Luis Buceta
06:17
23/09/20

Educación y sociedad

Artículo recuperado del año 2000.- Nuestra sociedad es diferente y la del futuro va a ser, también, distinta, porque las personas y la sociedad cambian constantemente...


Publicado en la revista Altar Mayor, en su número 64, de enero de 2000.
Ver portada de Altar Mayor en La Razón de la Proa
El autor es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y de la Pontificia de Salamanca.

Educación y sociedad

Educación y sociedad


Quiero presentar, con el carácter coloquial e informal de estas reuniones, algunos puntos de reflexión sobre aspectos de la sociedad y la educación en el mundo de hoy.

Prólogo sobre la sociedad actual

Inicialmente señalo que la sociedad actual no es peor que las anteriores. En contra de esa especie de pesimismo, de que vamos hacia la catástrofe y una sociedad sin valores, señalo y afirmo que esta sociedad es bastante mejor que las anteriores. Es una sociedad donde se han alcanzado niveles de satisfacción de necesidades y deseos impensables al comienzo de este siglo. Algunos afirman que son niveles materiales, pero no es así porque esas satisfacciones también traen autoestima y posibilidades de desarrollo personal. De todas formas, aunque prevalecen los aspectos materiales, no debe olvidarse que no se pueden predicar espiritualidades a los que se están muriendo de hambre, a los pobres y a los oprimidos.

El mundo occidental ha dado pasos sorprendentes al conseguir, para una gran mayoría, un alto nivel de vida, respecto a la dignidad y derechos de la persona, una libertad y posibilidades de desarrollo personal que no se habían alcanzado en ningún momento de la historia. Dicho sea entre paréntesis que los derechos del ser humano son inherentes a su propia dignidad y no porque los conceda una Constitución, como hoy, confusamente tantos creen y proclaman.

Como contrapartida a este desarrollo, es preciso señalar, que así como en épocas anteriores ha prevalecido el egoísmo de unas personas o de unas clases o grupos, en este momento de mundialización, la sociedad occidental, la sociedad del bienestar se está haciendo egoísta. Cada vez queremos más, cada vez exigimos más y hemos pasado de la satisfacción de necesidades a la amplia satisfacción de deseos o nuevas apetencias, que, en la mayor parte, son puros caprichos y despilfarro, mientras el resto del mundo se encuentra en una situación deteriorada y con carencias elementales que ponen diariamente en peligro la vida de millones de personas. Se calcula que unos dos mil millones viven en el límite de la satisfacción de necesidades de supervivencia y que aproximadamente un millón diario muere de hambre, lo que supone la escalofriante cifra de más de trescientos millones al año.

Sin continuar con cifras que nos llevarían al bochorno, aunque lo normal es la indiferencia o el simple lamento, lo que señalo es que lo que llamamos mundo o países desarrollados, que es Occidente, puesto que Iberoamérica está en un proceso lento y doloroso de desarrollo, hace gala de un egoísmo creciente frente a las necesidades de miles de millones. Permitidme otro paréntesis, para señalar que Occidente está constituido esencialmente por Europa y América, precisamente donde realmente está el pozo y la vivencia cristiana. El resto del mundo, con la excepción de Australia, Nueva Zelanda y Singapur, es otra cosa, son otras culturas y planteamientos, aunque estén influidos y traspasados por la civilización occidental. No lo hago por señalar diferencia que nos enfrentan, sino porque para un entendimiento mundial, hay que tenerlas en cuenta.

Volviendo al tema de estas reflexiones, soy optimista y pienso que en todas las dificultades, el mundo marcha hacia delante y que, por lo tanto, no hay que ser pesimistas, pesimismo que proviene, en gran parte, de creer que todo y sólo lo nuestro es lo bueno y querer imponer a los demás lo que algunos pensamos. Me atrevería a decir que esta actitud no es cristiana y, por descontado, el pesimismo no puede formar parte de una actitud cristiana ante la vida.


El cambio de valores en la sociedad

Después de este prólogo que es una llamada a la esperanza, la ilusión y el optimismo, comprendo las preocupaciones de algunos padres que se plantean, con cierta angustia, el futuro de sus hijos o de sus nietos. Pero la respuesta es terminante: vivirán mejor y con mejores y mayores posibilidades que nosotros. Sólo tenemos que vernos a nosotros mismos, que estamos viviendo mejor que nuestros padres y abuelos. Personalmente, las carencias que tuve en mi adolescencia y juventud, no las han tenido mis hijos. Estoy convencido que mis nietos van a tener menos carencias y más posibilidades.

Nuestra sociedad, hoy, es distinta de las anteriores. Así de simple, han desaparecido principios o se interpretan de otra manera y el resultado es una sociedad diferente, que difícilmente se puede catalogar desde mejor o peor, pues tiene aspectos positivos y otros negativos, como siempre ha ocurrido. Nuestra sociedad es diferente y la del futuro va a ser, también, distinta, porque las personas y la sociedad cambian constantemente. Si miráis ochenta o cincuenta años atrás veréis los cambios que han existido en todos los órdenes y, si veis lo que está ocurriendo a vuestro alrededor, podemos imaginarnos, aunque muy someramente, los cambios del futuro.

Es verdad que estamos viviendo un cambio muy rápido y profundo en los valores y criterios prevalentes en nuestra sociedad y que servían de marcos de referencia para los comportamientos individuales y colectivos. Criterios morales y valores que se consideraban fuertemente arraigados y válidos, han sido desplazados por la dialéctica de la mayoría, la fuerza de los votos, el consenso social real o tácito, las encuestas sociológicas y el positivismo jurídico.


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