RAZONES Y ARGUMENTOS

Totalitarismos.

Pasados más de cuarenta años de ejercicio democrático, ¿estamos seguros de que en él no se va generando una deriva y que, buscando o pretextando la eficacia, no se está produciendo la pérdida de libertades políticas y personales por el logro de otros bienes?

Autor: Ricardo Martínez Cañas, doctor en Geografía e Historia y ex profesor de la Universidad Complutense de Madrid. Publicado en el núm. 144 de Cuadernos de Encuentro, de primavera de 2021. Editado por el Club de Opinión Encuentros. Ver portada de Cuadernos en La Razón de la Proa (LRP). Recibir actualizaciones de LRPc(un envío semanal)

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El totalitarismo, cuya plenitud es utópica, consiste, principalmente, en el intento de un grupo o partido de intervenir totalmente los poderes del Estado y, con ellos, toda la vida social e individual, para lograr sus fines.
Totalitarismos.

Totalitarismos.


En este artículo me propongo dar respuesta a tres preguntas: qué se muestra sustancial en el totalitarismo que se viene atribuyendo a diversos regímenes políticos, cómo surgen esos regímenes y en qué medida tal atribución se considera, en cada caso, debidamente fundamentada [1]. Intentaré apoyarme para ello en diversas obras y textos que, a mi juicio, contienen información suficiente, y me limitaré a los casos que estimo más comúnmente conocidos.

Quiero empezar mostrando un texto en el que Pérez Galdós, pionero en la captación y expresión de tantos aspectos del devenir histórico, señala ya, el año 1875, lo que suele estimarse esencial en ese fenómeno que, medio siglo después, se llamaría totalitarismo. Se trata de un texto relativo al estado de cosas generado en la España de 1814-1820 con la reacción absolutista producida al regreso de Fernando VII, tras ganarse la española Guerra de la Independencia. En él manifiesta Galdós, irónica e hiperbólicamente, su liberal rechazo a la idea totalitaria implícita en las supuestas palabras del llamado «don Buenaventura», que (según tengo explicado en otro artículo [2]) es el nombre que encubre al de Bernardo Mozo de Rosales, primer firmante del Manifiesto de los Persas y miembro, en premio de ello, del Consejo Real de Fernando VII, desde el cual se supone que dice:

Eso de que no pueda moverse un dedo en todo el Reino sin que nosotros entendamos en ello es admirable para el buen concierto de las Españas y sus Indias. Nuestra Sala de Alcaldes vale un imperio. Con ser tan pequeña, todo lo abraza: sin que ella lo autorice, no puede el español sacar un pececillo de las aguas de un río, ni vender una libra de uvas, ni echar la sal al puchero. Todo lo pequeño está en nuestras manos, lo mismo que lo grande; sin nuestro permiso, el Reino no puede sublevarse ni tampoco rascarse. No puede hacer revoluciones, ni cambiar de dinastía ni reunir Cortes, ni establecer formas de gobierno, ni tampoco ir a los toros, ni cazar con hurón, ni tener un desahoguillo mujeril, ni escupir, ni toser. [3]

En esa supuesta intención de intervenir monopolísticamente, con todos los poderes del Estado concentrados en el absoluto poder del rey, en lo grande y en lo pequeño, en la totalidad de la vida política y social, que así quedaría estatalizada, parece mostrar Galdós un ejemplo de la tendencia totalitaria. Pero además, parece conveniente recordar que para entonces (el año 1875 en que Galdós escribe), era muy conocido en España el Manifiesto Comunista que habían lanzado Marx y Engels en alemán el año 1848 y que, tras su traducción al idioma francés y al inglés, se había publicado en español, por el diario La Emancipación, el año 1872. Ya por entonces se iba difundiendo la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), fundada en Londres en 1864, de la que había grupos españoles constituidos en Madrid (1868) y en Barcelona (1869); ya esta asociación había celebrado varios congresos internacionales, y en España se había celebrado el primero en Barcelona (1870) y el segundo en Valencia (1871). Su doctrina se difundía con las prédicas de, entre otros, Paul Lafarge (yerno de Marx) y del italiano Fanelli [4]. Y el ciclo revolucionario socialista, que se suele estimar iniciado con la citada fundación de la AIT en 1864, se contraponía en el ambiente al ciclo liberal, iniciado en 1789 con la Revolución francesa [5].

