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05:18
19/11/19

Transitemos... por los caminos de una España unida, justa y en paz

Parafraseando a Fernando VII, ellos pueden decir transitemos, y yo el primero, por la senda constitucional, en inmovilidad o en modelos federales y plurinacionales, respectivamente.Yo prefiero sostener que debemos transitar, y yo el primero, por los caminos de una España unida, justa y en paz

Transitemos... por los caminos de una España unida, justa y en paz

Muchos comentaristas, situados inequívocamente a la diestra, lanzan sus señales de alarma ante la deriva de la política española, al vislumbrar que se están poniendo en jaque lo que consideran logros de la Transición, a saber:

  • La concordia entre los españoles, el pacífico discurrir desde un régimen autocrático (o de oprobiosa dictadura, como lo denominó Adolfo Suárez, antiguo secretario general del Movimiento) a otro democrático y la Corona, como garante de todo ello.

Por otra parte, politólogos de la izquierda no se recatan de hablar de una segunda transición; entre estos... 

  • Unos se limitan a dar por periclitada la primera, visto lo visto; otros, más radicales, cuestionan aquellos logros por insuficientes, y no deja de haber quienes, obnubilados por sus dogmas atávicos añaden a esta insuficiencia una carga de herencia franquista, que alcanza en la línea de flotación a la propia institución monárquica, cuya existencia se debe —y en esto estamos de acuerdo— a una decisión de Franco; no ha servido de nada para mitigar estas opiniones el silencio regio ante la profanación de la tumba en Cuelgamuros…
  • La segunda postura de las mencionadas, la de siniestra —desde el lunes pasado posiblemente encaramada en el poder progresista— mantiene que las heridas se cerraron en falso, por lo que se sacó de la manga la demencial Ley de Memoria Histórica, destinada a cambiar en los libros y en las mentalidades de los españoles el resultado de una guerra civil y cuarenta años de nuestro pasado, en operación de signo orwelliano.
    • Conviene recordarle a Casado –que vino a decir si todos me hubierais votado a mí, no habría pasado esto— que su partido no tocó una coma de la infausta ley ni de otras del mismo signo.

La connivencia de los sectores de la izquierda con los nacionalismos centrífugos parece dar la razón a ambas posiciones:

  • A la derecha, porque se trata de una maniobra de largo alcance, con espoleta de efectos retardados en la propia Constitución del 78 (que se firmó, no lo olvidemos, bajo el símbolo del águila de San Juan) y sus instituciones todas, empezando por la cuestionada Monarquía;
  • A la izquierda, porque nos encontramos ante un remarque de aquel añejo Frente Popular, con la intención de dejar en proscripción pública por lo menos a la mitad de los españoles.

Uno, que creció en el anterior Régimen y maduró en el actual, va un poco más allá en sus humildes opiniones personales, que sabe que no tienen el menor peso específico para sus coetáneos, pero confía en que alcancen un poco más de validez para la posteridad. Así, sin dejar de reconocer algunos logros de la transición, no se corta ni un pelo en achacarle una crítica esencial: el haber puesto las bases para lo que está ocurriendo hoy en día.

  • En primer lugar, haber creado el monstruo del Estado de las Autonomías, que lejos de acercar la Administración al ciudadano (eso decía la propaganda inicial), creó diecisiete feroces centralismos en manos de las oligarquías localistas, y, especialmente, sirvió de caldo de cultivo para los virus del separatismo o, en su grado menor, para potenciar los particularismos aldeanos en pugna perpetua con los de la aldea vecina.
  • En segundo lugar, aquel Régimen del 78 hizo mangas y capirotes del valor del patriotismo, que convirtió en algo vergonzante y extraño para una gran parte de los ciudadanos; el resultado también lo tenemos a la vista; la actitud española ante este valor universal no resiste la menor comparación con otras naciones de nuestro entorno.
    • Para no alargarme, no entraré en detalles acerca de la conversión de la democracia en partidocracia, de las promesas incumplidas, del absurdo de las normas electorales, del remedio del paro, del estado de la Enseñanza, etc.

Si la postura de la derecha la estimo consentidora y bobalicona (casi una constante a lo largo de nuestra historia), la de la izquierda la reputo de dañina y sumamente peligrosa: no trata de ofrecer alternativas a los problemas reales y de hoy, sino que se embarca en una operación retorno hacia el pasado, que incide en la fragmentación radical de la sociedad española, poniendo el referente en los odios y rencores de hace ochenta años, que, dicho sea de paso, habían desaparecido por completo de los esquemas mentales de quienes nos educamos en el Régimen franquista.

  • La izquierda de la segunda transición propone un salto en el vacío en este y en otros aspectos no menos preocupantes;
  • La derecha no osa levantar la voz —ni en esto ni en muchos temas que se alejen de lo estrictamente económico y funcional—, para no ser señalada con los epítetos denigrantes al uso.
  • Una y otra, eso sí, levantan cordones sanitarios in péctore a Vox, que no entra en el juego.

Insisto en que el problema de fondo no está ni en juzgar ahora la Transición ni el Régimen que la precedió —tarea de historiadores—, ni en pugnar por una ruptura con las herencias nacionales, gusten o no.

  • Lo importante es buscar caminos para una renacionalización de España, la que desatendió la Primera Transición y que rechazan de plano los partidarios de la segunda y sus aliados nacionalistas.

Claro que siempre ha sido muy difícil pedir a los partidos políticos, a la derecha y a la izquierda, que piensen en España y en los españoles.

  • Parafraseando a Fernando VII, ellos pueden decir transitemos, y yo el primero, por la senda constitucional, en inmovilidad o en modelos federales y plurinacionales, respectivamente.
  • Yo prefiero sostener que debemos transitar, y yo el primero, por los caminos de una España unida, justa y en paz.

 

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