La revolución que siempre queda pendiente
Hablemos de revoluciones I.
La revolución contemporánea ha cambiado de rostro
Actualmente, casi nadie habla ya de revolución en el sentido clásico del término. La izquierda que hoy se presenta como más avanzada y progresista —la denominada woke, íntimamente asociada a la corrección política y, no pocas veces, coincidente con los intereses del liberalismo económico— parece haber renunciado a cualquier transformación sustancial de las estructuras de producción y de las relaciones económicas. Su crítica del capitalismo rara vez trasciende el plano retórico y resulta perfectamente compatible con un sistema que ha aprendido a integrar, e incluso a rentabilizar, buena parte de sus reivindicaciones.
Las clases sociales han desaparecido del horizonte de esa nueva izquierda, sustituidas por un mosaico de identidades victimizadas. La explotación deja paso a la vulnerabilidad como categoría política fundamental; la emancipación colectiva cede terreno a la reivindicación fragmentaria de colectivos particulares. Ya no se pretende alterar las estructuras del poder económico, sino garantizar que todas las identidades tengan acceso a ellas y obtengan su correspondiente reconocimiento.
En España, la desorientación de la izquierda es total. Las sedicentes izquierdas actuales se han situado apoyando a la corrupción y a la delincuencia más descarada que gira en torno a Pedro Sánchez. El descrédito les acompañará durante muchos años. Tampoco en el resto de Europa siguen un rumbo claro, pues parece que, en determinados asuntos, sus posicionamientos frente al poder son extremadamente débiles.
El resultado es una impugnación bastante superficial del orden existente, compatible con un capitalismo que ha convertido la diversidad en estrategia comercial y en eficaz mecanismo de legitimación. Mientras las grandes corporaciones enarbolan banderas arcoíris y multiplican sus políticas de inclusión, las viejas desigualdades materiales permanecen prácticamente intactas.
También se nos dice que la revolución ha cambiado de escenario. Abandonada la pretensión de transformar las estructuras económicas, la subversión se desplaza al ámbito simbólico. La familia, la tradición, el lenguaje, la memoria histórica, las costumbres e incluso la propia naturaleza humana pasan a convertirse en objeto de una incesante ingeniería cultural. La emancipación ya no consiste tanto en liberar al hombre de las injusticias materiales cuanto en emanciparlo de su propia herencia cultural, moral y espiritual.
Sin embargo, este discurso, revestido de retórica progresista, encierra presupuestos sorprendentemente conservadores. ¿Desde cuándo constituye un ideal emancipador presentar a la mujer como un ser necesitado de tutela permanente frente al varón? ¿No supone una forma de paternalismo profundamente humillante insinuar que solo mediante cuotas puede competir en igualdad de condiciones?
Y, del mismo modo, ¿no contradice el principio mismo de igualdad atribuir a determinadas personas una autoridad moral derivada exclusivamente de su raza, su orientación sexual o su identidad de género? Allí donde la dignidad deja de descansar en la común naturaleza humana para depender de la pertenencia a un determinado colectivo, la igualdad deja de ser un principio universal para convertirse en un privilegio identitario.
Desde nuestra concepción cristiana del hombre, semejante planteamiento resulta especialmente problemático. La dignidad humana no nace de la pertenencia a un grupo, ni del sufrimiento histórico acumulado por una determinada identidad, sino de la condición personal de todo ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Cuando la identidad sustituye a la persona y el agravio reemplaza al bien común como criterio político, la sociedad deja de buscar la justicia para organizarse como una permanente competición entre víctimas.
La revolución moderna frente a la tradición
Pero sería un error identificar la decadencia del ideal revolucionario contemporáneo con el agotamiento de la idea misma de revolución. Son cuestiones distintas.
La Revolución (con mayúscula), entendida como transformación radical de la sociedad, constituye uno de los grandes mitos políticos de la modernidad. No solo eso. Más allá del mito, el término revolución aparece contrapuesto por diversos pensadores —que la identifican con los excesos jacobinos de finales del siglo XVIII y quizá no anden muy descaminados— al término Tradición.
