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1714: de la Historia al relato nacionalista

La imagen de fondo muestra una escena de la masiva manifestación a favor de la unidad de España celebrada en Barcelona el 29 de octubre de 2017. Esta marcha reunió a cientos de miles de personas en contra de la declaración unilateral de independencia de Cataluña.
El 11 de septiembre recuerda un episodio decisivo de la historia catalana. Pero su conversión en símbolo nacional plantea otra cuestión: cómo una lectura política de 1714 terminó convirtiendo una fecha histórica en una Diada que no todos comparten.

Cataluña, España y una identidad que suma

Una cuestión previa ayuda a ordenar el debate: ser catalán y ser español no tienen por qué plantearse como identidades incompatibles. La catalanidad puede entenderse como una manera concreta de ser español, del mismo modo que otras tierras y pueblos han aportado sus propias formas a una realidad hispánica común. Desde una perspectiva joseantoniana, el patriotismo no consiste en negar las particularidades, sino en integrarlas en una empresa superior. La Hispanidad se entiende así como comunidad de destino y de cultura, no como uniformidad.

La distinción resulta importante porque permite diferenciar catalanidad de catalanismo y españolidad de españolismo. Ninguna identidad tiene por qué ser excluyente; lo es cuando convierte la pertenencia en una frontera y la diferencia en un argumento de separación. Cataluña ha hecho aportaciones extraordinarias a España: en la cultura, la economía, la ciencia, la empresa, la política, las letras y la expansión mediterránea, pero la historia de Cataluña tampoco puede entenderse al margen de su pertenencia a España, cuya realidad política, económica, cultural y social ha contribuido decisivamente a su desarrollo. No se trata de elegir entre ambas aportaciones, sino de reconocer la historia común que las hizo posibles.


¿Qué guerra terminó realmente en 1714?

La Guerra de Sucesión no comenzó como una guerra entre una Cataluña independiente y España. El problema inicial fue la sucesión de Carlos II y la disputa entre Felipe de Borbón y el archiduque Carlos de Austria por la Corona española. El conflicto adquirió además una dimensión internacional, porque las principales potencias europeas temían la concentración de poder que podía resultar de una unión dinástica entre las coronas española y francesa. En la Monarquía Hispánica, además, la disputa terminó adquiriendo características de guerra civil.

Cataluña apoyó mayoritariamente al archiduque y mantuvo la resistencia cuando el equilibrio internacional había cambiado y los aliados habían abandonado progresivamente la causa austracista. Barcelona cayó el 11 de septiembre de 1714 y Cardona, último foco de resistencia, capituló el día 18. Después llegaron la supresión de instituciones propias y el nuevo orden de la Nueva Planta, cuyo decreto para Cataluña fue promulgado en 1716. Todo ello permite comprender la trascendencia catalana de 1714, pero también aconseja no convertir retrospectivamente una guerra sucesoria en una guerra de independencia nacional.


Cómo nació el relato del 11-S

El significado nacional del 11 de septiembre tampoco permaneció inalterado desde 1714. Durante buena parte del siglo XVIII y del XIX no existió una celebración nacional catalana comparable a la actual. La conmemoración comenzó a adquirir carácter público en la época de la Renaixença y fue incorporando elementos políticos. La memoria de los defensores de Barcelona, especialmente la figura de Rafael Casanova, fue adquiriendo una dimensión simbólica que superaba ampliamente el acontecimiento militar original.

La transformación definitiva se produjo entre los siglos XIX y XX, cuando el catalanismo encontró en 1714 un relato de pérdida, resistencia y recuperación nacional. La prohibición durante el franquismo contribuyó posteriormente a reforzar su carácter reivindicativo. Tras la recuperación de las instituciones autonómicas, la Diada fue institucionalizada en 1980. No se trata, por tanto, de una tradición nacional inmutable desde 1714, sino de una construcción memorial que ha ido incorporando nuevos significados según las necesidades políticas de cada época.


De la memoria histórica al símbolo político

La cuestión que se plantea no es, por tanto, si Cataluña debe recordar el 11 de septiembre de 1714. Debe hacerlo, como parte de su historia. La cuestión diferente es qué ocurre cuando un episodio histórico es convertido en fundamento de una identidad política. El salto se produce cuando los protagonistas de 1714 dejan de ser considerados actores de un conflicto sucesorio concreto y pasan a representar retrospectivamente a «Cataluña», mientras el adversario de entonces se identifica con una España concebida como permanente opresora.

