Editorial | Actualidad política

Cuando la ideología se impone a los intereses de España

Nos alejamos de unos, nos aproximamos a otros y, entretanto, España pierde influencia. Cuando la ideología sustituye al interés nacional, la política exterior deja de defender a España.

Ahora sí que podemos aplicarnos, con toda justicia, aquella expresión de España es diferente, aunque hoy no provoque precisamente una sonrisa. Porque resulta que, seis años después de nuestro anterior editorial, el aislamiento internacional y la pérdida de referencias occidentales que entonces advertíamos no han hecho sino agravarse.

Lo primero —el aislamiento—, respecto de algunas de las naciones de nuestro entorno occidental; lo segundo —la mediatización—, por influencias y afinidades exteriores que poco tienen que ver con los intereses nacionales de España. Y, entretanto, nuestra política exterior parece empeñada en demostrar que se puede pertenecer a Occidente sin terminar de estar con Occidente.


¿Aliados o adversarios?

Hemos tenido ocasión de comprobarlo con Estados Unidos. La relación con Washington, que, a nuestro pesar, no podemos dejar de considerar uno de los pilares de nuestra política exterior, ha llegado a un punto insólito. Las discrepancias sobre Irán y el gasto de defensa han llevado incluso a Donald Trump a ordenar la suspensión del comercio con España, aunque la medida no se haya materializado. Que semejante situación se produzca entre dos aliados de la OTAN debería ser motivo suficiente para una seria reflexión.

Y si hablamos de Israel, la situación no es mejor. El reconocimiento español del Estado palestino, las sucesivas decisiones sobre Gaza y, finalmente, la retirada permanente del embajador español han llevado las relaciones bilaterales a un nivel de deterioro difícil de disimular. Se puede discrepar de la política del Gobierno israelí —faltaría más—, pero una diplomacia inteligente no rompe puentes allí donde precisamente necesita influencia.


Marruecos y la frontera

Y, entretanto, Marruecos sigue siendo ese vecino imprescindible al que se concede una consideración que no siempre parece correspondida. Ha tenido que llegar el gravísimo episodio de Ceuta del pasado 30 de julio —decenas miles de personas entrando desde Marruecos y una crisis fronteriza de extraordinaria magnitud— para recordar que una frontera no se defiende con declaraciones. Días después se conoció que el CNI había advertido de los planes de una entrada masiva.

Y aquí aparece otra paradoja: España convocó al embajador de Italia por unas declaraciones de su ministro de Exteriores sobre la crisis de Ceuta; frente a Marruecos, en cambio, no ha llamado a consultas a nuestro embajador en Rabat. ¿Será que con unos somos más valientes que con otros? No afirmaremos lo que no está probado aunque sea más que evidente Rabat estaba al tanto de aquella avalancha. Pero tampoco podemos ignorar otra evidencia: Ceuta y Melilla siguen siendo españolas y su defensa debería ocupar un lugar prioritario en nuestra política exterior.


Y, entretanto, China, Irán y Rusia...

Las influencias mediatizadoras adoptan ahora un nuevo aspecto. China, por ejemplo. Nada que objetar a mantener relaciones comerciales y diplomáticas con Pekín; lo sorprendente es el entusiasmo con que se presenta esta relación. En abril, Sánchez aseguró que España había elevado la interlocución política con China al mayor nivel de los últimos cincuenta y tres años y se estableció un mecanismo permanente de diálogo estratégico. Cooperar con China, sí; convertirla en referencia alternativa, no.

Con Irán ocurre algo parecido, aunque con mayor riesgo. España insiste en el diálogo y la diplomacia mientras mantiene posiciones diferenciadas de las de Washington en el conflicto. Y Rusia constituye el reverso de la cuestión: España mantiene la posición europea de apoyo a Ucrania y de sanciones a Moscú, mientras sigue comprando gas ruso. Las importaciones aumentaron un 42 por ciento en el primer semestre de 2026. ¡Curiosa manera de mantener una política exterior coherente!


La ideología como brújula

Pero quizá aquí encontremos la explicación de tantas aparentes contradicciones. La fuerte ideologización del Gobierno ha convertido la agenda política en criterio de política exterior, hasta el punto de que las afinidades ideológicas parecen pesar en ocasiones más que las alianzas tradicionales o los intereses nacionales.

Y esto resulta especialmente evidente en Hispanoamérica. Nuestras dos grandes áreas históricas y culturales son Europa e Hispanoamérica, como decíamos en 2020. En la primera estamos unidos inexorablemente a la Unión Europea; en la segunda deberíamos reclamar un papel cooperador para el hermanamiento. Pero en lugar de una política hispanoamericana de Estado, se ha privilegiado la relación con determinados sectores del progresismo continental.

El Grupo de Puebla no oculta esa naturaleza. Ha respaldado públicamente a Sánchez y entre sus miembros españoles han figurado dirigentes como Irene Montero y Adriana Lastra. Incluso ha celebrado expresamente la investidura de Sánchez como resultado de la «unidad progresista». El problema no es relacionarse con gobiernos de izquierdas. El problema es otro: España debe tener una política hacia Hispanoamérica, no una política para la izquierda hispanoamericana.


España debe volver a saber dónde está

Si la política interior presenta tintes más que sombríos en cuanto a la integridad nacional y a la propia convivencia, la exterior corre el riesgo de convertirse en un puro dislate. Nos alejamos de unos, nos aproximamos a otros y, entre tanto, España pierde capacidad de influencia.

No se trata de que España tenga una política exterior de izquierdas o de derechas; se trata de que tenga una política exterior española. Europa debe seguir siendo nuestro ámbito natural; Estados Unidos, nuestro aliado atlántico (qué remedio); Hispanoamérica, nuestra gran proyección histórica y cultural. Con China, Irán, Rusia, Marruecos o cualquier otra potencia, relaciones, sí; dependencias, ninguna.

Salgamos, pues, del atolladero. No para convertirnos en satélite de nadie, sino para recuperar una política exterior propia. España debe dejar de ser una rara avis entre sus aliados, defender sus fronteras, cuidar sus alianzas y anteponer los intereses nacionales a cualquier agenda ideológica. Sólo así volverá a ocupar el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones.