muchos ayuntamientos de España.

Lo último: la ministra Irene Montero fue entrevistada en TVE luciendo una pulsera republicana. Sánchez mira para otro lado y a menudo su agenda oficial parece contraprogramar la del monarca. La Zarzuela, prudente, permanece en silencio.

«Un país para la gente» orilla la fórmula que la propia Constitución marca para su reforma en aspectos de calado y hace trampas invocando como vía la fórmula de consulta que aparece en el artículo 92. A la reforma constitucional se dedica un título específico, el X. Si los constituyentes hubiesen entendido que el referéndum del artículo 92 facultaba la reforma constitucional hubiese sobrado el título X. Pero Podemos no quiere reformar la Constitución desde la propia Constitución, sino por métodos más acordes con su «democracia». Acaso desde la fórmula callejera y antidemocrática por la que llegó la Segunda República.

Están en marcha, y acelerados, los cuatro asaltos al Estado en una coyuntura gobernada por alguien políticamente débil con el letal apoyo de quienes manejan el buldócer para arrasarlo todo. La estrategia revolucionaria de la «nueva normalidad» consiste en crear más pobres consiguiendo que los capitales y las empresas huyan, que la inversión exterior no nos llegue, y creando masas subvencionadas de votantes agradecidos.

Contradicciones y falta de respuesta social. Europa

Sorprende que las apetencias de Iglesias, cada vez más aceleradas y claras, no susciten reacciones contundentes en eso que llamamos «la sociedad civil». Por comodidad o ceguera. De los deseos de Iglesias y la forma de cumplirlas se sabe casi todo. Son decenas las grabaciones de intervenciones suyas ante grupos reducidos o amplios en las que no calla nada. Es uno de esos políticos que no suelen cortarse ante sus auditorios, aunque a menudo no ha resultado consecuente entre lo que proclama y lo que hace.

Así cuando asegura que permanecerá en su barrio de siempre, que «hay que vivir okupando», que nunca será de la casta del poder, que no pronunciará el nombre de España ni aceptará la bandera nacional y menos la Monarquía, considera a la Guardia Civil esa «institución burguesa que protege los intereses de los poderosos», o se declara emocionado si un manifestante apalea a un policía, como ya he recordado. Sabemos lo que opina de «un Parlamento burgués de mierda que representa los intereses de la clase dominante», y no ignoramos su idea sobre la democracia; quiere «la suya».

Ya no vive en Vallecas, su residencia campestre es custodiada por la Guardia Civil, con un amplio dispositivo que ha cortado su calle para impedir protestas, prometió lealtad al rey, pertenece a la denostada casta, es vicepresidente del Gobierno del Reino de España y produce sus comparecencias institucionales ante una bandera nacional. Acaso es fiel a aquello de «el fin justifica los medios», que no es de Maquiavelo, aunque se le atribuya, y cuya idea empleó ya Gracián en el siglo XVII.

Para Iglesias y los suyos el Derecho «no es más que la voluntad política racionalizadora de los vencedores» y «la ética debe adaptarse a la necesidad de la victoria» Ocurre, y seguro que no se le escapa a Iglesias, que la crisis que padecemos no es sólo sanitaria y económica. Existe una profunda abrasión humana y social por los miles de muertos. Y nadie ignora, aunque se intente enmascararlo una y otra vez, cómo creció esta crisis en España, sus circunstancias ideológicas, y su gestión en el día a día.

La factura política, y en su caso penal, de las responsabilidades del Gobierno, y dentro de ellas la responsabilidad de Pablo Iglesias que, como vicepresidente social, reclamó para sí la gestión de la pandemia en las residencias de ancianos en aplicación del mando único, cosa que olvidó pronto, será muy costosa. Ello no me tranquiliza porque este horizonte judicial, además de recrudecer su ataque a la Judicatura, puede acelerar su asalto revolucionario para que todo se diluya entre mentiras.

Mi confianza está en Europa. Un Gobierno con comunistas confesos, con la intención proclamada de aplicar una revolución que contradice las esencias, los principios y la trayectoria de la Unión Europea, no tiene garantía de permanencia, sobre todo en un momento en el que sólo lograremos encarar el futuro con su ayuda.

Un abultado «dossier Iglesias» está en los despachos de los principales líderes europeos; las embajadas en Madrid hacen su trabajo. Grabaciones, discursos y declaraciones incluidos. También eso le constará a la ministra Calviño que conoce bien los entresijos de Bruselas. De ahí su enfrentamiento con Iglesias y sus ministros.

Hoy en España sobran la crispación provocada, el matonismo parlamentario, la vieja política que se hace pasar por nueva, y faltan rigor, sensatez e ideas realistas y factibles.


 

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