Ese mecanismo de construcción del relato merece ser observado con atención. Una cosa es recordar la pérdida de instituciones después de una guerra; otra, utilizar aquella pérdida como argumento para presentar una supuesta soberanía nacional catalana interrumpida durante siglos. La historia deja entonces de ser únicamente memoria del pasado y se convierte en instrumento para interpretar el presente. El 11-S puede seguir siendo una fecha histórica para todos; lo discutible es que la interpretación política construida sobre ella tenga que convertirse en memoria nacional obligatoria por definición.


Una Diada que pueda ser de todos

Si una fiesta nacional aspira a reunir a una comunidad, cabe preguntarse qué símbolo posee mayor capacidad de convocatoria. El asociacionismo catalán de inspiración hispánica ha propuesto el 23 de abril, Sant Jordi, como alternativa al 11 de septiembre. La propuesta no exige borrar 1714 de la memoria histórica, sino distinguir entre recordar un acontecimiento histórico y escoger una celebración capaz de representar al mayor número posible de ciudadanos. El libro y la rosa ofrecen, en este sentido, un símbolo cultural, cívico y festivo difícilmente reducible a una opción política.

La diferencia entre ambas fechas resulta significativa. El 11 de septiembre remite a una derrota y, sobre todo, al relato político construido posteriormente alrededor de aquella derrota. Sant Jordi remite a la cultura, la lengua, las calles, los libros, las rosas y una tradición ciudadana compartida. Una Diada concebida desde este segundo espíritu permitiría celebrar la catalanidad sin exigir una determinada posición sobre la relación entre Cataluña y España. Podría ser, precisamente por ello, una fiesta de quienes se sienten catalanes de maneras distintas y también de quienes entienden su catalanidad como parte de su españolidad.


Catalanes que también dijeron «España»

La historia intelectual catalana ofrece materiales para una lectura distinta de la relación entre Cataluña y España. Joan Maragall, desde un catalanismo que no puede reducirse al separatismo posterior, interpeló a España en su célebre Oda a Espanya: «Escolta, Espanya, la veu d'un fill / que et parla en llengua no castellana». La fórmula contiene una reivindicación catalana, pero también la conciencia de dirigirse a una comunidad mayor. En otros momentos, el iberismo y determinadas corrientes del catalanismo buscaron precisamente que Cataluña aportase su personalidad a una España renovada, no que desapareciese de ella.

En una línea de identidad no excluyente se sitúan también expresiones atribuidas a figuras como Francesc Cambó o Josep Tarradellas. A este último se atribuye la conocida formulación: «En España, la mejor manera de ser español es ser catalán». Unamuno, desde las Vascongadas, expresó una intuición semejante al hablar de una españolidad enriquecida por la identidad particular:

«Yo soy vasco y, por eso, doblemente español; somos los vascos, por ser vascos, dos veces españoles y en español está lo que hemos hecho de duradero. El español ha sido nuestro lenguaje articulado».

No son fórmulas idénticas ni pertenecen a una misma doctrina, pero apuntan a una posibilidad que merece ser considerada: que una identidad particular no tenga que convertirse en frontera.


Cataluña no tiene que elegir entre sí misma y España

La cuestión de la Diada, por tanto, no obliga a escoger entre Cataluña y España. Puede plantearse de otra manera: qué fecha expresa mejor una Cataluña consciente de sí misma y, al mismo tiempo, integrada en una historia española que también ha contribuido decisivamente a construir. Una perspectiva hispánica no necesita un españolismo uniformador; del mismo modo, una defensa de la catalanidad no necesita un catalanismo excluyente. Entre ambos extremos existe un patriotismo integrador que puede reconocer las diferencias sin convertirlas en trincheras.

Una Cataluña segura de su personalidad no necesita renunciar a España para afirmar su existencia, del mismo modo que una España consciente de su pluralidad no necesita negar la personalidad catalana. La historia ofrece abundantes ejemplos de cooperación, conflicto, mestizaje y aportaciones mutuas. También demuestra que las identidades políticas pueden cambiar de significado. Por eso, más que convertir 1714 en una frontera permanente entre vencedores y vencidos, podría resultar más fecundo convertir la Diada en una celebración de una Cataluña que se reconoce a sí misma, reconoce a España y participa de una realidad hispánica más amplia.

El debate sobre el 11 de septiembre queda así abierto a un juicio que no debería depender de la consigna de ningún partido. Una efeméride nacional debe poder ser asumida por quienes piensan de manera diferente sobre el pasado y sobre el futuro. Si una fecha se utiliza para seleccionar quién representa a Cataluña y quién queda fuera de ella, quizá haya que preguntarse si el problema está en los ciudadanos o en el símbolo elegido. Y si existe otra fecha capaz de reunirlos sin borrar su historia, considerarla no sería renunciar a la memoria de Cataluña, sino preguntarse qué Cataluña queremos celebrar.