Cabe, pues, preguntarse si Galdós, que había estudiado Derecho, y que además de escribir estas obras practicaba el periodismo en aquel ambiente, estaría aprovechando su citada referencia al régimen de Fernando VII para señalar el peligro antiliberal que representaba la doctrina totalitaria proclamada en el Manifiesto Comunista. La galdosiana intención de tomar ejemplos aleccionadores de la historia es una constante que el mismo Galdós reitera una y otra vez [6]. Ejemplo de ello puede ser el siguiente párrafo:

Respondo que todo ejemplo de vida contiene enseñanza para los que vienen detrás, ya sea por fas, ya por nefas, y útil es toda noticia del vivir de un hombre, ya ofrezca en sus relatos la diafanidad de los hechos virtuosos, ya la negrura de los feos y abominables, porque los primeros son imagen consoladora que enseñe a los malos el rostro de la perfección para imitarlo, los otros imagen terrorífica que señale a los buenos las muecas y visajes del pecado para que huyan de parecérsele [7].

Al rechazar en los citados términos el régimen absolutista de Fernando VII, puede ser que Galdós procurase alguna aplicación, para evitar excesos autoritarios pendulares, en el ambiente restaurador del año 1875 (subsiguiente al agitado sexenio revolucionario 1868-1874, con su inestabilidad, su fracaso republicano y sus tres simultáneas guerras: carlista, cubana y cantonalista); pero, al evocar tan hiperbólicamente aquel supuesto totalitarismo, ¿no estaría Galdós tratando de matar dos (o tres) pájaros de un tiro? No deja de ser curioso y sugerente en este sentido lo que Galdós dice a continuación sobre la supuesta intervención absolutista en el ámbito de la economía, que, en efecto comparable a lo que se decía en el citado Manifiesto, privaría de toda iniciativa personal al individuo, dejándolo aniquilado, reducido a mera parte de un todo y, como quien dice, sin saber dónde tiene su mano derecha:

Somos [continúa diciendo don Buenaventura en este sentido] una máquina admirable que con sus grandes palancas aporrea al mundo y con sus dientecillos roe lo que encuentra [...] Nada se nos escapa, y el vasallo de Fernando VII tiene que venir aquí para que le digamos dónde tiene las manos. ¡Ay de aquel que se atreva a alterar la dulce armonía en que vive la nación, regocijándose en sí misma y mirándose en el espejo de su estabilidad secular, como Narciso en la fuente! Si alguna cabeza hueca concibe proyecto de aparente utilidad para desviar el suave curso de la española vida, bien alterando las leyes del comercio, bien las de la fabricación, ora los impuestos, ora la agricultura, nosotros acudimos solícitos allí donde prendió el incendio de la reforma y procuramos apagarlo, apoderándonos del proyecto o solicitud o requisitoria o informe o memorándum para ponerle encima una losa de papel, bajo la cual se queda criando musgo, si no gusanos, por los siglos de los siglos

En suma, es nuestra misión sostener en las esferas todas del país el estado de sabrosísimo sueño que constituye su felicidad desde que renunció a las conquistas. Nosotros arrullamos esta inmensa cuna, cantando el ro-ro; y si por acaso en la agitación de su placentero dormir saca la criatura una mano, se la metemos entre las sábanas; si pronuncia alguna palabra le tapamos la boca; [...]. 

Y esta beatífica visión de don Buenaventura sobre aquella España, que dice vivir en dulce armonía, regocijándose en sí misma, como un armónico conjunto o masa social, arrullada por sus gobernantes, ¿no tiene cierta evocadora similitud con la paradisíaca situación social a la que, según el Manifiesto Comunista, se llegaría mediante la dictadura del proletariado y la extinción de la lucha de clases, al desaparecer las clases mismas, con la abolición de la propiedad privada y, a la vez, de toda la cultura familiar, religiosa y de las demás instituciones inspiradas, o determinadas, por la correlativa organización de los diversos aspectos de la economía burguesa? [8]. Quienes esto decían y defendían quizás no fueran tildados, como los señalados por Galdós, de cabezas huecas, pero, según se indica al comienzo del Manifiesto Comunista (presumiendo de que en 1848 tenían reconocida presencia y fuerza), eran ya motejados de comunistas, y algunos se lanzaban como insulto «el epíteto zahiriente de comunista»[9].

Es cierto que, de acuerdo con respetables estudios e instituciones, la doctrina y regímenes totalitarios serían exclusivos del siglo XX. Pero también lo es que las ideas contenidas en la República de Platón, en la Utopía de Tomás Moro, en el Contrato Social de Rouseau, y en algunas otras obras que no cito por no alargar este artículo innecesariamente, parecen hallarse ideas totalitarias, aunque la palabra totalitarismo no existiera hasta el siglo XX.

