Editorial

Los dislates de Bergoglio,

La imagen de la derecha corresponde al cuadro "El descubrimiento de América por Cristóbal Colón", de Dalí
Tanto López-Obrador como Bergoglio han debido ser muy malos estudiantes en la asignatura de la historia, y alumnos aventajados en la materia de la infamación de lo español, que tantos ecos encuentra, por desgracia, en la propia España.

Los dislates de Bergoglio


Obsérvese que no decimos del papa Francisco, del pontífice o del obispo de Roma, sino de Jorge Mario Bergoglio, ciudadano argentino que ocupa actualmente la Silla de Pedro, que se ha hecho eco de las estupideces de Andrés Manuel López-Obrador, a su vez ocupante de la Presidencia de México, criollo él y, por tanto, descendiente de españoles.

Uno y otro juegan las cartas del perdón en sus manifestaciones. Bergoglio sobre los pecados cometidos durante la Conquistay AMLO ⎼como le llaman⎼ exigiéndolo del Rey y de todos los españoles, por haber evitado los sacrificios humanos con cuchillo de obsidiana y derribados los templos aztecas para levantar iglesias cristianas.

Centrémonos ahora en el argentino Bergoglio, pues no es el momento de entrar en debate sobre el verdadero alcance e inspiración del indigenismo americano, paralelo a los separatismos etnicistas de la península.

Adelantémonos a aclarar que no se trata de la opinión de la Iglesia, pues esta, como “pueblo de Dios” la forman todos los creyentes bautizados; ni, mucho menos, se puede aducir en este caso la infalibilidad del Papa, ya que esta solo es aplicable en aquellos asuntos que afectan al dogma o a las costumbres; la infalibilidad se debe, para los católicos, a la asistencia del Espíritu Santo, cuyo don de la Sabiduría no afecta a las opiniones políticas o históricas de los miembros de la jerarquía de la Iglesia.

La infalibilidad del Papa ⎼repetimos, en asuntos de dogma y costumbres⎼ está sujeta a tres condiciones: 1) Que el Papa actúe en vinculación con toda la Iglesia, como fue el caso de los dogmas de la Inmaculada Concepción (por cierto, ya ancestralmente admitida en España y confirmada por el Vaticano en 1854) y el de la Asunción, en 1950; 2) Que el pontífice exprese sin ninguna ambigüedad su intención de proceder a una definición dogmática, cosa muy lejana de sus disparates históricos o sus manías personales, y 3) Que el objeto de la definición pertenezca al campo de la Fe revelada o se sustente en ella.

Tenemos los españoles experiencia en la historia de las veleidades personales y políticas pontificas, alguna de las cuales, por cierto, terminó en grave asonada bélica y con el papa huyendo del Vaticano… Y, en tiempos recientes, también tenemos la amarga experiencia del apoyo de la Conferencia Episcopal Española a los indultos a los golpistas de 2017, por influjo de su presidente, Juan José Omeya y de los acuerdos de la Conferencia Tarraconense.

A los católicos puede llenarnos todo esto de tristeza, pero en ningún caso hacernos titubear en su Fe, muy por encima de las opiniones, de los acuerdos y de los consiguientes disparates en materia política o histórica, fuera del Credo de la Iglesia. Como españoles, manifestamos nuestro más absoluto rechazo y, aunque suene a anacronismo, no podemos menos de evocar aquel punto 25 de la programática fundacional, que ocasionó el escándalo y la defección del marqués de la Eliseda, y que fue sutil y sarcásticamente comentada por José Antonio.

Tanto López-Obrador como Bergoglio han debido ser muy malos estudiantes en la asignatura de la historia, y alumnos aventajados en la materia de la infamación de lo español, que tantos ecos encuentra, por desgracia, en la propia España.