Razones y argumentos

La España que queremos, la real y la posible.

Se trata de plantearnos una serie de temas, de afirmaciones o negaciones, de dudas o de certezas, tratando de trazar un plan coherente, una hoja de ruta, de la misma manera que se hace antes de emprender un viaje, de desarrollar un nuevo proyecto, de hacer balance en un negocio, o de iniciar una relación.


Artículo recuperado, de marzo de 2020. Publicado en el núm. 139 de Cuadernos de Encuentro, invierno de 2019. Editado por el Club de Opinión Encuentros. Ver portada de Cuadernos de Encuentro en La Razón de la Proa. Recibir el boletín semanal de LRP (servicio gratuito).

La España que queremos, la real y la posible


He considerado que este es un buen momento, la intimidad de esta primera tertulia del curso, sin tener ningún invitado extraño, para haceros unas reflexiones desde mi puno de vista, sobre diversos temas, con la esperanza de que las compartáis, o al menos entendáis, el por qué lo hago. A sabiendas de que algunas de ellas tal vez os chirríen un poco, porque van a contrapelo de opiniones que a veces, y desde hace mucho tiempo, venimos manteniendo, pero que hoy creo necesario revisar o al menos aparcar.

Quiero que nos  planteemos, a título personal, y consecuentemente también como Club, una serie de temas, de afirmaciones o negaciones, de dudas o de certezas, tratando de trazar un plan coherente, una hoja de ruta, de la misma manera que se hace antes de emprender un viaje, de desarrollar un nuevo proyecto, de hacer balance en un negocio, o de iniciar una relación.

En definitiva, se trata de proponernos, el que intentemos definir un objetivo, a corto y medio plazo, tras una reflexión sosegada y rigurosa de los elementos necesarios para alcanzarlo.

Si tomamos como ejemplo un barco, el marino sabe, o tiene que tener muy claro, adónde quiere llegar. Y es posible que, lo largo de la travesía, por motivos climatológicos, vientos huracanados, mareas imprevistas, o posibles averías, tenga que cambiar el rumbo en numerosas ocasiones, e incluso hacer paradas obligadas por circunstancias adversas. Pero sabiendo siempre cual es su ruta, y sin perder la polar –que ha sido siempre el punto de orientación de los marinos, antes de los modernos aparatos de navegación– llegar al punto previsto.

Incluso, si por unas u otras circunstancias, esto no fuera posible, tal vez por haber puesto muy alto el listón, o el objetivo muy difícil, que nunca se pueda decir, o tengamos que hacernos el reproche de no haberlo intentado.

Tras este exordio, y volviendo al tema que os propongo hoy, y por supuesto simplificando mucho porque, naturalmente, el asunto es muy complejo y requeriría horas de exposición y de debate, lo he dividido en estos tres tiempos: la España que queremos, la España real y la España posible.

Tres reflexiones escuetas, sencillas, encadenadas, sobre tres aspectos o tres puntos de vista que a lo largo del curso procuraremos que lo vayan tratando también, de una forma ya más pormenorizada, personas más cualificadas que yo, bien sea en otras tertulias, en la revista Cuadernos de Encuentro o en nuestra página web.

Siempre he pensado que los pensadores, los eruditos, en definitiva, los intelectuales, tienen la altísima e imprescindible misión, precisamente de eso, de pensar, de orientar, de ofrecer ideas, y después a los políticos, cada uno en su esfera o responsabilidad, tenerlas en cuenta y, si es posible, ejecutarlas.

Hoy, por desgracia, los intelectuales, salvo honrosas excepciones, están mudos. Con todas las cosas que están ocurriendo en la política, en nuestras aulas universitarias a todos los niveles, en el relato de nuestra Historia, etc., no hay en ellos el coraje de expresar en público lo que en muchos casos piensan y dicen en la intimidad.

Pero nosotros, individualmente como personas y como Club de Opinión, estamos en un punto intermedio. Porque estamos comprometidos, por supuesto no a ejecutar nada, ya que estamos fuera de poder hacerlo, pero sí cada uno de nosotros, con nuestras respectivas capacidades, el pensar, analizar y dar opinión sobre los problemas y situaciones por las que va atravesando España, de una forma directa, o con la valiosa ayuda de terceros, a los que vamos invitando a nuestras conferencias, tertulias o artículos, ofreciendo después opiniones o respuestas, según nuestro criterio.