En todo caso, parece evidente que el Manifiesto Comunista (de 1848) contiene la doctrina en que se apoyan diversos movimientos socialistas de finales del siglo XIX, los frustrados intentos revolucionarios rusos de 1903-1905, su Revolución triunfante en 1917 y su paso a la III Internacional, que, según escribe E. H. Carr, representaba para Lenin la realización de «una ambición que venía alimentando ya desde el otoño de 1914: sustituir la difunta II Internacional, o Internacional Socialdemócrata, que se había dividido y autodestruido con el estallido de la guerra, al abandonar los principios del marxismo y del internacionalismo, por una III Internacional, o Internacional Comunista, verdaderamente revolucionaria». Decisión lógica (añade Carr), tras la sustitución, en marzo de 1918, del «viejo nombre de Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, [...] por el de Partido Comunista Ruso»[10]. En consecuencia, reunidos en marzo de 1919 en Moscú distintos comunistas y simpatizantes, en representación muchos de ellos de los pequeños países surgidos de la disgregación del Imperio zarista, se impuso dicha tendencia leninista, y «El congreso, autoconstituyéndose (Sic) en el primer congreso de la Internacional Comunista (Comintern), votó un manifiesto, redactado por Trotski, en el que se trazaba el declinar del capitalismo y el avance del comunismo desde el Manifiesto Comunista de 1848» [11].

Tenemos, pues, que esta revolución comunista, fundadora de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), está enraizada en dicho Manifiesto del año 1848; parece también que con ella se inicia el primero de los totalitarismos atribuidos al siglo XX; que tal revolución no se produjo por el natural proceso de materialismo histórico ni dialéctico proclamados en la doctrina marxista (puesto que apenas existía proletariado en la poco industrializada Rusia de entonces), sino por la comunista voluntad y acción de los hombres que la lideraron y fueron cambiando y/o prescindiendo de dicha doctrina; y así mismo parece que, aunque en ella se proclamaba la dictadura del proletariado, lo que se establece es la dictadura del Partido Comunista, cuyo monopolio de la actividad política y de los medios de educación, comunicación y coerción tendían a intervenir y estatalizar la propiedad y la vida económica y social con intención de lograr, según rezaba su ideológica verdad oficial, la igualitaria y feliz sociedad sin clases [12].

Ante estos hechos, fue extendiéndose y cristalizando la idea de un enfrentamiento inconciliable entre el mundo capitalista y el de la revolución comunista que pretendía eliminarlo. Pero la proclamada Internacional Comunista (Comintern) conllevó además la escisión del movimiento obrero internacional entre la minoría revolucionaria de sus seguidores y la mayoría fiel a sus dirigentes reformistas [13]. Una escisión agravada por la división entre internacionalistas y nacionalistas, entre quienes priorizaban el sentimiento de pertenencia a la clase obrera y quienes, sintiendo también éste, priorizaban el sentimiento nacional. Así, cuando en 1920 el Ejército Rojo penetró en Polonia y llegó a las puertas de Varsovia, confiado en que los obreros polacos se rebelarían a su favor, fracasó porque en dichos obreros predominó el nacional sentimiento de resistencia al invasor y tal rebelión no se produjo. Ocurría, explica E. H. Carr, «que los trabajadores polacos, como los de la Europa occidental, estaban aún demasiado imbuidos de lealtades nacionales para abrazar la causa de la revolución proletaria internacional» [14].

Y este doble sentimiento nacional y socialista es lo que, dentro del entonces generalizado rechazo europeo al comunismo, parece latir en los movimientos llamados fascistas, que, queriendo superar el estado de cosas propio de principios del siglo XX, se oponían a la vez al liberalismo, al comunismo internacionalista y al conservadurismo, si bien transigirían con éste en ciertos aspectos para lograr, mediante pactos, el poder con que combatir a los otros dos y lograr sus fines. Stanley G. Payne, tras calificarlos de autoritarios, explica: «Pero no parece justificado especificar el objetivo del pleno totalitarismo, [...] pues, al revés que el leninismo, los movimientos fascistas nunca proyectaron una teoría del Estado con una centralización y una burocratización para hacer posible un totalitarismo absoluto» [15]. En sentido similar dice R. Aron que: «El partido fascista no deseaba, al principio, trastornar el orden social; lo esencial de la ideología fascista estribaba en la afirmación de la autoridad del Estado, en la necesidad de un Estado fuerte». Además, aunque su partido fuera monopolístico, Mussolini prefería una economía liberal y su ideología aceptaba la diferenciación entre actividades profanas y sagradas, entre actividades personales y colectivas [16].

