Huellas de nuestro paso

Mis años en el Frente de Juventudes

Acaso no fuimos revolucionarios, pero sí rebeldes, como escribiría después Antonio Castro Villacañas en su libro La juventud de la posguerra.

Publicado en el núm. 115 de Lucero, de enero-abril de 2020. Editado por Doncel Barcelona - Hdad. del Frente de Juventudes. Ver portada de Lucero en La Razón de la Proa (LRP). ​Solicita recibir el boletín semanal de LRP.

Mis años en el Frente de Juventudes: mi recuerdo personal de algunos camaradas.


Por la primera época del Frente de Juventudes pasaron dos generaciones de muchachos, concretamente las que abarcan desde 1940 a 1960, o sea, durante los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, cada una con su circunstancia.

Tengo delante el libro de Calificación Escolar de mis estudios de Bachillerato; a los 10 años empecé los estudios en el Instituto Verdaguer de Barcelona un 13 de septiembre de 1946; las notas de 1947 y de 1948 no citaban para nada el preceptivo contacto con el Frente de Juventudes; los cursos de 1949 y 1950 los realicé en el Instituto Ausias March, y, en estos cursos, las calificaciones de Educación Física y Formación del Espíritu Nacional están en blanco. Pero en este último instituto había un joven profesor de Educación Física que a veces daba alguna charla sobre el Frente de Juventudes.

Recuerdo que el 20 de noviembre de 1949 habló sobre José Antonio y nos leyó su Testamento. Reconozco que poco entendí, pero me gustó aquello de la Patria, el Pan y la Justicia y sus últimas frases perdonando a cuantos le habían podido ofender y rogando le perdonasen a él los que le debían alguna reparación. Se lo conté a mi padre y él me habló muy bien de José Antonio.

El profesor era Juan Gil Ros, muy atento y afectuoso, oficial instructor de la VI Promoción de la Academia. Tiempo después, cuando yo ya era afiliado a las Falanges Juveniles de Franco, mantuvimos una buena amistad, hasta que nos dejó el 18 de marzo de 1990, a los 67 años.

En 1951 inicié la carrera de Magisterio, en el viejo caserón de la Rambla de Cataluña. En los tres cursos tuve como profesor de Formación Política y su metodología a otro oficial instructor de la II Promoción, llamado Alejandro Mayor Pampliega, serio en clase pero también muy amable.

Un día invitó a los alumnos a visitar un Hogar Juvenil. Algunos, pocos más bien, asistimos a la visita en el Hogar Zaragoza, sito en el paseo de Gracia, que era el Hogar de Montañeros, con su cabaña, su bar y sus instalaciones. Nos presentó al jefe del Hogar, Enrique Benz, y al secretario, Pedro Urrea. Manifesté mi deseo de formar parte como afiliado y me entregaron el texto de Formación Política para las Falanges Juveniles. Viví aquel ambiente de hermandad, tan propio de los hogares juveniles, e hice amigos como Pedro Aparicio, Carlos Albiol, Vives, Jové, etc.

Resumo algunos recuerdos:

En 1951, en mi último curso de Magisterio, fuimos a Madrid en dos autocares por Semana Santa; dormimos en el campamento de la Casa de Campo y visitamos el Valle de los Caídos (aún en construcción) y el Monasterio de El Escorial, pernoctando en el Nuestra Señora del Buen Aire. Allí nos impusieron el brazalete. También visitamos Toledo y, en Madrid, la Academia José Antonio.

En 1955, acabado el Magisterio, Alejandro Mayor me pidió que fuera con él, como mando menor, al albergue de las Arenas de Sabadell, para un turno de flechas. En 1956, asistí al Campamento Nacional de Covaleda, para la obtención del título de Instructor Elemental; allí se habló mucho de las tensiones habidas en muchos sentidos ya desde el año anterior; al final de ese año cesaría Elola como delegado nacional.

En 1957, Alejandro, camarada, jefe y amigo, me pidió formar parte del cuadro de mandos de un campamento de escolares en el albergue Jorge Ferrer (edificio Xifré) en Arenys de Mar; aquel año tuvimos como delegado nacional a Jesús López-Cancio. Aparentemente, para mí fue el último año, pues al cumplir los 21 años dejé el Frente de Juventudes.

A principios de 1958, España entró en la OCDE de la mano de la tecnocracia, y yo en las Falanges Universitarias, bajo la jefatura de Juan Pardo Martínez.

Durante este tiempo, ya estaba claro que las ideas de Enrique Sotomayor no prosperarían. Pero en verdad acaso no fuimos revolucionarios, pero sí rebeldes, como escribiría después Antonio Castro Villacañas en su libro La juventud de la posguerra.

No fui nunca ni jefe de escuadra, ni de falange ni de centuria, pero sí consto en el Libro de Honor de nuestra Hermandad. Y mi amistad con Alejandro Mayor Pampliega duró hasta el 13 de diciembre de 2002, cuando pasó a los luceros…