Como lo hemos venido haciendo en los últimos cuarenta años. Con esa convicción, posiblemente un tanto ingenua y tal vez quijotesca, hoy poco comprendida, de estar prestando un servicio a España. Con absoluta independencia y, por supuesto, sin el menor interés ni económico ni político.

Pero para poder acertar en esas soluciones o respuestas es preciso, como hace en medicina un cirujano antes de operar, realizar unas analíticas para conocer lo mejor posible la verdadera situación de cada paciente. Paciente que en nuestro caso es España.

España en su conjunto, político, económico, social e internacional, sin dejarnos llevar por nostalgias, emociones o deseos personales, siempre respetables, pero que a veces, si no lo hacemos así, aunque nos cueste trabajo, nos hacen equivocar el diagnóstico, con el riesgo de darnos después de bruces con la desagradable y dura realidad.

Ya decía Ortega, en otro contexto, aquello de que «lo que nos pasa a los españoles, es que no sabemos lo que nos pasa» y si no intentamos averiguarlo con objetividad, seguramente cometemos errores y pérdidas de tiempo.

Cuando me refiero a la España que queremos, me refiero a ese conjunto de ideas, de convicciones, de deseos y de principios, que unidos a nuestras respectivas experiencias personales, y como no puede ser de otra manera, también a esos sentimientos y emociones que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, a los que me acabo de referir, y a los que también lo hice, en mi intervención en la comida del cuarenta aniversario, es preciso respetar y considerar como experiencias valiosas, a tener en cuenta, formando el armazón que nos une a todos y cada uno de nosotros, con mayor o menor intensidad en este esfuerzo común que hacemos por mantener viva la existencia de nuestro Club para, a su través, tratar de aportar todo lo que esté en nuestra mano, a fin de conseguir lo mejor para esa  España que queremos y deseamos. 

En mis años juveniles, como posiblemente también recordareis muchos de vosotros, esto de los «Queremos» era algo habitual, y cada cierto tiempo los escribíamos con apasionamiento y rotundidad, unas veces con mayor o menor acierto, dirigidos a los «poderes públicos», y los divulgábamos a través de pintadas, o colgándolos en murales, o repartiéndolos en forma de octavillas o pasquines, en los centros escolares, universidades o fábricas, dándole aquellas utilísimas máquinas ciclostil de la época, a las que tanto rendimiento le sacamos. 

Se trataba de enérgicas denuncias, exigencias y afirmaciones políticas y sociales, algunas que, vistas con ojos actuales, eran una curiosa mezcla, de rebeldía y de dura crítica a aspectos concretos del régimen, y de ardorosa ingenuidad y lealtad.

Pero que en definitiva, muchas de aquellas proclamas y afirmaciones –y estoy refiriéndome a muchos años atrás– actualmente siguen siendo válidas, por ser coincidentes con problemas actuales. Y no me refiero a las que eran coyunturales, referidas a una época concreta, hoy ya naturalmente obsoletas, como por ejemplo, las críticas a miembros de los diversos gobiernos, o a jerarquías del antiguo Movimiento. A los Planes o Leyes para modificar la Jefatura del Estado, o en su momento, a la designación de las personas a ocuparla. Pero sí, con otros muchos de los valores que informan el ideario de nuestro Club.

Me refiero al concepto espiritual del hombre y a considerar a la persona como eje y referencia de toda acción política. La idea de España y su unidad, reconociendo y valorando su diversidad. La apasionada defensa de la necesidad de una política social que acabara con las injusticias que oprimían a las personas y a las clases socialmente menos favorecidas, la exigencia de que el ejercicio de la política, fuera un acto de servicio, y no una forma de trepar, de prosperar y de enriquecerse, y propugnar y vivir una forma de ser, sobria, austera y honrada, para que tuviera su reflejo en conseguir una sociedad rica en valores morales, éticos, religiosos y patrióticos.

Este es nuestro deseo, por el que nos esforzamos, y el objetivo que nos gustaría alcanzar.

