«We the Hispanos»: el atrevimiento de la memoria
Una película ambiciosa, visualmente poderosa y deliberadamente incómoda, que cuestiona relatos asumidos sobre la huella hispana en Estados Unidos y reivindica una historia relegada al olvido.
La insolencia de una mirada distinta
¿Cómo un director actual puede atreverse a empezar una película con la escena del Señor de los Milagros saliendo en andas de la catedral de Nueva York, en plena Quinta Avenida de Manhattan, ante una multitud fervorosa? Y además insinuar que esto no es un episodio efímero y coyuntural, sino algo que ha llegado para quedarse. Qué atrevida desfachatez.
O presentar a un legislador del muy sudista estado de Luisiana aportando la prueba documental de que una de sus antepasadas, negra y esclava, pudo comprar su propia libertad, insinuando que tal hecho era legal y posible en los retrógrados virreinatos españoles, pero no en las liberales y avanzadas colonias británicas.
Además, se han atrevido a elaborar una obra de prodigiosa fuerza visual, con formato de película de larga duración, en lugar del documental cortito y subvencionado que hubiese correspondido por el minoritario interés del tema.
Un relato incómodamente hispano
Al film no hay por dónde cogerlo. Se mete en todas partes, incluso en la cocina. Se atreve a presentar las delicias culinarias hispanas como un logro inestimable, que se ha extendido entre una población norteamericana aburrida de la insulsa dieta anglosajona. Como si esto tuviese cualquier trascendencia, fuera de alegrar cumpleaños, fiestas familiares y reuniones de amigos.
Luego están las numerosas referencias históricas traídas por los pelos. Mis compañeros, historiadores de corte académico, estarán de acuerdo en la escasa relevancia de los episodios que se relatan. Por ejemplo, la historia del Fuerte Moses, en Florida: un lugar de refugio para los esclavos negros que escapaban del benigno sistema esclavista británico para encontrar la dureza de la vida en libertad en las posesiones españolas.
Se cuenta incluso la improbable historia de antiguos esclavos que llegaron a ser oficiales del Ejército español. Al parecer, uno de ellos llegó incluso a relacionarse con el mismísimo rey Carlos III. Una anécdota irrelevante, como parece evidente.
La historia que no debería contarse
Las digresiones historicistas son permanentes. Salen personajes a los que nunca citaría un historiador correcto: el capitán Bodega y Quadra como gran explorador; Gálvez como gobernante y militar; Saavedra como eficaz financiero. A estos dos últimos se les atribuye, nada menos, que un papel importante en la independencia de los Estados Unidos. Otro atrevimiento inexplicable.
Tampoco soporta la crítica académica la exaltación de figuras como Fray Junípero Serra o el Padre Kino. Su, desde luego, meritoria labor de apóstoles y protectores de los indios no puede compararse, ni de lejos, con la acción civilizadora de los primeros gobernadores estadounidenses que dejaron a California despejada de nativos.
Pero donde la osadía llega al paroxismo es en el exagerado tratamiento del fenómeno religioso en el mundo hispano. Desfiles exuberantes, festejos paganizantes y procesiones que unen folclore con religiosidad. Algo que contrasta con la ascética y calvinista sobriedad que caracteriza a la religiosidad protestante y que, por fortuna, ha contagiado al crecientemente aburrido catolicismo europeo.
Belleza, memoria y permanencia
Incluso se atreven a presentar los entierros como algo hermoso y esperanzador, donde la presencia de mariachis y la profusión de amigos desentonan del patetismo del momento. Este tratamiento se extiende a la sobreabundancia de imágenes relativas a las edificaciones de carácter religioso en el sur y suroeste de los EEUU, construidas por los españoles.
Las imágenes pretenden evocar realidades que se han hecho permanentes y que son anteriores a la llegada de los anglosajones. O sea, que son tan americanas como la Estatua de la Libertad o el Capitolio. No se puede negar la abundancia de este tipo de construcciones que, unida a su solidez, ha permitido su pervivencia hasta nuestros días.
Tampoco se puede negar que su serena e impactante belleza contrasta favorablemente con la monótona frialdad de la arquitectura norteamericana. Pero es absurda la pretensión del film de resaltar tanto la vitalidad actual de estos lugares como que constituyen una parte esencial de la identidad norteamericana, cuando no son más que hermosas reliquias congeladas en el tiempo.
La sorna y la verdad
Espero de la inteligencia del lector que haya sabido entender la sorna que subyace en este texto y que su paciencia le haya permitido llegar hasta el final. No he encontrado una forma mejor de resaltar el impacto que produce esta película sin caer en la sucesión de epítetos elogiosos que merece.
La belleza visual que encierra abre la imaginación a algo casi interminable, que es imposible condensar en poco más de dos horas. También contiene el relato de una historia veraz y oculta, como corresponde a la caballeresca discreción de los buenos sobre sus hazañas. Una historia que nos concierne. Que siempre nos ha concernido.
Es deslumbradora la sensación de que muestra una realidad actuante y precisa. Otra hazaña que habla del carácter de un pueblo, víctima de las limitaciones de sus dirigentes y de discriminaciones seculares. Un pueblo reforzado por una inmigración procedente del fracaso de las naciones surgidas en el proceso de independencia, paradójica consecuencia que quizá alumbre una nueva realidad.
Y que se refleja en la última frase de la película: «El español es la lengua que permite soñar con un mundo mejor». Vayan a ver We the Hispanos. Merece la pena. De verdad.
Dedicado a los atrevidos amigos de Bosco Films.
Publicado en primicia en La Razón (23/05/2026), posteriormente recogido por La Razón de la Proa (con autorización del autor).