¿Ingenuidad en el PP?

31/ENE.- La ingenuidad –como el buenismo– suele ocultar complejos. La derecha ha sido ingenua además de, a menudo, cainita. Puede que haya llegado el momento de que no lo sea...


​​Publicado en primicia en el digital El Debate (28/01/2023), y posteriormente en la revista El mentidero de la Villa de Madrid núm. 717 (31/ENE/2023), continuadora de Desde la Puerta del Sol. Ver portada El Mentidero en La Razón de la Proa (LRP) Recibir el boletín de LRP.​

¿Ingenuidad en el PP?


Me hubiese gustado no escribir este artículo. Pero lo vivido, los años en política, la larga y variada experiencia profesional anterior, y no menos la retranca que da la veteranía, es decir los años, hubiesen convertido el silencio en cobardía. Precisamente por mi conocimiento directo de la historia del PP desde su creación por Fraga, al que conocí muy jovencito y con el que pocos años después trabajé, muy cerca, en su Gabinete ministerial, a las órdenes de un gran político y persona entrañable, ya para siempre mi amigo, Gabriel Elorriaga, no puedo resultar sospechoso de juzgar desde fuera. Si añadimos mi añejo conocimiento de Alberto Núñez Feijóo, la posibilidad de ese juicio «desde fuera» queda excluida. Coincido palabra por palabra con la columna de Luis Ventoso «¿Pero en serio va a tragar el PP con esto?» publicada el pasado jueves.

Hago mía la sorpresa de Ventoso. Pactar con el sanchismo el cambio de una sola palabra de la Constitución es un error. Retirar del artículo 49 la palabra «disminuido», por más que sea comprensible y justo, no es urgente a pocos meses de unas elecciones. Quien gane las elecciones que lo promueva. Y a los afectados se les explican los motivos del breve retraso y seguro que lo entienden. Ante la negociación que puede emprender Gamarra tengo la sensación que me produjeron aquellas reuniones entre González Pons y Bolaños para cambios en el CGPJ. Entonces escribí que no entendía la satisfacción del negociador del PP. Al final el Gobierno quiso hacer trampas y la negociación zozobró. Previsible.

Negociar con el sanchismo es apuntarse a ser engañado. Una vez iniciado el proceso de cambiar la Constitución el negociador se sitúa en la buena fe de quien compra un burro en una feria y cuando le lleva a su cuadra comprueba que las virtudes del asno no eran tales. Me mantengo en no pactar con Sánchez ni para cobrar la lotería porque al final dirá que el décimo era suyo.

Comprendo el afán de moderación del PP, de su centralidad, de evitar los extremos porque, además de creer en ello, puede liberar votos socialistas engañados por el gran cínico que nos gobierna. Pero pactar con el sanchismo es un equilibrismo sin red. Hay que suponer, por puro empirismo, que habrá cartas ocultas en la manga. ¿Por qué si no la urgencia? Quien hace una trampa la hará siempre, quien miente una vez, y en este caso es una mentira continuada, nunca dejará de mentir. Es un Gobierno que ni contestó a diez pactos de Estado que le propuso el PP. Cuando te han ninguneado, te han insultado, te han tratado de desprestigiar, te han acusado de no ser inteligente ni estar preparado, y precisamente todo ello debido a un tipo que está a la cabeza del Gobierno sin ninguna experiencia de gestión previa, concederle la menor fiabilidad es un error de bulto.

La Constitución no se debería tocar hasta que la iniciativa tenga garantías y sea promovida por quienes creen en ella y no por quienes la interpretan a su servicio personal y pactan la gobernabilidad de la nación con aquellos que no creen en España, amenazan su integridad y chantajean con desvergüenza cada beneficio que consiguen. El tocomocho nacional no debe legitimarse y pactar sería una forma de legitimación. Muchos votantes harán esta lectura.

Me ha sorprendido que Gamarra, de quien tengo la mejor impresión como portavoz y ha repetido tanto que no se abordaría ningún cambio constitucional, se pliegue ahora al pacto con unos trileros de la política. Abrir el melón constitucional es dar juego a quienes no lo merecen. Puede acabar como el rosario de la aurora. En lugar de pactar habría que tratar de descubrir el gato encerrado.

En la acción política hay algo peor que ser retorcido, incluso perverso: ser ingenuo. La ingenuidad –como el buenismo– suele ocultar complejos. La derecha ha sido ingenua además de, a menudo, cainita. Puede que haya llegado el momento de que no lo sea. El PP deberá pactar, cuando llegue el caso, con otro PSOE, y no sólo en el tema a que se refieren estas líneas, si es que antes no se suicida como otros socialismos europeos. Pero no pactar con el sanchismo. No es de fiar. Por la gatera se colarían lobos.




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