Cómo España perdió Ormuz ante persas e ingleses

La caída de Ormuz en 1622 selló el declive hispanoportugués en el golfo Pérsico. La alianza entre persas e ingleses arrebató una plaza clave para el comercio entre Europa y Asia.

No hay duda de que el estrecho de Ormuz es un lugar estratégico. Por él han pasado numerosas civilizaciones. Existen muchas referencias históricas; entre ellas, que por aquí pasó Alejandro Magno cuando volvía de conquistar la India. El estrecho constituyó el acceso al Índico de cuantas potencias gobernaron en Mesopotamia. Y fue siempre un punto decisivo para el jugoso comercio entre el Mediterráneo y la India.

El dominio portugués del Índico

Cuando los portugueses llegaron a finales del siglo XV, este comercio estaba dominado por musulmanes. Controlaban la ruta de las especias, que abastecía de tan preciadas mercancías a Europa y al Próximo Oriente. También dominaban las rutas que desde África oriental proporcionaban esclavos, oro y marfil a las potencias islámicas que se asomaban al Índico.

Los portugueses demostraron tener un excelente olfato geográfico. Su llegada a través del cabo de Buena Esperanza alteró de forma decisiva los equilibrios de poder. Sus grandes navegantes —Díaz, Vasco da Gama y Albuquerque— localizaron los lugares decisivos para el control de la navegación y el comercio. Procedieron a ocuparlos de forma inexorable. No pretendieron nunca establecer un imperio territorial, sino una talasocracia edificada sobre puertos bien situados y bases estratégicas.

Dedicaron especial atención a los accesos al océano: el cabo de Buena Esperanza, Singapur, la entrada al mar Rojo por Bab el-Mandeb y el estrecho de Ormuz. Los controlaron mediante una cadena de bases como Adén, El Cabo, Mozambique, Mombasa, Socotora, Mascate, Baréin y Ormuz. Consiguieron así desviar el comercio de sus destinos tradicionales: Alejandría, el Imperio turco y la Persia safaví

El avance persa y la debilidad ibérica

Ormuz fue una base fundamental que permitió controlar todo el comercio del golfo Pérsico. Hacia finales del siglo XVI, las cosas empezaron a torcerse, con la creciente agresividad de los turcos y la recuperación de los safavíes tras el ascenso del sha Abás el Grande. La unión de las coronas ibéricas agravó los problemas. Situó a Portugal en el objetivo de los enemigos de los Habsburgo, particularmente Inglaterra y Holanda, que eran también sus competidores comerciales.

Los persas consideraban a los turcos sus principales enemigos. Les habían arrebatado la parte occidental de su imperio y buscaban aliados para contrarrestar esta amenaza. En 1601, Hosein Alí Beg, alto dignatario de la corte safaví, llegó a Valladolid para proponer a Felipe III una alianza contra el sultán otomano. Tras un año de estancia en la entonces capital de la monarquía, no solo sus gestiones resultaron infructuosas, sino que tres de sus acompañantes se convirtieron al catolicismo y se quedaron en España.

La pusilánime monarquía global de Felipe III era incapaz de tomar las decisiones necesarias. Los problemas se acumulaban en los frentes atlántico y mediterráneo. El Índico parecía, en comparación, un frente secundario. El Consejo de Castilla consideraba imposible la pretensión del Consejo de Portugal de mantener el monopolio comercial en los mares orientales.

La alianza inglesa con Persia

Llegó a crearse una «Comisión de Persia» para estudiar el problema. Finalmente, la agresividad del imperio iraní obligó a tomar medidas ante la pérdida de posiciones como Baréin.

Se tomó la tardía decisión de enviar refuerzos españoles para reforzar las guarniciones, especialmente la de Ormuz, y se instruyó al virrey de Goa para mantener una flotilla en la zona. También se pretendió enviar un embajador, García de Silva y Figueroa, para reactivar la alianza entre Irán y la monarquía portuguesa, pero rechazando la pretensión iraní de atacar al Imperio turco. La debilidad ibérica en las postrimerías del reinado de Felipe III no permitía tamaña aventura

El sha rechazó la propuesta española y aceptó la oferta de la Compañía Británica de las Indias Orientales de favorecer la exportación de la seda persa por la ruta del Cabo. La alianza incluía la utilización de la poderosa flota de la Compañía para contrarrestar el dominio ibérico de los mares. Esta compañía y su homóloga holandesa actuaban traicioneramente en detrimento de los intereses hispánicos, pese a los tratados de paz establecidos por la tregua de los Doce Años en 1609.

La caída de Ormuz y sus consecuencias

La conjunción de una flota eficiente y un potente ejército terrestre fue excesiva para los hispanoportugueses. En 1622, tras la destrucción de los barcos ibéricos, Ormuz, bloqueado por mar y asaltado por tierra por fuerzas inmensamente superiores, cayó tras una dura resistencia. Así se perdió definitivamente el control del jugoso comercio del golfo Pérsico.

La caída del estratégico puerto resultó demoledora para la Corona. Quevedo comienza su poema Al mal gobierno de Felipe IV con unos versos que reflejan este aldabonazo: «Los ingleses, Señor, y los persianos han conquistado a Ormuz…». Fue un golpe devastador que combinó la humillación geopolítica con graves pérdidas económicas, pues Ormuz no solo era una fortaleza, sino la aduana más rentable del imperio.

El envío de refuerzos al mando de un gran almirante como Rui Freire de Andrade consiguió salvar lo que quedaba de las conquistas portuguesas en la zona, especialmente Mascate, pero no revirtió la situación. Ormuz se había perdido para siempre.


​​​​​Publicado en primicia en La Razón (14/04/2026), posteriormente recogido por La Razón de la Proa (con autorización del autor).

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