SEMBLANZAS

Juan Velarde

El mejor homenaje es el de leer todo lo que ha escrito, relegado o ignorado por ser uno de los mejores economistas de España, ser católico y falangista.

Artículo publicado en Cuadernos de Encuentro, núm. 152, de Primavera de 202 3. Ver portada de Cuadernos de Encuentro en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín de LRP.

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Juan Velarde

Juan Velarde


El pasado 3 de febrero falleció Juan Velarde Fuertes, cofundador de nuestro Club de Opinión Encuentros y miembro de su Junta de Asesores.

Y me he puesto a intentar escribir unas líneas sobre tan luctuoso hecho aunque me va a ser difícil hacerlo porque se me amontonan los recuerdos, por lo mucho que ha significado para el Club y lo que ha significado personalmente para mí.

En mi caso, y en el de otras muchas personas de mi generación porque hemos coincidido con él en sus ideas y convicciones y durante muchos años le hemos estado considerando como maestro y guía al que recurrir en nuestras dudas, en el temor a estar equivocados, en los momentos en los que se nos derrumbaban muchas ilusiones y proyectos, y que él tras escucharnos pacientemente, disipaba, y corregía, algunas veces de un modo implacable, y nos explicaba, que todo eso nos ocurría porque confundíamos ideas y conceptos, dando más importancia a anécdotas y afirmaciones que dábamos por buenas –y que en muchas ocasiones eran falsas–, cuando lo importante eran las categorías confirmadas. Largas conversaciones que se desarrollaban en un clima amistoso y paciente que no era habitual en él, que para otras personas y grupos solía tener menos paciencia y sacar su mal genio, y de las que salíamos más confortados y con las ideas más claras gracias a sus contundentes y documentados argumentos y abrumados por sus conocimientos.

Y si nos referimos a nuestro Club, por su permanente y generoso apoyo, su presencia física siempre que se la hemos solicitado como orador o invitado a nuestras conferencia y coloquios, sacando tiempo de sus incontables compromisos. Sus frecuentes y sólidos artículos en esta revista de Cuadernos de Encuentro y las matizaciones, felicitaciones o críticas, que de todo había, que nos hacía de cada uno de sus números, que yo esperaba impaciente y que se producían normalmente de noche e incluso de madrugada, pero demostrando que se los había leído íntegros, hasta el pie de imprenta.

Ya son numerosos los artículos sobre él en los medios, y hasta ahora todos favorables, y supongo que seguirán apareciendo más, en los que se le reconoce como una de las inteligencias más claras y destacadas de España y no solo en su especialidad, la economía, sino también en otras muchas materias,

También me comunican que la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de la que era presidente de Honor, tiene previsto un acto in memoriam, en la que como no puede ser de otra manera supongo que se hará una enumeración de sus muchos mérito académicos, sus premios, sus libros, sus ensayos y sus magistrales conferencias, cosas que dejo a otras personas más autorizadas que yo.

Porque yo prefiero recordarle y destacar de él algunas otras cosas menos importantes, pero que hicimos juntos en los muchos años que me honró con su amistad y que fue solidificando una mezcla de confianza admiración y respeto.

Para ello solo voy repetir un par de anécdotas que ya he contado incluso escrito en otros sitios y que he vivido con él, porque creo que definen precisamente eso que acabo de escribir. Una referida a lo que significó para mí en un momento determinado y en la otra, una faceta tal vez inédita de sus incontables y sorprendentes conocimientos.

La primera se produce en la difícil etapa en la que, ya muerto Franco, se inició la Transición y muchos españoles estuvimos preocupados por intentar adivinar el camino, o más bien los caminos, que en lo político se empezaban a abrir a un lado y a otro desconocidos para nuestra generación tras cuarenta años de un régimen diferente, y por una serie de circunstancias que no vienen al caso, conocí a Adolfo Suarez, a la sazón vicesecretario general del Movimiento siendo ministro Herrero Tejedor, que un buen día me citó primero en su despacho y más tarde en el comedor reservado del Hotel Meliá. Invitación que pensé era para reprocharme alguna cosa que hubiera dicho o escrito especialmente la primera en mi calidad de presidente de la Agrupación de AA.MM. del Frente de Juventudes recientemente elegido.