Pero sabemos que la España de hoy carece de muchas de esas aspiraciones y virtudes e incluso tenemos que reconocer y asumir, lo que es peor, que probablemente esa España que queremos, debido a que estamos perdiendo la batalla de las ideas y de los comportamientos, no sea la que quiera actualmente una gran parte de nuestra sociedad.


Y vamos a la España real.


Con independencia del reconocimiento y convicción de que muchas cosas en España son buenas, que funcionan bien, o muy bien, sus virtudes, las etapas gloriosas y heroicas de nuestro pasado, y sus muestras innegables de solidaridad y de entrega que comprobamos todos los días, (ahora por ejemplo con las catástrofes recientes de inundaciones e incendios), que demuestran que somos una gran nación y un gran y generoso pueblo, tenemos que tener presente para cualquier análisis o diagnóstico que queramos hacer, que nuestro sistema político es débil, y que tenemos unos líderes con escaso sentido del Estado e incluso del sentido común, con todo lo que ello conlleva. 

Que unas veces por ignorancia, otras por soberbia y en otros casos por intereses espurios, están arruinando el espíritu de la Transición. Transición, que con todos sus defectos, tuvo la virtud de intentar cerrar viejas heridas, ahora otra vez en carne viva, con odios exacerbados y cainitas.

Y todo ello junto con otro tema que considero de los más graves y preocupantes, como es el aumento y el avance delirante de la pérdida o ausencia de valores que presenta la mayoría de nuestra sociedad, y que ya se refleja en todas partes.

En los medios de comunicación, la televisión, el cine, el teatro, etc., incluso en las conversaciones y opiniones cotidianas de los españoles, en todo aquello que se refiera, a la ética o a la moral, y no me estoy refiriendo al aspecto religioso, que también, que se impone con fuerza como pensamiento único, y consigue que todo valga, en todos los aspectos, y todo se permita y se disculpe e incluso se premie y se jalee.

Tras todo esto, para ir tomando conciencia y trabajar con eficacia, creo que también tenemos que hacer un repaso a varios temas concretos, de carácter político y estructural, sobre los a mi juicio debemos tener las ideas claras, valorarlos en su realidad, nos gusten o no, como ocurre con las analíticas, a las que me he referido antes, para no equivocarnos en el diagnóstico y por lo tanto en el tratamiento del paciente.

En definitiva, evitar que por culpa de nuestros sentimientos y deseos, intentemos vivir en un mundo irreal o deformado, o que la frustración por muchas cosas que no nos gustan, sin que podamos evitarlo, hagan inútiles e ineficaces nuestros esfuerzos

Escribiendo estas líneas, leí el otro día una frase que me hubiera gustado se me hubiera ocurrido a mí. Y no era de ningún clásico, ni de ningún intelectual, ni siquiera de un político. Y que además no tenía nada que ver con la política. Era una frase de la nueva directora del Teatro Español, que decía: los esfuerzos inútiles producen melancolía.

Y a eso es a lo que me quiero referir ahora. Porque hay una serie de temas, de situaciones, que nos producen una irritación permanente, porque con razón o sin ella, nos parecen que son los únicos culpables de nuestros males y desventuras. Y como resulta que esas situaciones permanecen en el tiempo, nos amargan, nos ponen de mal humor, nos sentimos frustrados y eso anula nuestras energías para acometer otros proyectos o estudiar otras propuestas. En definitiva, nos ponen melancólicos.  

Lo primero que creo a mi juicio que debemos asumir, es que la inmensa mayoría de los españoles no está por experiencias revolucionarias, ni para saltos en el vacío, y opta, insisto, mayoritariamente, más bien por reformas. Más o menos profundas, pero reformas. Y que algunos de los temas o problemas que muchos de nosotros, consideramos fundamentales, para ellos no lo son.  

Y pasemos a comentar algunos de esos temas actuales y reales, y que yo considero más significativos aunque podríamos hablar de muchos más. 


Nuestro sistema político y la Jefatura del Estado.


España, es una monarquía consolidada. La trajo Franco, fue votada a favor por la mayoría de los españoles en el referéndum de 1947, y figura en nuestra Constitución aprobada por casi el 90 % de los españoles.

