HUELLAS DE NUESTRO PASO

El Círculo Cultural Hispánico (CCH) de Barcelona.

De la primera etapa del CCH queda el haber intangible de la experiencia adquirida (a veces, muy dolorosamente), numerosas publicaciones monográficas y la obra extraordinaria (dados los medios de que disponíamos) de veinticinco números del Boletín del CCH.


Publicado en la revista Lucero (núm. 154, de enero-marzo de 2024). Editada por la Hermandad Doncel - Barcelona | Frente de Juventudes. Ver portada de Lucero en La Razón de la Proa (LRP). Solicita recibir el boletín semanal de LRP.

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El Círculo Cultural Hispánico (CCH) de Barcelona.

Anotaciones sobre el nacimiento y desarrollo del Círculo Cultural Hispánico (CCH) de Barcelona.


Precedentes y situación política


Dadas las especiales características del momento histórico de entonces, y las mas específicas todavía de FET y de las JONS, los intentos de creación de grupos operativos nacionalsindicalistas independientes fueron siempre una constante; unas veces, desde el propio seno del aparato oficial y, otras, extramuros del sistema vigente.

En el año 1959 ya existía en Barcelona una llamada ⎼pomposamente⎼ División Rojinegra, en la que formábamos y actuábamos principalmente camaradas procedentes de las Falanges Juveniles (FF.JJ.); nuestro jefe era Pepe Guirao. A principios de los años 60, cuando se produce la disolución de las FF.JJ. y la creación de la OJE, un numeroso grupo de antiguos mandos y dirigentes de la extinta entidad empieza a moverse en Madrid; al poco tiempo, nace el Frente de Estudiantes Sindicalistas (FES).  

El anquilosamiento de las estructuras del Movimiento y la incongruencia, cada vez más manifiesta, de la política del Régimen con respecto a la doctrina falangista hace que empiecen a aflorar grupos, más o menos numerosos, con el marchamo de hedillistas o simplemente joseantonianos; así, el Frente Nacional de Alianza Libre (FNAL) o los Círculos Doctrinales José Antonio, que empiezan a obtener notoria relevancia en el campo azul.

La hostilidad de los jóvenes falangistas hacia el aparato político del Régimen y del Movimiento es cada vez más manifiesta; con motivo de las protestas juveniles, en el año 1968, se celebrará por última vez el acto conmemorativo de la fundación de la Falange en el Teatro de la Comedia; a partir de entonces, y en lo sucesivo, se celebró a puerta cerrada en el edificio del Consejo Nacional del Movimiento. Por otra parte, se veía que, a pesar del intento de recomposición del Régimen con la Ley Orgánica del Estado (1967), el barco hacía aguas por los cuatro costados. No había sustento popular. La tecnocracia intenta suplir la savia del pueblo con medidas de carácter exclusivamente económicas.

En 1969, Franco designa como sucesor, con el título de rey, a Juan Carlos de Borbón. Se empieza a hablar de asociacionismo político en el seno del propio Consejo Nacional. Para contrarrestar las fuerzas que progresivamente van cristalizando en torno a los grupos falangistas disidentes, el propio aparato dispone una ofensiva; el 4 de marzo de 1969, en Valladolid, Torcuato Fernández Miranda afirmará: «La Falange no es el Movimiento, pero el Movimiento no puede ser entendido sin el espíritu de la Falange»; poco después, el 29 de mayo, Alejandro Rodríguez de Valcárcel dirá: «La Falange está muy presente en la vida política española (…) integrada en el Movimiento».


Una estrategia agotada. En busca de un nuevo camino.


Durante varios años, un grupo de falangistas procedentes del Frente de Juventudes estuvimos utilizando las estructuras oficiales para realizar tareas de proselitismo y de formación. Sin embargo, la praxis se encargó de demostrarnos pronto la inviabilidad de dicha estrategia. Mientras todo transcurría por la vía pasiva del estudio y la formación, no habían excesivos obstáculos. Pero, en cuanto pasamos a la acción política, vinieron inevitablemente las detenciones policiales y los encarcelamientos; como consecuencia de ello, la proscripción de los implicados en las organizaciones oficiales. No había más remedio que pensar en abrir nuevos caminos.  