Esto se materializó en aquella esperpéntica escenificación que supuso la entronización de la diosa Razón en la catedral de Notre Dame, simbolizando un vuelco de ciento ochenta grados: de un mundo que reverenciaba a Dios, creador y providente, hacia una sociedad atea en su fundamentación política, donde la religiosidad, si acaso, quedaba relegada a la privacidad y al ostracismo público.
Parece que el imaginario revolucionario quedó profundamente marcado por esta deriva del jacobinismo. La Tradición establecía que la fe en Dios constituía el referente superior de la humanidad: de una humanidad que debía, no obstante, hacer uso de su libertad, su raciocinio y su recto juicio para afrontar los problemas temporales.
Pero la Revolución coloca en el vértice superior al hombre racionalista, con su lógica puramente humana, sin más referente último que un ensoberbecido convencimiento en su autonomía plena, fuera del lugar destacado donde el orden cristiano había colocado a la razón rectamente ordenada a la Verdad y a la Bondad.
El hombre racionalista acaba por desplazar totalmente a Dios y pasa a ocupar su lugar. Nace el otro gran mito modernista: el de la soberanía popular entendida como fundamento último del orden político. Luego de esta revolución por antonomasia, y constatadas sus insatisfactorias consecuencias, han sucedido revoluciones diversas, igualmente soberbias y fraudulentas. Una de las hijas naturales de la revolución modernista fue, sin duda, la revolución del sedicente materialismo científico marxista. Por supuesto, también ha habido innumerables revueltas y motines, con menores ínfulas y dosis más diluidas de engreimiento moral.
La revolución como exigencia moral permanente
Claro que tanto los hombres que creen en el Dios creador y providente, como los ateos y los agnósticos, experimentan, en el escenario mundano —de tejas para abajo—, que es común a todos los mortales, la realidad del triunfo del mal y de la injusticia.
Por ello, es no solo lógico, sino hasta exigible, que se rebelen tanto contra los grandes desafueros evitables —aquellos que tienen unas causas y unos causantes fácilmente identificables— como contra los que escapan a diagnósticos fáciles.
La Humanidad siempre ha creado mitos y arquetipos. Lo perturbador de los mitos es que remiten siempre a un ideal que nunca llega a alcanzarse plenamente, por más que naveguemos a su encuentro. Igual que la raya del horizonte, debido a la redondez de la Tierra, es siempre inalcanzable. Es otro mito.
Pero es útil saber, al menos, hacia dónde debemos poner la proa de nuestras empresas y qué golpes de timón debemos dar en cada momento para corregir el rumbo equivocado. Así, el hombre humilde y sensato en sus pretensiones también puede y debe ser revolucionario. Revolucionario al modo del piloto sabio, quien, con mano firme, corrige en cada momento la deriva de su nave y no duda en dar las vueltas de timón que sean precisas para sortear las embestidas con que azota la mala mar.
Toda revolución —quitémosle ya la letra mayúscula— aspira a modificar las estructuras profundas de la convivencia humana y a corregir injusticias y defectos que parecen inherentes a la condición del hombre. Sin embargo, la experiencia histórica muestra una constante: toda obra humana resulta inevitablemente limitada, provisional e imperfecta.
Las revoluciones —aunque con minúscula—, para que sean verdaderas, han de tener, simultáneamente, una dimensión personal —de las personas, en cuanto individuos interpelados por un planteamiento ético propio— y comunitaria —por cuanto esas mismas personas, previamente a cualquier forma de contrato social, son portadoras, desde su nacimiento, de vínculos sociales y relacionales con otras personas—.
Tal como apuntaba Emmanuel Mounier, cualquier revolución auténtica es, simultáneamente, moral y social. No obstante, para desesperación de muchos, para hastío y desistimiento de tantos, parece como si solo una fuerza externa al hombre (Dios, para los creyentes) pudiera verdaderamente cambiar la naturaleza del ser humano y sanar sus pecados más entrañables.