El Estado fuerte era una necesidad para defender con éxito la independencia nacional amenazada por la internacionalista revolución comunista. Su contraposición con ésta se manifiesta en que (dada la necesidad de que los obreros de países más industrializados se sumaran a los escasos de la URSS) la Comintern proclamaba que «la guerra revolucionaria de clases era el principal deber de los partidos comunistas», y todo lo demás era fascismo. De ahí que, combinando social-democracia y fascismo, «el término socialfascistas (Sic), inventado en Alemania, sería aplicado ahora a todos los partidos 'reformistas' dentro de la izquierda» [17].

De esta común oposición a la revolución comunista parecen resultar ciertas analogías fascistas que, en tono menor, se producen simultáneamente en España. Así, por ejemplo, al igual que Mussolini es acogido, tras su golpe de Estado del año 1922, por Victor Manuel III, que acepta su evolución y lo mantiene como presidente del Gobierno hasta sus desastres militares del año 1943, el general Miguel Primo de Rivera, tras su golpe de Estado de 1923 (tendente en parte a moderar las resonancias de la revolución comunista en España), es acogido por Alfonso XIII, que a veces lo llamaba mi Mussolini. Pero, aunque hubiera afinidad en las motivaciones ambientales, de las que parece resultar en gran parte la llamada era de las dictaduras, en el gobierno del general Primo de Rivera no se desarrolló totalitarismo ni fascismo significativos [18].

Cesado este general en 1930, y caída la Monarquía en abril de 1931, al irrumpir la Segunda República, se desarrolla vertiginosamente en España una política de masas con la que reverdecen los ecos de la revolución comunista, con tempranos y repetidos actos de violencia que acentúan en unos la tendencia a dicha revolución y en otros la voluntad de evitarla. Son los años en que, extendida y reorganizada la colectivización de la agricultura en la URSS durante los años anteriores, iniciada ya el hambre entre los campesinos desposeídos de sus tierras y productos por la fuerza, «Las malas cosechas de 1930 y 1931 [escribe Carr] coronaron la calamidad», y se produjo una hambruna, con incalculable número de muertos, que convirtió el ideal proyecto en terrible tragedia [19]. Todo ello acompañado de inmenso terror, que en este caso se dirigía especialmente contra los kulaks, pero que, por diversos motivos y con distintos destinatarios, a estos «horrores del proceso de colectivización, de los campos de concentración, de los grandes procesos teatrales, y de la matanza indiscriminada», uniría el de purgas sucesivas, el de «la imposición de una ortodoxia rígida y uniforme sobre la prensa» y sobre toda la cultura, y el de «la supresión de toda opinión crítica» [20].

Simultáneamente, se habían producido en Alemania varios intentos de golpes de Estado entre los que se halla el encabezado, en 1923, por el general Ludendorff y el cabo Hitler. Tendían a restablecer la dignidad y poder de Alemania y a combatir el comunismo. Fracasado este intento, Hitler lo retoma al salir de la cárcel en 1926 y prosigue lo que llamó Mi Lucha. Tras la crisis económica de 1929, consiguió aglutinar en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán a otros nacionalistas y lograr que, en enero de 1933, el general Hindenburg, entonces canciller de la República de Weimar, le entregase el poder. Con ello empezó su revolución nacionalsocialista, luego llamada (más opacamente) naci, o nazi. Con ella suprimió todos los demás partidos y estableció el terror con sus milicias armadas (S. A. y S. S.), su implacable propaganda, su policía secreta, su antijudaísmo, anticatolicismo y su racismo, en una acción conjunta tendente a la exaltación de la nación alemana y al ensanchamiento de su espacio vital. Unos fines que encontraron abundante eco en la humillada e irredenta Alemania, ansiosa de desquite tras la derrota militar y la, quizás abusiva, Paz de Versalles, subsiguientes a la Primera Guerra Mundial [21].

Éste es el momento en que Aldous Huxley escribe su Un mundo feliz, publicado en 1932. En él refleja que lo más horrible no era el terror utilizado en los intentos totalitarios, sino la anulación que del ser humano produciría un totalitarismo pleno. Una anulación que podría intentarse (como supuestamente ocurre en su citada obra) suavemente, con cualquier otro modo de condicionamiento o determinante: bioquímico, fisiológico, psicológico, etc. Y muestra también la casi imposibilidad de que la plenitud totalitaria se produzca, ya que siempre choca con la tendencia del ser humano a mantener su libre albedrío, a ser uno mismo, por mucho que haya de sufrir para ello. Pocos años después, en 1949, George Orwell publicaría su novela titulada 1984, mostrando los horrores de un totalitarismo posibilitado por el avance técnico pronosticado para ese año, que Aron dice considerar no cumplido y que «se aplica más a 1951-1952» [22].