Que tras las dos experiencias republicanas que hemos sufrido, y el cariz de la tercera, con la que nos amenaza una parte de la izquierda, teniendo en cuenta que en estos momentos es tal vez el único elemento de contención del separatismo, y que según las encuestas es la Institución que tiene mayor prestigio popular con este rey, junto con el que tienen la Fuerzas Armadas no deberíamos perder ni un minuto de nuestro tiempo, en hacer malabarismos posibilistas ni juegos diletantes, sobre sus ventajas e inconvenientes, y aceptar esta realidad y contar con ella. 


La Constitución.


Ocurre que como os decía antes, con todos sus defectos y sobre todo con sus claras e intencionadas omisiones para poder aprobarla con el consenso de todas las fuerzas políticas de la época, creo que más que derogarla, e intentar sustituirla por otra, la solución de muchos de nuestros problemas, consistiría en cumplirla y hacerla cumplir. Y eso sí, proponer e intentar, reformar algunos de sus puntos, especialmente referidos al sistema electoral, y a la devolución al Estado, de funciones y competencias en materia de Educación y Orden Público que nunca debieron transferirse.

De todas formas, mucho ojo con este tema, porque el «abrir el melón» constitucional, como se dice coloquialmente, no sea que el resultado en el caso de un referendo o de una votación en las Cortes, fuera, todo lo contrario de lo que desearíamos,


Igual pasa con las autonomías.


Primero recordaros que muchos de nosotros en su momento, en el régimen anterior –y hay constancia en aquellos pasquines o queremos a los que me referí anteriormente–, ya pedíamos «la descentralización de la administración», que ya sé que es otra cosa, y que argumentábamos en que no se podía condenar a los españoles que no vivieran en Madrid, a tener que solucionar sus asuntos por pequeños que fueran en la Capital. porque era un tipo de discriminación intolerable.

Lo que pasa es que unas veces no llegamos y otras nos pasamos varios pueblos, como también se dice coloquialmente.

Pero hay un hecho que creo que debemos tener en cuenta. Por mucho que las consideremos, y con razón, como un error, o un cáncer maligno culpable de muchos de nuestros problemas o desgracias, las autonomías, como otras muchas cosas, creo que ya van a ser irreversibles. Se las podrá embridar, quitar competencias administrativas, económicas o políticas, pero de una forma o de otra, van a seguir existiendo. Porque los españoles que viven en cada una de ellas, tengan la ideología que tengan y por tanto por distintos motivos, ya no se van a resignar a perder lo que consideran parte importante de su identidad. Y que han conseguido con mucho esfuerzo. 

Ya sé que no es fácil ni oír esto, pero es lo que pienso. Creo que ocurrirá como otras tantas cosas, como el derecho al voto, como la Ley del Divorcio, como una Ley de plazos más o menos rígida o flexible sobre el aborto, o la igualdad de la mujer en el trabajo.

De la misma forma que hay cosas que va ser muy difícil que dejen de existir o erradicar, como la corrupción, la prostitución, o como el uso compulsivo del teléfono móvil, aunque no por eso, dejemos de de mantenernos firmes en nuestras convicciones. Ni de denunciar errores, abusos, injusticias o delitos.    

Y en algunos casos, habrá que intentar matizar, modificar o reformar, y como en el caso del aborto, que siendo como somos defensores de la vida desde su concepción, tratar de ofrecer si somos capaces, otras alternativas más imaginativas o posibles, pero sabiendo que son cuestiones de muy difícil solución, con la actual composición de fuerzas políticas que tenemos.


Los  partidos políticos.


Que están demostrando su incapacidad para resolver los problemas españoles, aquí y en otras muchas partes del mundo, pero que es un tema que hasta ahora la ciencia política, muy dividida, no ha conseguido alumbrar una alternativa más eficaz o viable de participación ciudadana.

Esto sí que merece nuestra atención porque es una cuestión capital para una propuesta de modificación constitucional. Pero tenemos que hacer una propuesta seria y rigurosa, no despacharla con un despectivo ¡Qué asco de partidos¡ 


La Democracia.