A finales de 1970, Ubaldo Puche y el autor de estas líneas nos reunimos y empezamos a tratar de estos temas. ¿Qué caminos nos quedaban? Llegamos a la conclusión de que solo eran dos: actuar frente al Estado (la subversión pura y simple) o situarnos extramuros del poder, pero utilizando la cobertura jurídica del Movimiento; el primer camino, obviamente era a todas luces suicida y no lo podíamos tomar; el segundo exigiría de nosotros un exquisito equilibrio para sortear el territorio de la ilegalidad. Optamos entonces por constituir una asociación oficialmente cultual, acogida al régimen jurídico asociativo del Movimiento, que pasaría a denominarse Círculo Cultural Hispánico (CCH).

Una vez aprobados los estatutos por la autoridad competente, en 1971, el CCH empieza su vida legal; aunque en la letra figuraban fines de carácter cultural, la intencionalidad de todos los miembros era clara: queríamos un centro de estudio y difusión del nacionalsindicalismo.  


La nueva tarea


Los primeros tiempos del CCH se caracterizaron por el estudio sistemático del mundo sindical (cursillos, publicaciones, debates…) y por un activismo vital en el ámbito laboral y estudiantil. Este activismo, forzado por la naturaleza juvenil de los militantes y por los propios acontecimientos, produjo algo que cabía esperar: un desviacionismo ideológico de un sector importante de nuestros jóvenes. Era evidente que su poca preparación doctrinal no les permitía salir, aún, al proceloso mundo de las contiendas políticas. Lo ocurrido nos hizo meditar a todos y nos convirtió en personas más mesuradas a la hora de tomar decisiones.

En el mes de junio de 1976, con toda la ilusión del mundo, acudimos Ubaldo Puche y yo al Primer Congreso Nacionalsindicalista, convocado por la Junta Nacional de los Círculos José Antonio y las Juntas Promotoras de FE de las JONS. Lo cierto es que, a pesar de algunas discrepancias en cuestiones de estrategia, salimos esperanzados. Veíamos pronta, casi tocábamos con las manos, la unidad de los falangistas. Después, Raimundo Fernández-Cuesta se encargaría de dar al traste con nuestras ilusiones.

En el seno del CCH, no obstante, todavía quedaba ilusión y arrestos para una nueva experiencia unitaria. En 1978, pusimos en marcha la Asamblea Unitaria Falangista de Barcelona, con la cual se llegó a participar en una campaña electoral –las primeras elecciones de la democracia– con la candidatura de Unidad Falangista. Aquella experiencia unitaria quedó frustrada por causa de los dentro (todo sea dicho de paso) y tuvimos que buscar nuevos caminos operativos. En aquellos momentos, varios directivos y socios del CCH estábamos metidos de lleno en al ámbito juvenil; se celebraron cada año varios campamentos para escolares y, previo el análisis oportuno, convinimos en que este podría ser, circunstancialmente, un buen campo de acción.  

El CCH siguió trabajando en el movimiento juvenil al servicio del nacionalsindicalismo durante estos años, hasta que, el 9 de febrero de 1986, se procede a una renovación total de la junta directiva y toma nuevos rumbos, que, hoy, no me corresponde a mí narrar. Añadiré simplemente que se llevaron a cabo otras publicaciones: Hojas del CCH, Hojas Hispánicas, y tomaron el relevo Francisco Lluch Mir (antiguo jefe territorial de la Auténtica), Javier Cuchí, Manuel Parra, Juan José Cabezón y unos cuantos más; se logró cierto impacto ideológico y estratégico en el mundo azul.

De la primera etapa del CCH queda el haber intangible de la experiencia adquirida (a veces, muy dolorosamente), numerosas publicaciones monográficas y la obra extraordinaria (dados los medios de que disponíamos) de veinticinco números del Boletín del CCH, con la cantidad de 434 páginas impresas en un período de seis años; y, por supuesto, la no menos importante tarea formativa que sirvió y sirve para que algunos de sus beneficiarios continúen en la brega política y sindical, dentro y fuera de nuestro ámbito ideológico.

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