Libros | Crítica

César Vidal y su aversión a José Antonio.

Hace unos días cogí en mi biblioteca el libro de César Vidal que tituló José Antonio. La biografía no autorizada. Libelo aberrante con tantas trampas en su contenido como letras. Escribo sobre algunas cosas que Vidal plasmó en su libro y que a mí me han producido verdaderas nauseas...


Publicado en el número 334 de la Gaceta FJA, de julio de 2020.
Editado por la Fundación "José Antonio Primo de Rivera".
Ver portada de la Gaceta FJA en La Razón de la Proa

César Vidal y su aversión a José Antonio

Hace unos días cogí en mi biblioteca el libro de César Vidal que tituló José Antonio. La biografía no autorizada. Este libelo aberrante lo había leído hace algunos años y siempre tuve la tentación de contestar a cada una de las hojas, que yo había marcado porque contenían tantas trampas como letras. Nunca llegué a cumplir mi deseo. No tengo ninguna razón especial para no haberle contestado. Simplemente no lo hice, y ya está. Pero ahora sí quisiera escribir sobre algunas cosas que Vidal plasmó en su libro y que a mí me han producido verdaderas nauseas.

En una de sus primeras páginas ya comienza diciendo que «cuando se produjo la salida de Alfonso XIII de España, José Antonio fue una de las escasas personas que acudió a despedirlo». Totalmente falso de toda falsedad. Vidal no leyó lo que a la marcha del rey escribió José Antonio: «…el pueblo español es implacablemente realista; el pueblo español, que exige a sus santos patronos que le traigan la lluvia cuando hace falta, y si no se la traen los vuelve de espaldas en el altar; el pueblo español, repito, no entendía este simulacro de la Monarquía sin Poder; por eso el 14 de abril de 1931 aquel simulacro cayó de su sitio sin que entrase en lucha siquiera un piquete de alabarderos».

Cuando se refiera al levantamiento del general Sanjurjo, agosto de 1932, y José Antonio es detenido –aunque puesto pronto en libertad porque para nada estaba involucrado en ese golpe militar–, el sectario Vidal, escribe: «Muy posiblemente José Antonio no había intervenido en el golpe, pero distaba mucho de condenarlo o despreciarlo». Desde luego hay que ser mala persona para llegar a esa conclusión. Pero ya que llegó este zonzo historiador a semejante simpleza, voy a recordarle la carta que José Antonio envió a su amigo Serrano Suñer, desde la cárcel Modelo –que vamos reproducir, parte de ella–  y que Ignacio Merino, reproduce íntegra en su libro Serrano Suñer, conciencia y poder:

«Querido Ramón: Mil gracias por tu afectuosa carta, que me ha hecho todo el afecto que podrás imaginar. Aciertas al suponer que no he tomado la más mínima parte en los sucesos determinantes de mi encarcelamiento. Estaba en San Sebastián desde cinco días antes [...]. Comprenderás que de haber tomado parte en el complot hubiera ocupado mi puesto de peligro. Pero no tomé parte alguna [...] porque estimo a España atrasadísima para la implantación de un sistema autoritario, y desde luego no consideraba capaces para dirigirlo a los organizadores de este movimiento».

En otro momento se refiere a José Antonio como «el joven dirigente fascista». Vidal no le aplica al fundador de Falange, otro calificativo a lo largo de su libelo. Pero el problema está en que siempre se parte de que lo era y, sin embargo, nunca se considera que esto no sea cierto. Comparando el pensamiento joseantoniano con el fascismo puede uno darse cuenta de que existe una enorme distancia entre ambos.

El francés Arnaud Imatz ve muy clara esa distancia: «La Falange joseantoniana, a diferencia del fascismo italiano, no admite la relación bilateral del trabajo, sino que defiende la integración completa de los dos factores de producción, la atribución de la plusvalía a los productores y la implantación de la propiedad sindical, comunal y familiar. No sitúa el valor fundamental en el Estado, sino en la lex aeterna, en el hombre portador de valores eternos, capaces de salvarle o condenarle».

Incluso la escritora Rosa Chacel, que durante su exilio en Buenos Aires leyó, de un golpe, dice ella, las Obras Completas de José Antonio, con las que quedó entusiasmada, escribió en su libro Alcancia. Ida: «Es cierto que su simpatía por los fascismos europeos, tan macabros, le salpicaron el cieno en que ellos se enfangaron, pero leyéndole con honradez se encuentra el fondo básico de su pensamiento, que es enteramente otra cosa».

Su praxis mental, en Vidal, es tan grande –imposible recogerla toda en este artículo–, que llega a tachar a José Antonio de «acentuada mediocridad política». Dedicándole de seguido, las siguientes comparaciones, epítetos y calificativos: «Comparado con las figuras del periodo de la República situadas tanto a la derecha como a la izquierda, José Antonio resulta de una carencia de relevancia pasmosa. Sus escritos y discursos, plagados de reiteración y ampulosidad, no resisten la confrontación con los de Gil Robles, Besteiro, Prieto o Azaña… Carente del talento de Gil Robles o incluso de Calvo Sotelo, eclipsado especialmente por el dirigente de la CEDA, nunca fue considerado como un personaje relevante por sus contemporáneos».

Sin embargo, el tendencioso y ofuscado Vidal, olvida las palabras de Miguel de Unamuno que calificó a José Antonio de «cerebro privilegiado, tal vez el más el más prometedor de la Europa contemporánea». Ha olvidado también las palabras del hispanista Stanley G. Payne, cuando escribió que «casi todos los testimonios coinciden en señalar que José Antonio era una persona inteligente, educada, encantadora y totalmente seductora. Era el diputado más conocido de las acaloradas Cortes republicanas».

Y todo a pesar de esos escritos y discursos de reiteración y ampulosidad, que no resisten la confrontación de otras relevantes figuras políticas de aquella época. No obstante, a todas esas figuras, en opinión de Vidal, y que éste cita, Jordi Pujol ha dicho que «uno de los que entendió mejor cómo es Cataluña fue José Antonio Primo de Rivera.». Acto seguido, Pujol reproduce parte de las palabras que el fundador de Falange pronunció, el 30 de noviembre de 1934, en el Congreso donde se pedía nada menos que la anulación del Estatut de Catalunya.

En el mismo párrafo escribe una serie de salidas de tono e inconveniencias sobre el fundador de Falange, que podemos dejar para otro día. Ahora termino con otra de sus grandes falsedades para perjudicar aún más a José Antonio. Pone en duda su valor profesional del Derecho, diciendo que la clientela solo se debía a la influencia del padre. Pero olvida lo que el periódico ABC, año 1926, 19 de febrero, escribe sobre una vista que tenía lugar en la Sala de lo Civil del Supremo y donde José Antonio «informaba, haciendo sus primeras armas en el foro como abogado». y que al final el conde de Santa Engracia, patrono de la parte contraria, «felicitó por conducto de la Sala, al Sr. Primo de Rivera por su brillante intervención», José Antonio no había cumplido aún 23 años.