El precio político del nacionalismo vasco
Cuando el interés sustituye al bien común
Las declaraciones de Arturo Pérez-Reverte han vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que durante demasiado tiempo ha permanecido relegada por la conveniencia política. Mientras el debate público se concentra en pactos parlamentarios o en casos de corrupción, existe una realidad más profunda: la influencia que el nacionalismo vasco ha ejercido sobre la política española desde la Transición. Una influencia que difícilmente puede entenderse sin atender a la constante cesión de competencias, privilegios y capacidad de decisión por parte de los sucesivos gobiernos nacionales.
El escritor resumió esa crítica con una frase de extraordinaria dureza:
«Algún día, quien sepa hacerlo contará el papel infame que el PNV ha hecho en las últimas cuatro décadas de historia de España: árbol, nueces, trinque y pesebrismo. Si no fuera por la gentuza criminal de la que nació Bildu, aplaudiría que les dieran un buen revolcón en las urnas».
Algún día, quien sepa hacerlo contará el papel infame que el PNV ha hecho en las últimas cuatro décadas de historia de España: árbol, nueces, trinque y pesebrismo. Si no fuera por la gentuza criminal de la que nació Bildu, aplaudiría que les dieran un buen revolcón en las urnas. pic.twitter.com/1Cv0aM6kJr
Arturo Pérez-Reverte (@perezreverte) June 29, 2026
Más allá del tono propio de quien ejerce la libertad de expresión sin demasiados filtros, la reflexión apunta hacia una cuestión de fondo: si el nacionalismo ha contribuido realmente al fortalecimiento de España o, por el contrario, ha encontrado en su debilidad el mejor escenario para consolidar su propio proyecto político.
El privilegio como forma de hacer política
Desde hace décadas, los partidos nacionalistas han convertido su representación parlamentaria en un instrumento de negociación permanente. No han ocultado nunca que su prioridad es la defensa de los intereses de su territorio por encima de cualquier proyecto nacional español. El problema no reside únicamente en esa lógica, legítima dentro del pluralismo democrático, sino en que los grandes partidos españoles han aceptado convertir la gobernabilidad del Estado en una sucesión de concesiones que han debilitado la igualdad entre los ciudadanos y han alimentado un modelo territorial crecientemente asimétrico.
A ello se añade una dimensión todavía más preocupante. Buena parte del nacionalismo periférico ha construido su relato sobre una interpretación de España presentada como una realidad ajena, opresora o incluso hostil. Esa visión, cultivada durante generaciones desde las instituciones educativas, culturales y mediáticas, ha alimentado una hispanofobia política incompatible con un proyecto común de convivencia. Cuando la identidad se edifica sobre el rechazo al otro, deja de ser una legítima afirmación cultural para convertirse en un instrumento de fractura social.
España necesita un proyecto integrador
La decadencia electoral del PNV no resolverá por sí sola ese problema. Como advierte Pérez-Reverte, el vacío puede ser ocupado por fuerzas aún más radicales si no existe una alternativa capaz de recuperar el sentido de comunidad nacional. La sustitución de un nacionalismo pragmático por otro abiertamente heredero del entorno político que justificó la violencia no representa ningún avance para la reconciliación ni para la libertad.
España necesita superar definitivamente la política de los peajes territoriales. Frente a los nacionalismos excluyentes, que dividen a los españoles según su lugar de nacimiento o su lengua, resulta imprescindible reivindicar un patriotismo integrador, donde la diversidad regional sea motivo de riqueza y no de enfrentamiento. La verdadera fortaleza de España nunca ha residido en la suma de privilegios particulares, sino en la voluntad de construir un destino común. Solo desde esa convicción será posible cerrar una etapa marcada por el oportunismo político y abrir otra basada en la igualdad, la lealtad institucional y el servicio al conjunto de la nación.
José Antonio frente al nacionalismo particularista
José Antonio Primo de Rivera dedicó numerosas referencias al nacionalismo regional, especialmente en sus discursos de 1934. Más que dirigirse exclusivamente contra el nacionalismo vasco, criticó el nacionalismo particularista como doctrina política, diferenciándolo claramente del amor a la región o a la tierra natal. Sus formulaciones más conocidas son las siguientes:
«¿Qué amor al pueblo vasco es el de esos nacionalistas que colocan el apego a la tierra sobre el orgullo de los nombres vascos que hicieron retumbar el mundo con sus empresas bajo el signo de España?»
Esta frase pertenece al discurso pronunciado en Pamplona el 15 de agosto de 1934, donde José Antonio contrapone el nacionalismo vasco al papel histórico que los vascos desempeñaron en la construcción de España.
Su crítica doctrinal al nacionalismo
«El nacionalismo eleva las características nativas (lengua, costumbres, paisaje) a esencias nacionales. Se empeña en considerar que son las características nativas lo que constituye una nación. Y no es eso: las naciones son aquellas unidades, de composición más o menos varia, que han cumplido un destino universal en la Historia.» Del mismo discurso de Pamplona.
La compatibilidad entre región y nación
«Entendida España así, no puede haber roce entre el amor a la tierra nativa, con todas sus particularidades, y el amor a la Patria común, con lo que tiene de unidad de destino.»
En este mismo discurso insiste en que defender las tradiciones, la lengua o las peculiaridades regionales no exige romper con España.
Sobre Cataluña... y también el País Vasco
En las Cortes, el 4 de enero de 1934, afirmó:
«Nosotros amamos a Cataluña por española, y porque amamos a Cataluña la queremos más española cada vez, como al país vasco, como a las demás regiones.»
A continuación explica que España alcanzó su grandeza cuando «los almirantes vascos recorrían los mares del mundo en las naves de Castilla».