Rasgos de nuestro estilo

Navegantes de interior

Tal vez ya no haya quién nos haga rendirnos a los que naciendo desnudos como todos, un día vestimos el alma de ilusiones y compromisos de los que no caducan y así dimos palabra de no dejar marchitar la primavera.


Artículo recuperado (abril de 2019), publicado en la revista Mástil Digital, núm. 33 (febrero 2015). Editado por la Hermandad Doncel. Ver portada de Mástil Digital en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín semanal de LRP.

Navegantes de interior


Tomo el título de estas letras de un viejo símbolo campamental. Es una alegoría feliz: un barco anclado en medio de Castilla pero dispuesto a surcar el imaginario océano universal. Y aún más, atreverse a penetrar en lo más recóndito del alma. Estos eran juegos de campamento con los que los afortunados pudimos gozar y aprender a la vez que nos permitieron crecer con cientos de Eneas y Ulises al remo por compañeros. Casi no hace falta explicar que se puede navegar por el mundo solo con la Idea. Ya es sabido que navegar no es solo eso de mantenerse como un corcho a flote. Hace falta rumbo y destino.

Noscete Ipsum, conócete a ti mismo. Eso estaba escrito en el frontispicio del templo griego de Apolo en Delfos. Se trata de mirarnos hacia adentro. Y a través de esa primera y necesaria mirada introspectiva, llegar a comprender que estamos constituidos de razón y de emociones. Y que de estas hay unas que nos ayudan a sobrevivir (en la linde del instinto animal como son el egoísmo, la ira, la envidia, el miedo…) y otras que nos hacen mejores como personas pero que nos obligan a cultivarlas (como la bondad, el amor, la justicia, el honor, la amistad…) ¿Es que verdaderamente merece la pena ese esfuerzo? Sin duda, sí. Es la única manera de aproximarnos a ese necesario imposible que el hombre anhela y que llamamos felicidad. Y solo con ese juego de fuerzas tan específicamente humanas, desdeñando unas y alentando otras, cuando vencen las mejores, tal vez rozamos con la punta de los dedos el estado de ánimo positivo, de sosiego y de gozo interior que la expresan. Verdad que recordáis aquello de sentir «la pacífica alegría de sentirse acorde con la propia estrella: Sólo son felices los que saben que la luz que entra por su balcón cada mañana viene a iluminar la tarea justa que les está asignada en la armonía del mundo». Eso es propiamente tanto como cumplir con el deber de cada día y nos exige ser coherentes y responsables de nuestro proceder. Navegantes de interior, sí, pero a algún sitio difícil y preciso queremos que nos conduzcan los vientos y las olas.

Ciertamente también podemos despreciar la virtud y su exigencia. Amarrados al palo mayor oímos cantar las sirenas: hedonismo, relativismo, desinterés, materialismo, descreimiento… no faltan, desde luego, los sofistas de nuevo y de viejo cuño pretendiendo alistarnos en la tropa abúlica y cetrina de los que renuncian a los dioses, a las patrias y a las leyes. Les será difícil, porque tal vez ya no haya quién nos haga rendirnos a los que naciendo desnudos como todos, un día vestimos el alma de ilusiones y compromisos de los que no caducan y así dimos palabra de no dejar marchitar la primavera. Juramos, lo recuerdo, defender la primavera. Y eso exige empeñar tanto amor, tanto dolor y tanto esfuerzo que obliga a entregar entero el corazón y como nos dijo Heráclito: «No se puede comprar el corazón porque lo que el corazón quiere se paga con la vida». Con la vida, con la vida, sí. No estamos en venta, pues.

Es así de radical este negocio de los que se buscan a sí mismos, pues es desde la misma raíz como nace todo. Y nos lleva allende el tiempo hasta lo incógnito, tal vez para arribar a los espacios infinitos, quien sabe. O a despeñarnos sin haber encontrado sentido a nuestras vidas. Un camino que bien pudo iniciarse una mañana en la que alguien comenzó a explicar estas cosas a un corro de muchachos a través del misterio que representaba para ellos aquél extraño barco anclado en medio de un páramo y el insólito lema que los animaba a ser “navegantes de interior”. Lo hizo empezando con las palabras de Plutarco: «Vivir no es necesario, navegar, sí». Y aquel corro de jóvenes zarpó luego cada uno poniendo rumbo al destino de sus vidas. Pero ya no iban desnudos.