PERSONAS DESTACABLES

Eduardo Marquina y su poema dedicado a José Antonio

Eduardo Marquina fue todo un poeta que a lo largo de su vida, y con enorme entusiasmo, cantó la gloria de España en toda su obra literaria. Entre sus poemas recogemos el que compuso para una portada que el diario ABC dedicó al fundador de la Falange, un 20 de noviembre de 1938

Eduardo Marquina y su poema dedicado a José Antonio

Eduardo Marquina y su poema dedicado a José Antonio

Fueron varias las portadas que el periódico monárquico ABC dedicó a José Antonio Primo de Rivera. Todas ellas con una amplia fotografía del fundador de Falange Española acompañada de un pequeño texto. La primera publicada en la edición de Sevilla el 20 de noviembre de 1938. La guerra aún no había terminado y la ciudad de Madrid seguía ocupada por los rojos. En esa fecha, el periódico acompañaba a la fotografía un poema de Eduardo Marquina.

Este poeta que si existe un hombre que al mismo tiempo haya podido ser periodista, narrador, recitador y actor teatral: este es el catalán Eduardo Marquina, nacido en la Ciudad Condal el 21 de enero de 1879. Triunfó, sin duda, más como dramaturgo, pero era un gran poeta, aunque para las generaciones jóvenes, hoy es casi un desconocido.

Su padre, Luis Marquina y Dutú, era un aragonés de pro que se ve un día obligado a emigrar a Barcelona con su hermano Pedro que tenía vocación literaria, y su hermana Mariquita, porque al quedar huérfanos las necesidades económicas les obligó a ello.

Luis encuentra trabajo y al mismo tiempo encuentra también el amor. Ella era Eduarda Angulo nacida en Barcelona, pero con raíces leonesas. Entre tanto su hermano Pedro terminaría marchando a Madrid donde sueña con la gloria literaria mientras su hermana Mariquita prefiere asentarse definitivamente en la Ciudad Condal junto con su hermano Luis.

Cuando nace Eduardo haría el número dos de los hijos del matrimonio. La primera era María Luisa, una preciosa niña que había quedado encantada con la venida al mundo de su hermano que fue bautizado el 26 de octubre en la catedral de Barcelona. Tras de Eduardo nacerían Emilio, Juan, Pilar... Y todas las noches, en un pequeño oratorio que el matrimonio tenía en su casa, se reúnen y se arrodillan a los pies de la Virgen y el padre dirige los rezos cuando ya se ha extinguido el trajín del día y la casona está envuelta en silencio.

Eduardo ingresa muy joven en las Escuelas Cristianas.  Pronto, muy pronto, su interés por el estudio hace que destaque entre todos sus compañeros.. Nada le cansa en un primer contacto con los libros. «Entendía a los maestros –dice– con instantánea comprensión; y fui alguna vez más allá que otros alumnos en las respuestas y explicaciones. Como eso parecía incomodar a los primeros de clase, poco a poco dejé de excederme. Así adquirí el hábito de almacenar lo que supiera, repasándolo y removiéndolo de vez en cuando, a mis solas, para que no se me muriese dentro. Me acostumbré a pensar. Me encantaba ese íntimo deporte. Era tomar posesión de un mundo interior donde me desquitaba del aislamiento externo».

Un buen día, la idea patria se le enciende de repente cuando el hermano Isidoro habla a sus alumnos de Patria y de España. Era francés este fraile, pero amante de la tierra en la que ahora vivía, España. Les explica el pleito con Alemania en torno a las islas Carolinas descubiertas en 1526 por el español Alonso de Salazar. En 1885 los alemanes enviaron a una de las islas, concretamente a la isla de Yap, un cañonero izando su pabellón. Esto produjo un conflicto que dio lugar a la intervención del papa León XIII que resolvió mediante arbitraje a favor de España.