Toda obra cimentada en las acciones del hombre resulta, al igual que los aforismos de Nietzsche, siempre demasiado humana. Exasperantemente limitada, pobre y provisional.
Somos así; pero la inseguridad de alcanzar la meta no otorga título suficiente para el conformismo. El hombre es un ser que está siempre en camino, aunque el destino sea incierto y muchas veces demos pasos que nos retornen al punto de partida.
Sin embargo, tal y como afirmó la doctrina católica del libre albedrío —proclamada por frailes españoles—, el hombre no está predeterminado y tiene capacidad para salvarse, con la ayuda de Dios, o para condenarse.
Los límites de toda transformación política
Resulta desalentador comprobar que las acciones humanas presentan una exasperante curvatura cíclica en el tiempo. En los movimientos de liberación, por avanzados que se nos presenten, operan fuerzas contradictorias que, como en las leyes de conservación de la física, acaban por neutralizarse entre sí.
El vector resultante —sin negar los innegables avances sociales y el progresivo proceso de humanización que la historia también registra— conserva, sin embargo, componentes obstinadamente reaccionarios. El resultado suele ser paradójico: cambian los nombres, pero persisten las lógicas del poder. Sobre los dominadores de antaño se alzan con frecuencia los usurpadores de hogaño.
Esta constatación nos obliga a mantener permanentemente alerta nuestro espíritu de rebeldía. Las tendencias egoístas e insolidarias que anidan en el ser humano imprimen a la historia una terca inercia hacia la reproducción de viejas formas de dominación.
Por eso la revolución nunca puede darse por concluida: es una tarea siempre inacabada. Charles Tilly ya advertía de la necesidad de distinguir entre las situaciones revolucionarias y las salidas revolucionarias, pues estas no siempre desembocan en transformaciones profundas del Estado y, menos aún, de la sociedad. La revolución siempre es tarea que queda pendiente.
Cabe añadir, además, que los parteros de las revoluciones, al contrario de lo que sostienen ciertas ideologías —especialmente las autoproclamadas sociologías científicas—, no tienen por qué pertenecer necesariamente a una determinada clase social.
La sensibilidad frente a la opresión y al sufrimiento de tantos hombres y mujeres —también el de tantos niños condenados a infancias rotas— está al alcance de toda persona capaz de arrancar las malas hierbas que asfixian los brotes de su humanidad más auténtica y de renunciar a las comodidades con las que la fortuna la ha favorecido en un reparto profundamente desigual.
Existe un humus cálido y fértil que alimenta toda alma humana. Preparado y oxigenado, siempre está dispuesto a recibir las semillas de esperanza que porta toda palabra liberadora; pero esa disposición exige una disciplina ascética, precisamente contraria al espíritu de la sociedad de consumo.
La revolución siempre queda pendiente
No podemos caer en el conformismo. Al contrario, estamos obligados a comprender y a reemprender la revolución —con minúscula y comenzando por su dimensión personal y moral— como una tarea que siempre es inacabada e imperfecta.
Los avances sociales y políticos son reales, pero también lo es la persistencia de tendencias egoístas e insolidarias que reaparecen bajo nuevas formas. La historia de las revoluciones revela con frecuencia la paradoja recurrente a la que antes nos referíamos: los dominadores de ayer son sustituidos por nuevos dominadores que reproducen, con otros nombres, viejas estructuras de poder.
¿Cómo evitar que una revolución desemboque simplemente en la sustitución de unas élites por otras? ¿Cómo procuraremos impedir que la movilización popular termine degenerando en caos, impotencia o nuevas formas de dominación?
Y otra última cuestión: toda revolución necesita algo más que legitimidad para destruir un orden; necesita también capacidad para construir el siguiente. La cuestión consiste, entonces, en determinar cómo puede formarse esa capacidad dirigente sin recaer en la simple reproducción de las viejas élites.