Y éste es el contexto en el que Falange Española se funda (en octubre de 1933) y, asumiendo ciertos términos y gestos fascistas propios de las ideas y lenguaje ambientales, propugna un estatal instrumento totalitario, según indica el sexto de sus puntos programáticos:

Punto 6. Nuestro Estado, será un instrumento totalitario al servicio de la integridad patria. Todos los españoles participarán en él al través de su función familiar, municipal y sindical. Nadie participará al través de los partidos políticos. Se abolirá implacablemente el sistema de los partidos políticos, con todas sus consecuencias: sufragio inorgánico, representación por bandos en lucha y parlamento del tipo conocido.

Pero ahí se lee que ese instrumento se quiere para servicio de la integridad patria. Esto es importante, porque esa patria, cuya libertad se veía amenazada por la penetración del internacionalismo comunista, se consideraba indispensable para la defensa del desarrollo individual, que resultaría inmediata y gravemente trastornado si, como parecen haber pensado Huxley y Orwell, el totalitarismo se implantaba en ella. Es decir, se trataba de proveerse de un instrumento eficaz para contraponer al totalitarismo comunista otro que defendiese a la persona humana del aniquilamiento estandarizador. De ahí la necesaria defensa de esa patria en que el ser humano había de cobijarse, según parecen apresurarse a manifestar en su punto 7:

La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles. Pero sólo es de veras libre quien forma parte de una nación fuerte y libre. A nadie le será lícito usar su libertad contra la unidad, la fortaleza y la libertad de la Patria. Una disciplina rigurosa impedirá todo intento dirigido a envenenar, a desunir a los españoles o a moverlos contra el destino de la Patria.

Es decir, el instrumento llamado totalitario según los ambientales términos e ideas, parece ser incompatible con esa defensa, que se muestra fundamental e irrenunciable, de que La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles. Quizás por eso en Falange Española se rechazaron, casi inmediatamente, los términos que implicasen fascismo o totalitarismo, según señala el especialista Stanley Payne diciendo que hubo una reacción al peligro de mimetismo por la que «antes de fines de 1934, casi todos los falangistas negaban que fueran fascistas»; y su jefe, José Antonio Primo de Rivera, enemigo de la violencia y con muchas dudas, «Antes de fines de 1934 dejó de utilizar el término fascista, y antes de fines de 1935 el de 'totalitario'». Si bien, según añade Payne, comprometido en ello con sus compañeros muertos, «por diferente y diferenciado que fuera su enfoque, jamás renunció a los objetivos fascistas en la política» [23]. Objetivos entre los que el mismo Payne había señalado, al referirse a la idea de fascismo en general, el antiliberalismo, el anticomunismo, el anticonservadurismo matizado y un Estado autoritario, de talante renovador y modernista, movilizador de masas, con rituales simbolistas, milicias propias, exaltación de lo varonil, de la juventud y de cierta idea de imperio o mejora del estatus nacional [24].

Llegamos así a 1936, que es el año de la tercera Constitución de la URSS. Una constitución con la que, como señala R. Aron, la URSS intentaba presentarse ante las democracias occidentales como Estado plural, distinto de su Partido Comunista, mientras éste, que no renunciaba «a su doctrina de revolución mundial» y seguía «animado por ambiciones ideológicas de expansión», mantenía su lucha contra la amenaza nacional-socialista y su apoyo al Frente Popular [25]. Y es también el momento en que, coincidiendo con su repercusión, se inicia en España el régimen del general Franco, que en el preámbulo de su Decreto de 9 de marzo de 1938, por el que se aprueba el Fuero del Trabajo (en plena guerra anticomunista y antiliberal, apoyado por Italia y Alemania), se refiere, como hemos visto que había hecho Falange Española, a su Estado como instrumento totalitario [26]; pero pese a que de esto presente alguna faceta hasta que en 1945 termina la Guerra Mundial, nunca llega a tener ese carácter: «Casi ningún analista riguroso [escribe Payne] afirma que el régimen de Franco o de Salazar fueran jamás plena ni siquiera intrínsecamente fascistas»; y aunque él dice hallar un componente fascista en la primera década del régimen del general Franco, sólo ve en él un régimen autoritario, en el que cabe alguna comparación con Italia, pero no con Alemania [27].