«Cualquiera de nosotros –contaría después Marquina– se habría dejado despedazar por las Carolinas. Yo las estuve viendo noches y noches, graciosas, esbeltas, con sus largos vestidos acuáticos de color azul. Las tres infelices hermanas –para mí eran tres, como las princesas de los cuentos– huían despavoridas de una Alemania gorgorina, desgreñada, que tendía hacia ellas una mano descomunal de bruja de las siete varas de uñas…».

Pasan los años y Eduardo Marquina se casa el 18 de junio de 1903 con Mercedes Pichot en la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona. El matrimonio se instala en Madrid colaborando Marquina en el Heraldo donde publica comentarios líricos «con el título común de Canciones del momento». Son días duros, pero poco a poco se va abriendo camino en un mundo tan difícil como es el de las letras.

Frecuenta una tertulia situada en un café de la Puerta del Sol donde conoce a Miguel de Unamuno quince años mayor que él. Marquina le habla de que está preparando un nuevo libro de versos, Elegías, que llega a publicar en Madrid y en donde ve la luz el poema Fin y oración que mucho conmueve a Unamuno: Señor, Señor de buenos y malos: / con las manos unidas te rogamos. Mira Señor, que tú lo has decidido; mira, Señor, que tú nos has unido

Este poema le coge a Miguel de Unamuno cuando éste empieza a enfrascarse en el Tratado del amor de Dios, y por eso escribe: «Del dolor brota el amor; amarse es compadecerse. Solemos llamar amor al enamoramiento, a ese egoísmo mutuo que hace que se busquen los amantes para poseerse, no para fundirse, tomándose uno a otro como instrumento de deleite. Lo que une los cuerpos separa las almas…»

Marquina es todo un poeta. Por ello, el diario monárquico en su primera portada que dedica a José Antonio Primo de Rivera, publica estos versos dedicados al fundador de Falange

Dijiste bien, que para el mozo es duro
perder la vida en flor… Pero aquel día
servicio de morir se te pedía
y, por España, te pegaste al muro.

Tu noble frente en el presidio oscuro,
blanca de astrales besos relucía;
zarco albacea, el mar recogería
tu imperial vaticinio de futuro.

Bocas de acero, rompen a balazos
el aire; tu evangelio hecho pedazos
quiere aventar la Bestia en tus cenizas,

pero no ve, cuando feroz te agravia,
¡que tú, esculpido de la muerte sabia
en mármol juvenil, te inmortalizas.

Era el día 21 de noviembre de 1946 cuando le sorprendía la muerte. El poeta se encontraba en Nueva York donde el barco Marqués de Comillas atracaría en aquel puerto donde Marquina tenía pensado embargar para volver a España. Inútil llegada porque al poeta le habían faltado días.

Sin embargo, sus restos regresarían en el mismo barco que él había esperado con impaciencia. El cadáver sería amortajado con un hábito de franciscano y envuelto en la bandera española como hacía tiempo había pedido a su hijo.

El 4 de diciembre el Marqués de Comillas toca puerto. Era el de La Coruña y las sirenas del barco anuncian su llegada. El cadáver es trasladado al Ayuntamiento donde queda instalada la capilla ardiente. Se celebra una misa corpore insepulto y una vez finalizada se procede el traslado de los restos hasta el furgón del tren expreso de Madrid.

Ante un gran silencio llega el féretro a la capital de España y es recibido por autoridades y amigos. Después, por la ronda de Segovia marchó la comitiva hasta la estación de Mediodía donde quedó instalada la capilla ardiente.

Se celebraron misas por su alma asistiendo a una de ella el jefe del Estado que quiso testimoniar su profundo pesar por el fallecimiento del ilustre poeta y dar personalmente el pésame a sus familiares.

Sus restos descansan ahora en el Panteón de hombres ilustres, que posee en el cementerio de San Justo, la Sociedad de Escritores y Artistas.

Con la muerte de Eduardo Marquina, desaparecía el poeta que a lo largo de su vida, y con enorme entusiasmo, cantó la gloria de España en toda su obra literaria.


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