La Razón de la Proa

EL CORREO DE ESPAÑA 22/AGO/2021

Recorriendo los campos de España.

Hicimos poesía al andar, sin descanso, sin rehusar las dificultades; sabíamos que el camino no era fácil, por eso nos gustaba y lo hacíamos cantando, caminando los campos de España con nuestros guiones viejos, los imperiales, de patria y revolución.


Leer en su sitio web original. Autor.- José Eugenio Fernández Barallobre. Más artículos del mismo autor en El Correo de España. (Todos sus libros). ​Recibir actualizaciones de La Razón de la Proa (un envío semanal).

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Escenas de la marcha-peregrinación de la OJE a Santiago de Compostela, en 1965.
Recorriendo los campos de España.

Lo nuestro fue siempre poesía, poesía en nuestro credo, poesía en nuestros gestos, poesía en nuestras canciones, poesía en nuestro caminar cruzando los montes y los valles de nuestra amada España en busca de ese mar, a veces lejano, misterioso, eterno, convertido en conductor de nuestros sueños de imperio, un imperio forjado con nuestra cultura, nuestra fe, nuestra legua, con una dimensión universal convertida en unidad de destinos de todos los españoles.

Recorríamos los campos de España con nuestro macuto a la espalda, nuestra camisa azul y nuestro cisne plateado, con yugo y flechas, fijado en el pecho como si hubiese querido detener en cada uno de nuestros corazones su majestuoso vuelo y lo hacíamos cantando, voz en grito, aquellas canciones que nos hablaban de patria, de pan, de justicia para todos; de orgullo juvenil; de amor; del regreso del Cid cabalgando sobre los campos de una España joven y eterna.

Luego, sentados en cualquier encrucijada de caminos, con nuestros zapatos cubiertos de polvo, hablábamos de esperanza, de la grandeza de la Patria, de nuestra misión como portadores de valores eternos, Sobre nuestros pechos, donde el cisne plateado había detenido su majestuoso vuelo, reposaba también, rampante, el viejo león ibérico sobre la cruz potenzada de nuestro santo patrón, san Fernando, aquel que había tomado Sevilla y había sabido ser generoso con sus enemigos, enseñándonos toda una consigna que nos animaba al perdón, a la caridad con los demás, a tener el corazón siempre limpio.

Sentados sobre aquellas piedras, en mitad del camino, tomando fuerzas para reiniciar la andadura, mirábamos a nuestro alrededor para observar los rostros de nuestros camaradas. Allí, estaban todos, venidos de todos los puntos de la rosa de nuestra amada de España. Nadie preguntaba que profesión tenían nuestros padres, ni tan siquiera en que bando habían combatido en aquella cruel guerra entre hermanos que todos deseábamos dejar muy atrás. Incluso, ni tampoco si éramos ricos o pobres; nadie miraba el color de nuestra piel, eran tiempos en que nuestros límites nacionales rebasaban la península y las islas, llegando hasta las tierras desérticas del Sahara o aquellas otras perdidas en el golfo de Guinea que, nuestros camaradas venidos de allí, nos las acercaban hasta casi sentirnos caminando por sus sendas que eran las de España.

Después, reanudábamos el camino. A cada paso, ante nuestros ojos juveniles se alzaba lo que habíamos ganado con el sudor y sangre de nuestros padres, a sabiendas de que nuestras manos, nuestro trabajo, mejoraría aquella herencia que habíamos recibido de nuestros mayores. Estábamos haciendo España a cada paso, haciendo poesía al andar.

No regateábamos esfuerzos, no abandonábamos a nuestros camaradas, ni tampoco eludíamos nuestras responsabilidades, ni nuestras obligaciones, todos sabíamos cuál era nuestra meta y que, con ella, al llegar la noche, sentados alrededor del fuego de campamento, volveríamos a hablar de lo eterno, de lo que realmente importa, de lo que daba sentido a nuestras vidas; entretanto, el fuego, amigo y compañero, reflejado en nuestros juveniles rostros, no nos impedía mirar al cielo para ver los luceros, sabiendo cual era el mensaje que nos transmitían.

Allí, fuera, al aire libre, bajo la noche clara, éramos más conscientes de que la vida es un ejercicio de permanente servicio, de entrega a unos ideales puros y limpios que debemos servir con abnegación y lealtad. Allí, fuera, abrazados por el firmamento patrio nos sentíamos más cerca de Dios.

Fue así, recorriendo los caminos de la Patria, cantando alegres canciones, como forjamos nuestro espíritu muchos de nosotros, aprendiendo a amar a España porque no nos gustaba, ambicionando la grandeza, la justicia, el pan y la libertad para todos, soñando con metas universales, con unidades de destino, con revoluciones pendientes.

Después, tras la oración de la noche y el emocionado canto de nuestro himno juvenil, el sueño reparador nos acogía en su seno para seguir soñando con un futuro mejor, más digno, donde fuésemos capaces de recuperar la grandeza de otros tiempos. Toda una escuela de vida.

Hicimos poesía al andar, sin descanso, sin rehusar las dificultades; sabíamos que el camino no era fácil, por eso nos gustaba y lo hacíamos cantando, caminando los campos de España con nuestros guiones viejos, los imperiales, de patria y revolución.


Escenas de la marcha-peregrinación de la OJE a Santiago de Compostela, en1965, durante su paso por tierra de Navarra.

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