Analizando este tipo de regímenes, R. Aron afirma: «El régimen del general Franco en España tampoco es un régimen de partido único, comparable al modelo nacional-socialista o comunista, ni un régimen de partidos múltiples, sino autoritario, en nombre de la idea que se hace de España y de la doctrina de legitimidad que proclama, aceptando grupos organizados de los cuales ninguno, Falange, Iglesia, Ejército o sindicatos es considerado como el soporte único del Estado». Y volviendo sobre ello más adelante insiste: «El régimen español [...] acude al pensamiento tradicionalista, pretende mantener el papel de la Iglesia, afirma que la autoridad viene de arriba y que no debe estar subordinada a las preferencias de los ciudadanos, pero es hostil a un régimen total». Dice también, como Payne, que inicialmente este régimen «encierra ciertos elementos del fascismo moderno, aun cuando sólo sea el movimiento falangista que presenta similitudes con el fascismo italiano». Y en sus conclusiones afirma que es un régimen especial, de los que «no son, en ningún grado, regímenes de partido monopolístico, ni fascista, ni comunista», sino que «reclaman para sí una filosofía católica y que toleran la pluralidad de fuerzas, pero no el pluralismo de partidos» [28].

En la misma línea dice Tusell, citando a Juan José Linz [29], que «uno de los rasgos más característicos de una dictadura como la del general Franco, [...] es el de la 'ausencia de movilización política'. [...] un rasgo que establece una distinción clara respecto a los regímenes totalitarios que pretenden no sólo la movilización de los habitantes de un país en el sentido de identificarse con la ideología imperante desde el poder, sino incluso su interiorización en cada individuo y su influencia en la vida cotidiana en aquellos momentos reservados, en un régimen liberal y democrático, a la más estricta privacidad»[30].

Y tras este texto, definitorio de lo que es la plena pretensión totalitaria y lo que no, voy a recoger algunas frases relativas al régimen del general Franco que le asocian hechos incompatibles con lo totalitario:

«Otro rasgo muy característico de la dictadura de Franco, que también la diferencia de los regímenes de vocación totalitaria [continua Tusell], fue su pluralismo peculiar. [...] de modo que el Estado no tiene la pretensión de ocupar la totalidad de la sociedad. [...] 'la exclusión de los partidos políticos no es en manera alguna la exclusión del legítimo contraste de pareceres'. [...] El pluralismo peculiar del franquismo lo aleja a la vez de sistemas totalitarios y de otras dictaduras que carecían de este rasgo. [...] En España un cierto pluralismo peculiar fue siempre característico del régimen de Franco desde sus mismos inicios hasta el final. [...] Franco [...] mantuvo su condición arbitral [sobre las familias del régimen] en vez de pretender la unificación radical por el procedimiento de la sumisión a un partido único» [31].

Además, este régimen mantuvo una peculiar y variable relación con el mundo cultural e intelectual, pero, aun siendo «antiliberal, el régimen dictatorial no tuvo la voluntad de intervencionismo cultural de los regímenes totalitarios»[32].

Por otra parte, en cuanto al carácter semifascista que entre 1939 y 1945 atribuyen otros a esta dictadura, Tusell se inclina a limitar dicho periodo a «entre 1939 y 1941», arguyendo que, superada la crisis de este último año, el régimen se estabiliza y que: «La creación de las Cortes y la forma en que se pactó la Ley de Ordenación Universitaria de 1943 demuestran que, por estas fechas, espontáneamente el régimen y el propio Franco se adecuaban mejor a una dictadura tradicional, militar y seudofascista que al totalitarismo». Además, dice luego, «en el fascismo hubo siempre un componente anticlerical inconcebible en todo momento con el franquismo», dado el catolicismo de éste; y pasado dicho periodo (1939-1943) su dictadura se correspondió siempre con «regímenes dictatoriales no totalitarios» [33].

Franco mismo, negando el totalitarismo de su régimen, dice en su discurso de 9 de marzo de 1963: «No hemos pasado de totalitarios a liberales»; y explica: «porque no somos nada de ambas cosas». Y Juan Pablo Fusi, al comentar esta cita, que tomo de su libro, afirma, coincidiendo con lo que vamos viendo: «liberales, desde luego, no eran; totalitarios, en puridad, tampoco (al menos desde 1945)» [34]. Por otra parte, además de que Fusi dio a esta obra un título transparente, Franco. Autoritarismo y poder personal, la calificación de este régimen como autoritario se ratifica a lo largo de toda ella.