Pero no fue por eso, sino para iniciar una fluida y curiosa relación que a partir de ahí tuvimos, incluso cuando salió del cargo y fue nombrado presidente de la Telefónica.

Los que le han tratado saben bien que Suarez tenía un conocido encanto personal y una enorme capacidad dialéctica de seducción para convencer de algo a las personas que le interesaban.

Y lo pude comprobar cuando llegó el anuncio de las primeras elecciones y un día me llamó para invitarme otra vez comer y a los postres me hizo la oferta de que le gustaría poder contar conmigo y que me incorporara al equipo del partido Unión del Pueblo Español que acababa de fundar, ofreciéndome un puesto en las listas electorales.

Consciente de que el interés no era por lo que yo pudiera aportar individualmente, sino porque pensó que yo podía inclinar en ese sentido algunos miles de agrupados de toda España, decliné el ofrecimiento.

Sorprendido, me preguntó el motivo, y cuando le contesté con sinceridad y tal vez algo de impertinencia que porque en unos casos no conocía, y en otros no me fiaba, del equipo fundador de ese partido, insistió, y fue desmontando hábilmente todas mis reservas y reticencias.

Y ya algo molesto al comprobar la firmeza de mi negativa, me hizo una última pregunta, ¿De quién te fiarías para cambiar de idea? y sin dudarlo le contesté que si también estaba en ese proyecto Juan Velarde. Se quedó callado y me despidió diciéndome, que pronto tendría noticias suyas.

Llegaron las elecciones, él cambió sobre la marcha y por sorpresa el nombre del partido por el de UCD, y ni qué decir tiene que no me volvió a llamar. Cuando posteriormente presenté a Juan en una conferencia coloquio en la Facultad de Derecho conté esa anécdota que él no conocía, le hizo mucha gracia y contó que a él también le intentaron fichar y me agradeció mi confianza en él, en algo que tal vez hubiera podido haber cambiado el rumbo de mi vida política.

Valga esta anécdota como prueba de la confianza que muchos de nosotros hemos tenido siempre en el buen hacer, el criterio y la honradez política de Juan Velarde.   

La otra anécdota se refiere a uno de los viajes que hicimos juntos.

A Juan le habían concedido un premio en Asturias, y un nutrido grupo de los que él llamaba sus fieles camaradas, decidimos acompañarle.

Tras la cena, muy nutrida de comensales, le llamaron por teléfono, se le cambió la cara, y nos dijo que tenía que volver urgentemente a Madrid porque tenía un asunto que solucionar a primera hora del día siguiente. Se buscó algún medio para hacerlo, pero no había ningún tren ni ningún avión para que pudiera cumplir su compromiso y al ver su apuro, me ofrecí a traerle a Madrid. Aceptó en seguida y junto a mi hijo Luis Fernando y Venancio de la Campa, también asturiano y miembro de nuestra Junta de Gobierno, que nos había acompañado, iniciamos el viaje que fue para nosotros inolvidable.

Porque durante seis horas fue un torrente de anécdotas, unas serias y otras divertidas, comentarios y confidencias sobre toda clase de temas y de personas que escuchábamos asombrados por la profundidad de sus conocimientos y su forma sencilla con que nos las contaba.

Pero el broche de nuestras sorpresas, fue que en un momento de nuestro viaje nos pidió parar en una gasolinera porque quería comprar «las mejores mantecadas de España». y eso motivó que al seguir nuestro camino, durante un buen rato, siguió hablándonos de que como era muy goloso, conocía muy bien el tema, y nos dio una larga lección sobre toda clase de dulces españoles y europeos, Lo sabía todo. Los nombres de las pastelerías y de los pasteleros y los secretos de sus ingredientes descubriéndonos una faceta inédita para nosotros de sus muchos saberes y que posteriormente fui enterándome de que era también conocida por otras personas de su entorno.

El mejor homenaje es el de leer todo lo que ha escrito, relegado o ignorado por ser uno de los mejores economistas de España, ser católico y falangista.

Descanse en paz