Con cuyo nombre o adjetivo se disfrazan todo tipo de regímenes, que se puede adornar o matizar, pero en el fondo, lo que no sea participación libre y soberana de los ciudadanos, para elegir a sus representantes, y para opinar votando sobre los asuntos importantes de cada país, es dictadura. Y si a veces, las dictaduras han demostrado su eficacia, en momentos determinadas de la vida de los pueblos para afrontar graves problemas territoriales, económicos o sociales coyunturales, si tras esas etapas no se devuelve la voz y la libertad a los ciudadanos, se convierten en regímenes tiránicos y casi siempre corruptos.

En España hoy, estoy seguro que nadie, o muy pocos, entenderían, ni aceptarían, formas de participación o de expresión de su soberanía, que no fueran democráticas. 

Y ya por último, entender y asumir, nuestra imprescindible o inevitable necesidad de formar parte de Europa. Ya no es posible ir por libre.

Podremos, y con razón, quejarnos de que esta Europa, esta Comunidad Europea, no es la que nos gustaría. Aquella Europa de las Patrias de Adenauer, Schuman o de Gasperi. Hay muchos motivos para renegar a esta Europa de los intereses y los egoísmos, que atea y partidista se ha negado a sí misma, que ha renunciado a los principios y valores en los que se fundó. Pero es la que hay, y no olvidemos tampoco, que a esta Europa, debemos buena parte de nuestra prosperidad y desarrollo económico.

Y que todos los países del signo que sean, a veces tapándose las narices, continúan en ella. Ya sean más nacionalistas, como Polonia o Austria, o más socialistas, como Grecia y Portugal, y fijaros lo que está pasando con los ingleses queriendo huir de esta Europa comunitaria. 

Todos estos condicionamientos, a los que me he venido refiriendo, estructurales, ideológicos e internacionales, sumados a los políticos, sociales, morales, espirituales patrióticos que señalaba al principio, conviene tenerlos en cuenta para hacer planes de nuestras posibilidades como Club.

Es lo que yo llamo, para entendernos, la España posible.

Y me refiero como os decía al principio, y que es la verdadera intención de esta intervención mía de esta noche, el preguntarnos qué podemos hacer nosotros como Club, ante este panorama que en unos casos disfrutamos y en otros sufrimos.

Pues a mi juicio, creo que debemos centrarnos en trabajar en tres direcciones.

La primera y más importante, la de afirmarnos en nuestras convicciones, nuestros principios, y nuestras ideas, como os pedía en mi intervención en la comida la comida Aniversario, «sin renunciar a nada, pero con visión de futuro», en una especie de rearme moral y político.

Y seguir considerando, incluso haciendo ostentación de ello, de nuestra norma irrenunciable de conducta, de estilo, servir de plataforma a diferentes ideas y opiniones, con respeto mutuo, porque es nuestro mejor signo de identidad y lo que nos diferencia de cualquier otro grupo o partido. Teniendo como objetivo fundamental, sin perjuicio de ser implacables en la denuncia de corrupciones, y todo lo contundentes que sea necesario, en la denuncia y crítica de aquellas conductas políticas, económicas o sociales, que por sectarismo, ignorancia o tibieza, puedan perjudicar a España o a los españoles, y seguir en nuestro decisión última de tratar de conseguir una España en paz, justa y equitativa, evitando que los españoles se vuelvan a enfrentar en discordias civiles.

Todas estas cosas ya las he dicho en otras ocasiones, y en varios sitios distintos pero es que forman parte de la justificación personal de mi dedicación y esfuerzo de toda mi vida por conseguirlas.   

La segunda, escoger unos cuantos problemas que consideremos los más importantes por actuales, y que consideremos que más afecten a la vida de los españoles, e ir dando nuestra opinión objetiva y rigurosa en unos casos, y en otros, si nos es posible, con propuestas razonadas de solución.

El porqué de nuestra defensa de la unidad de España, de la dignidad de la persona y de la vida, de nuestra preocupación por el descenso de la natalidad y sus posibles incentivos para evitarlo, posibles soluciones para evitar o paliar esa trágica inmigración desesperada, para que pueda ser canalizada y asumida en lo económico y social, sin que por ello peligre nuestra seguridad y nuestra identidad producto del esfuerzo de generaciones y generaciones de españoles.

Y la tercera, seguir siendo un lugar de acogida, de entendimiento, de respeto y afecto, para todos aquellos, que como vosotros, quieran colaborar en nuestras actividades y participar en nuestro esfuerzo. 

Muchas gracias.