De acuerdo con todo lo hasta aquí dicho, vengo a concluir que el totalitarismo, cuya plenitud es utópica, consiste, principalmente, en el intento de un grupo o partido de intervenir totalmente los poderes del Estado y, con ellos, toda la vida social e individual, para lograr sus fines. Fines que pueden ser la buena marcha de España y sus Indias, como señalaba irónicamente Galdós; acabar con la lucha de clases y con sus presuntos efectos; evitar la absorción comunista y realizar su propio proyecto; la redención y exaltación de Alemania, o cualquier otro. Sus medios suelen ser, junto al monopolio político, el control educativo, la propaganda y las aterradoras acciones de fuerza y espionaje, que se hacen llegar a los pequeños ámbitos privativos e íntimos de la vida social e individual mediante autorizados poderes locales, sean éstos los alcaldes a que alude Galdós, los soviets locales, los haces o fascios, las S.S. alemanas,... Parece también que no es correcto atribuir totalitarismo a los regímenes que, como el del general Franco, ni invaden la sociedad con su intervención, ni se organizan para intentarlo, aunque sean autoritarios y exijan sumisión a lo que mandan, que puede ser inducido por distintos grupos políticos en cada caso. Y así mismo concluimos que nunca se ha logrado, ni parece posible que se logre, un control total de las sociedades y seres humanos, por mucho sufrimiento que se produzca en el intento, dada la inherente, e intemporal, resistencia del ser humano a perder su libertad: «La libertad, Sancho [escribió ya nuestro genial Cervantes], es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida» [35].

Llegados con esta idea a nuestro presente, pasados más de cuarenta años de ejercicio democrático, ¿estamos seguros de que en él no se va generando una deriva y que, buscando o pretextando la eficacia, no se está produciendo la pérdida de libertades políticas y personales por el logro de otros bienes? Si bien se mira, ocurre que cuantos más servicios encomendamos al Estado, más tiene que intervenir en la vida social, y más vamos renunciando a nuestro libre albedrío individual, pues el llamado Estado de bienestar tiende a lograrse estandarizando, con trato común a todos los integrantes de la sociedad, gusten o no a cada uno los bienes obtenidos y se sufra o no particularmente por los perdidos. Pensemos, por ejemplo, en la actual reclusión domiciliaria, municipal, comunitaria y/o nacional, en la privación del derecho de reunión, en la prohibición de transitar por nuestras calles sin mascarilla y en las graves pérdidas económicas consentidas, de mejor o peor grado, para combatir la pandemia de la covid-19. Es algo que nos puede dar idea de cómo pudieron surgir y consentirse algunos movimientos históricos que sin circunstancias excepcionales resultan inaceptables. Además, el servicio a ese colectivo bienestar puede convertirse en pretexto para que nuestros gobernantes invadan el campo privativo de lo social e individual y, dados los medios de control e intervención actualmente disponibles, lleguen a evocar en nosotros el terrorífico y aniquilador mundo de la novela 1984, de George Orwell.

Para que en nuestra democracia no haya vetas de totalitarismo (cual mechas negras en un cabello rubio), se hace imprescindible que nuestros gobernantes respeten escrupulosamente la separación de poderes, especialmente la independencia judicial, cuya imagen sufre si un ministro pasa a ser directamente fiscal general y/o el poder Ejecutivo interviene en el funcionamiento del Consejo General del Poder Judicial; se hace imprescindible que se respete la verdad y no se pretenda controlar los medios de comunicación social, como suelen hacer los gobernantes totalitarios para practicar su propaganda y evitar críticas. En relación con ello, debe evitarse el indebido control e intervención de las comunicaciones telefónicas privadas, así como el de la movilidad individual que la tecnología actual posibilita, y que afecta a toda la población. Debe evitarse la sectaria ocupación de las cúpulas de fuerzas armadas como la Guardia Civil o la Policía, que encarnan la capacidad coercitiva exclusiva del Estado, que es de todos. Debe evitarse especialmente que los gobernantes intenten hacer valer la idea de que los hijos no son de sus padres, dando a entender que es el Estado quien, cual si fuera totalitario, puede decidir sobre su educación y custodia. Y no debe intentarse, de ningún modo, establecer una verdad oficial e indiscutible sobre nuestra historia y sobre nuestro presente, ya que esto no sólo es propio de un régimen totalitario, sino que es también cerrar las puertas al progresivo perfeccionamiento humano, que sólo puede lograrse con la apertura a ideas nuevas y superadoras de problemas y logros anteriores.




