Sobre José Antonio

El tiempo y el pozo

Uno de los diversos detalles originales de ese jardín es un breve patinillo encalado convertido en estanque, en cuyo centro, en un alcorque encalado también, crece, lustroso y airoso, un limonero. Cada vez que lo miro pienso en José Antonio y en el tiempo caído en la blancura del pozo.

Autor.- Aquilino Duque. Publicado en la revista Altar Mayor en 2002 (núm. 82). Recogido por la revista Desde la Puerta del Sol, en septiembre de 2021, en memoria de Aquilino Duque, fallecido ese mismo mes. Solicita recibir el boletín semanal de LRP.

El tiempo y el pozo


El poeta malagueño Rafael Inglada, que por su calidad y otras virtudes habría merecido, de vivir en otro tiempo, figurar en la Antología palatina, ha tenido la feliz ocurrencia de editar, con una sobria y simpática elegancia, las once poesías que dejó José Antonio Primo de Rivera.

Yo conocí a Rafael Inglada en Córdoba, en un orgiástico Congreso de Poesía, y me fue imposible estrechar su mano, ya que ambas las traía enguantadas de blanco y con unos cascabelitos cosidos a las puntas de los dedos. Durante algún tiempo, en el magnífico suplemento literario de un diario jerezano que coordinaban, como ahora se dice, José Mateos y Felipe Benítez Reyes, aparecían unas semblanzas festivas de poetas amigos, ilustradas con sendas caricaturas. Nadie sabía quién era el autor de aquellas burlas, hechas con buen humor, y pasaría tiempo hasta que se descubriera que no era otro que Rafael Inglada.

Que un poeta de vanguardia, valga el rancio terminacho, con sus puntas y ribetes de decadente, se lance a publicar estos versos, no deja de ser una provocación en los tiempos que corren. El mérito mayor de estos versos es el de ayudarnos a conocer mejor la primera juventud de alguien que, muerto joven, alcanzaría una fama y contraería unos méritos que nunca pretendió contraer y alcanzar con la poesía.

Versos de ocasión, rescatados de la minuta de un banquete, de un álbum de visitas, versos íntimos de alguien que conoce a sus clásicos pero aún no ha hallado su propia voz, no pasarían de ser una curiosidad si quien los guardó no hubiera demostrado, con su vida y su obra, tener un sentimiento poético de la existencia.

Y es que en estos versos está, explícita e ingenua, la poesía implícita con la que José Antonio se planteó el eterno problema de España. La solución que le daba es cosa de su tiempo, como lo son todos los programas políticos, pero al menos en parte fue decisiva para resolver uno de los peores males de la Patria, que hubiera dicho don Lucas Mallada: la injusticia social y el desamparo del trabajador.

Del mismo modo que no es lícito hacer conjeturas sobre su conducta política de haber vivido, no es posible aventurar opiniones sobre la probable evolución de su quehacer literario. Su breve texto La gaita y la lira es un compendio de doctrina política y preceptiva literaria, y a él hemos de atenernos, como hemos de atenernos a aquellas ideas suyas que hacen de quien las profesa o las respeta un «portador de valores eternos».

También, para saber cómo era capaz de expresarse en verso, nos hemos de atener a esa docena escasa de composiciones, la más ambiciosa de las cuales data de cuando aún no contaba veinte años. Es La profecía de Magallanes, poema épico aún en la estética romántica, pero en el que nada suena falso y que es a la vez una evocación de los momentos estelares de la historia de los pueblos ibéricos a los que exhorta a unirse para volver a acometer empresas de análoga grandeza.

Más que de Quintana, hay ecos de Camoens, por ejemplo en la descripción del amanecer frente al Estrecho o de la tempestad que es salutación y gloria para las cuatro carabelas. Todo está dicho con los versos justos, con palabras claras, con acentos graves y con ese aplomo de quien habla desde una de las divisorias de la Historia. Por fin, es inevitable pensar en la fatalidad de algunas expresiones, por ejemplo, cuando dice:

«¿Qué importa nuestra muerte si con ella / ayudamos al logro de este sueño?».

El José Antonio adolescente se refiere con ello, claro está, a un sueño que se cumplió: el de que las tierras recién descubiertas hablaran un día español, es decir, portugués y castellano. Pero si esos versos son aplicables, como por desdicha lo fueron, a su caso personal, hay que recordar que el sueño del José Antonio adolescente era la grandeza de su patria, una grandeza que nunca se lograría mientras la mayoría de la población malviviera al borde de la miseria material y moral. El patriotismo de aquel joven no es, pues, un patriotismo altisonante y embriagador, sino una exhortación a la acción, que a eso era a lo que tiempo adelante se referiría cuando habló de «la poesía que promete».

Este poema épico da una idea de las ideas que germinaban en José Antonio; es, por decirlo así, una poesía de pensamiento expresada con una sobriedad que anuncia aquel laconismo militar que depuró su estilo. Pero es que en este breve ramillete, aparte de los sonetos gastronómicos, hay unas muestras de una sensibilidad lírica más que decorosa.

Todavía resuena el Modernismo –señalando un camino a Sánchez Mazas, a Pemán y a Foxá– en los intensos alejandrinos del soneto Arraigaste en mi espíritu segura y suavemente, expresión nostálgica de una intimidad, presente ya y explícita en el Poema íntimo en el que ya se notan nuevas lecturas, sobre todo la de Antonio Machado, tan patente en el Envío a Julián Pemartín:

«Julián, hermano, desde Castilla / hoy huérfana de reyes».

Hay, por fin, un tributo a la poesía popular que a José Antonio debió de llegarle por sus vinculaciones jerezanas, y es una Soleá que bien vale un haiku y que encierra todo el grafismo que regala la naturaleza al que la mira con sosiego:

«Jardín de Paterna, el tiempo / se cayó en un pozo blanco / debajo de un limonero».

Tengo un amigo arquitecto en California que veranea en Bornos, que no está tan lejos de Paterna de Ribera, y que en su casa, que es precisamente la que fue de la familia Ribera, adelantados de Andalucía, ha hecho realidad aquel «huerto cerrado para pocos» que fue el jardín para Pedro Soto de Rojas. Uno de los diversos detalles originales de ese jardín es un breve patinillo encalado convertido en estanque, en cuyo centro, en un alcorque encalado también, crece, lustroso y airoso, un limonero.

Cada vez que lo miro pienso en José Antonio y en el tiempo caído en la blancura del pozo.