REFLEXIÓN SOBRE JOSÉ ANTONIO Y LO JOSEANTONIANO

Salvando la distancia.

Mi apuesta se basa en una apreciación –compartida por muchos–, fruto del estudio y de la profundización, más que de la emotividad: de los textos de José Antonio se pueden entresacar unas constantes esenciales, que se traducen en valores y en ideas permanentes, válidas para nuestro tiempo, y, además, necesarias.

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Salvando la distancia.

Salvando la distancia.


En uno de los escasos contactos sociales que nos permiten las normas sanitarias en estos tiempos de pandemia, he podido reencontrarme con un amigo a quien no veía hacía tiempo; casualmente, era lector de La Razón de la Proa y de ella me habló. Tras mostrar su agrado por la excelente estética de la página y valorar el esfuerzo de quienes colaboran, no ha podido menos que aludir a lo que considera “anacronismo” del intento. Para mi amigo, José Antonio Primo de Rivera es un valioso personaje de nuestra historia, digno de estudio por parte de los especialistas en ella… pero nada más; decía mi amigo que la distancia de ochenta y cinco años es insalvable para darle actualidad.

No opino igual, claro, y le rebato su argumentación en el curso de un entrañable diálogo que se ha entablado en el encuentro; de entrada, me reafirmo en una definición personal que cada día me gusta más: soy un joseantoniano del siglo XXI. A continuación, le expongo las razones, las mismas que sintetizaré en este artículo. Mi apuesta se basa en una apreciación –compartida por muchos–, fruto del estudio y de la profundización, más que de la emotividad: de los textos de José Antonio se pueden entresacar unas constantes esenciales, que se traducen en valores y en ideas permanentes, válidas para nuestro tiempo, y, además, necesarias.

Parto de una coincidencia con la mayor de mi amigo: ochenta y cinco años son muchos, y han pasado muchas cosas en el mundo para acometer, ingenuamente, una tarea de rescate en el tiempo, que nos conduciría sin duda a ese anacronismo que mi amigo mencionaba, y, de paso, a los dulces campos de la utopía ucrónica. Le enumero todo aquello que, en mi opinión queda reservado única y exclusivamente para la historia.

Partamos de una circunstancia, la que José Antonio vivió y que, como todo el pasado, es irrepetible; por otra parte, no se parece casi en nada a la nuestra, salvo estúpidos atavismos hispánicos… Su época era revolucionaria, en España y en Europa, con unos contextos políticos, económicos y culturales diametralmente diferentes a los nuestros; toda la parafernalia del momento era lógica, no así en la nuestra.

José Antonio interpreta su momento, pasa revista a los retos, a las necesidades más perentorias, a las urgencias de la coyuntura prebélica que viven España y Europa, valora y critica las alternativas que se dibujan en ese horizonte concreto (socialismo bolchevizado, anarquismo, fascismo…). Es evidente que, hoy en día, los retos son incluso de mayor calibre y abarcan otras esferas que él no pudo, por lógica, llegar a conocer. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de la ideología LGTBI, del transhumanismo, de la demografía, de la inmigración, de las nuevas formas de guerra, como el terrorismo o la ABQ?

Incluyo en mi argumentación de lo sobrepasado por el tiempo una terminología, la que usa José Antonio para calibrar su época; advierto que su gran aportación fue la introducción de un nuevo lenguaje en el debate político, distinto al de uso corriente en el resto de los políticos de los años 30, que provenía de épocas anteriores, por cierto. Innovó el lenguaje, y nos toca ahora, a nosotros, en el siglo XXI, hacer lo propio, pues muchas de sus expresiones han quedado des-semantizadas o son de difícil comprensión para nuestros coetáneos.

Evidentemente, tampoco son asimilables por nosotros sus determinantes personales: origen aristocrático, hijo del Dictador, confrontación de sus ideas iniciales con las aportaciones jonsistas, su propia formación intelectual y su elaboración constante de aspectos doctrinales, con el hándicap de estar en tiempos convulsos.

Y, como conclusión de todo ello, sus propuestas concretas para su época, quizás aplicables y válidas –con toda la cautela que nos proporciona la perspectiva histórica–, pero imposibles de llevar a la práctica en una coyuntura histórica tan distinta como es la presente.

Hasta aquí, mi amigo asentía, pero, inmediatamente, pasé a enumerar todo aquello que me parece válido en José Antonio y es factible e ineludible, aunque difícil, como todo lo excelente, y que de nuevo sintetizo para el lector.

Sobre todo, su objetivo último y primordial: volver a integrar al ser humano con su entorno, en busca de la armonía de la Creación, reconciliarle con los valores espirituales y culturales –aquella preponderancia de lo espiritual que repetía– y, para ello, componer un binomio indisoluble de lo tradicional y lo nuevo, de patria y de justicia social, de búsqueda de nuevos caminos para una sociedad más equitativa y libre, con valoración de lo trascendental, de lo histórico y de lo material.

Su humanismo, ya que el hombre y sus necesidades de todo tipo deben volver a ser la base de cualquier estructura social, económica y política; debe presidir toda empresa, por tanto, el respeto profundo a la dignidad, la libertad y la integridad del ser humano, considerado como persona y no como mero individuo aislado o como colectivo masificado.

Su idea de un patriotismo clásico, aplicable al ser de España y, por derivación a una futura Europa unida, que ponga el acento en la noción de empresa común y no en el territorio, el mito, la identidad o la costumbre; y, en este punto, vale marcar distancias con las corrientes de la Nueva Derecha o del identitarismo, por una parte, y, por otra, con los proyectos del Nuevo Orden Mundial de la globalización, tan opuesta a la universalidad hispánica y católica.

Su búsqueda de alternativas al capitalismo de su época, que nosotros no debemos imitar, sino crear para revisar, si es que no se puede sustituir, el neocapitalismo de hoy, que pasan por una concepción distinta del trabajo, la propiedad y la empresa.

No estaría de más estudiar sus formulaciones de autentificación de la democracia, con estructuras de participación en la cosa pública que sean más auténticas; también aquí ha de imponerse el realismo, pero no son descartables modos de articular esa participación que completen, con ventaja, a las establecidas.

No olvidemos, como punto esencial, la ética joseantoniana, uno de los puntos fuertes de esta aportación al siglo XXI, y que se puede resumir en las ideas de quehacer vital, de servicio y. cómo no, de imperativo poético (es decir, creativo y, a la vez, bello). En este aspecto y en lo anterior, concluyo que José Antonio no es un estereotipo, sino un arquetipo, como gusta de decir Enrique de Aguinaga.

No sé si convencí a mi amigo con mis argumentos. En todo caso, me queda el consuelo de que seguirá siendo un lector –quizás más asiduo– de La Razón de la Proa.

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