[1][1] En ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo. Seix Barral, Barcelona, 1968, pueden verse referencias a regímenes muy diversos con esta calificación.

[2] Bernardo Mozo de Rosales y el Don Buenaventura de Pérez Galdós. En revista Altar Mayor, Nº 169, pp. 103-111.

[3] PÉREZ GALDÓS, Benito: Memorias de un cortesano de 1815. En O. C. Aguilar, Madrid, 1970, T I, pp. 1298-1299.

[4] FERNÁNDEZ ALMAGRO, Melchor: Historia política de la España contemporánea 1868/1885. Alianza Editorial, Madrid, 1968, pp. 121 y ss.; y MARX, Karl: El Manifiesto Comunista. Sarpe, Madrid, 1983, comentario introductor, sin paginar.

[5] SECO SERRANO, Carlos: El reinado de Fernando VII en el primer ciclo de la Revolución contemporánea. Prólogo a ARTOLA, Miguel: «La España de Fernando VII». Tomo XXVI de la Historia de España dirigida por D. Ramón Menéndez Pidal y continuada por el profesor José-Mª Jover Zamora. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1968, pp. IX-XXXI.

[6] Así puede verse en MARTÍNEZ CAÑAS, Ricardo: «El concepto de Historia en Pérez Galdós, su plasmación novelesca y su proyección educativa». Boletín de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1996, T. CXCIII, Cuaderno I, pp. 73-136.

[7] PÉREZ GALDÓS, Benito: Las tormentas del 48. En O. C., Aguilar, Madrid, 1976, T III de Episodios Nacionales, pp. 530-531.

[8] Todo ello puede verse en MARX, Karl: El Manifiesto Comunista. Sarpe, Madrid, 1983, especialmente pp. 40-49.

[9] MARX, Karl: El Manifiesto Comunista. Cit., p 27. Sin cursivas en el original.

[10] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa, de Lenin a Stalin, 1917-1929. Altaya, Barcelona, 1996, pp. 21-27, especialmente esta última.

[11] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa,... Cit., p 27.

[12] Todo ello está ampliamente desarrollado, en ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo. Cit., pp. 77, 219-235 y 251 y ss.

[13] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa,... Cit., pp. 26 y 28.

[14] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa,... Cit., pp. 26-33, especialmente p 32.

[15] PAYNE, Stanley G.: El fascismo. Altaya, Barcelona, 1996, pp. 12-15, especialmente p 15.

[16] ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo... Cit., pp.77-78.

[17] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa,... Cit., p 229.

[18] PAYNE, Stanley G.: El fascismo. Cit., pp. 145-146.

[19] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa,... Cit., pp. 198-209, especialmente p 208.

[20] CARR, Edward Hallett: La revolución rusa,... Cit., pp. 220-221; y ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo... Cit., pp. 227-235.

[21] Estos datos pueden verse, brevemente resumidos, en VICENS VIVES, Jaime: Polis, Historia Universal. Ed. Vicens Vives, Barcelona, 1965, pp. 489-490.

[22] ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo... Cit., pp. 265 y ss. especialmente pp. 275-276.

[23] PAYNE, Stanley G.: El fascismo. Cit., pp. 151 y 153.

[24] PAYNE, Stanley G.: El fascismo. Cit., pp. 9-14.

[25] ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo. Cit., pp. 205-206.

[27] PAYNE, Stanley G.: El fascismo. Cit., pp. 143-144.

[28] ARON, Raymond: Democracia y totalitarismo. Cit., pp. 81, 193-194 y 302.

[29] LINZ, Juan J.: «Totalitarian and Authoritarian Regimes». En Handbook of Political Science de GREEWSTEIN y POLSBY, pp. 175-411. Reading, Mass, Addison Wesley, Vol. III.

[30] TUSELL, Javier: La dictadura de Franco. Altaya, Barcelona, 1996, pp. 189-190.

[31] TUSELL, Javier: La dictadura de Franco. Altaya, Barcelona, 1996, pp. 195, 196, 197 y 199.

[32] TUSELL, Javier: La dictadura de Franco. Cit., p 246.

[33] TUSELL, Javier: La dictadura de Franco. Cit., p 252-253, 336 y 358.

[34] FUSI, Juan Pablo: Franco. Autoritarismo y poder personal. Taurus, Madrid, 1995, p 181.

[35] CERVANTES, Miguel de: El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Capitulo LVIII.

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