La patria entre la razón y el sentimiento
José Antonio contrapone en La gaita y la lira dos formas de amar a España: la sentimental, ligada a la tierra y los símbolos, y la intelectual, fundada en una idea histórica y universal de patria.
El patriotismo frente al patrioterismo
Las veces que he podido comentar el significado del artículo La gaita y la lira, de José Antonio, la conclusión a la que llega la mayoría es que está muy bien escrito, que es una forma de demostrar el no nacionalismo de la verdadera Falange y que, frente al patrioterismo rampante y dominante, se alza el verdadero patriotismo, consecuencia de lo intelectual.
«¡Cómo tira de nosotros! Ningún aire nos parece tan fino como el de nuestra tierra; ningún césped más tierno que el suyo; ninguna música comparable a la de sus arroyos. Pero... ¿no hay en esa succión de la tierra una venenosa sensualidad? Tiene algo de fluido físico, orgánico, casi de calidad vegetal, como si nos prendieran a la tierra sutiles raíces. Es la clase de amor que invita a disolverse. A ablandarse. A llorar. El que se diluye en melancolía cuando plañe la gaita. Amor que se abriga y se repliega más cada vez hacia la mayor intimidad; de la comarca al valle nativo; del valle al remanso donde la casa ancestral se refleja; del remanso a la casa; de la casa al rincón de los recuerdos.
Todo eso es muy dulce, como un dulce vino. Pero también, como en el vino, se esconden en esa dulzura embriaguez e indolencia.
A tal manera de amar, ¿puede llamarse patriotismo?...».
Por supuesto que toda la parafernalia simbólica con la que se justifica y define mayoritariamente a la patria es, cuando se expresa de buena fe, totalmente aceptable.
La nación española se representa, entre otros símbolos, en su bandera y, por lo tanto, se le debe respeto y consideración, pero ello no es exactamente una expresión racional del patriotismo, sino más bien una loable exteriorización de amor a nuestra tierra, su historia, su cultura y sus costumbres. Sin embargo, su exageración y unicidad nos pueden llevar al patrioterismo. No se debe quedar en ello, sino que se debe profundizar, ahondar por lo menos hasta poder explicar qué es eso que decía José Antonio en su discurso sobre la revolución española, en el Cine Madrid del 19 de mayo de 1935: que «amamos a España porque no nos gusta».
No hay que confundir ese españolismo sincero, que nace de la deferencia hacia los símbolos, con el más ocasional y menos profundo, que solo se acuerda de España, y alguna vez del orteguiano proyecto sugestivo, de vez en cuando, cuando juega alguna selección española o en otros eventos donde suena el himno y salen a relucir las banderas.
La patria como realidad intelectual
«...Si el patriotismo fuera la ternura afectiva, no sería el mejor de los humanos amores. Los hombres cederían en patriotismo a las plantas, que les ganan en apego a la tierra. No puede ser llamado patriotismo lo primero que en nuestro espíritu hallamos a mano: esa elemental impregnación en lo telúrico. Tiene que ser —para que gane la mejor calidad— lo que esté cabalmente al otro extremo: lo más difícil; lo más depurado de gangas terrenas; lo más agudo y limpio de contornos; lo más invariable.
Es decir, tiene que clavar sus puntales, no en lo 'sensible', sino en lo 'intelectual'».
En La gaita y la lira hay, sin embargo, una segunda lectura, íntimamente unida al no nacionalismo. Es el repudio del romanticismo ideológico, que nada tiene que ver con lo romántico. Esto último no deja de ser una pura sensación de amor, generalmente exagerada.
Romanticismo y razón
El romanticismo, como ideología, fue y es un movimiento cultural de los siglos XVIII y XIX, basado en la priorización de los sentimientos frente a la razón, así como una reacción frente al clasicismo, al que considera enemigo del individualismo, de lo instintivo y de lo conmovedor. Puede haber cierta compatibilidad, pero escasa.
En España, especialmente el nacionalismo catalán encuentra en el romanticismo su fuente de inspiración y desarrollo, siendo Prat de la Riba y Francesc Cambó quienes llevaron a la política el pensamiento romanticista e incluso, en lo estrictamente histórico, al igual que otros nacionalistas catalanes, lo adecuaron, tergiversándolo, a sus intereses catalanistas.
El clasicismo y los novecentistas
El clasicismo, que es también un movimiento cultural, busca en la filosofía y la razón, en contraposición al romanticismo, un proyecto de convivencia y un equilibrio entre el fondo y la forma, inspirándose como guía en el pensamiento del mundo clásico.
En España, el clasicismo estuvo representado por los novecentistas, siendo sus principales portavoces Eugenio d'Ors, Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala. Todos ellos buscaban la profundidad reflexiva y el rigor intelectual en sus obras y propuestas.
En el magnífico libro del profesor Manuel Parra Celaya, José Antonio y Eugenio d'Ors (Plataforma 2003), imprescindible para profundizar en este tema, este dice:
«En principio, el romanticismo puede ser considerado como una constante en la historia, caracterizada por el predominio del sentimiento sobre la razón, de la dispersión frente a la unidad, del impulso frente a la norma, junto a la exaltación de la individualidad».
José Antonio y la crítica del nacionalismo romántico
En José Antonio el clasicismo es esencia de su pensamiento. Me atrevo a decir que no solo el personalismo cristiano es uno de los pilares del pensamiento del fundador de Falange Española, sino que también el clasicismo es otro cimiento de su cotidiano quehacer político.
Esto fue lo que escribió en su ensayo sobre el nacionalismo, publicado en la revista JONS, número 16, de abril de 1934:
«El romanticismo era afecto a la naturalidad. La vuelta a la naturaleza fue su consigna. Con esto la nación vino a identificarse con lo nativo. Lo que determinaba una nación eran los caracteres étnicos, lingüísticos, topográficos, climatológicos. En último extremo, la comunidad de usos, costumbres y tradición; pero tomada la tradición poco más que como el recuerdo de los mismos usos reiterados, no como referencia a un proceso histórico que fuera como una situación de partida hacia un punto de llegada tal vez inasequible....
De aquí que sea superfluo poner en claro si en una nación se dan los requisitos de unidad geográfica, de raza o de lengua; lo más importante es esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de destino histórico.
Los tiempos clásicos vieron esto con su claridad acostumbrada. Por eso no usaron nunca las palabras nación o patria en el sentido romántico, ni clavaron las ancas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra...».
Epílogo
Y al marchar me sigue gustando lo difícil cuando empiezo a caminar.