OPINIÓN | ACTUALIDAD

Doctores de la ley y catedráticos de Argamasilla

El odio, aquella cosa tan mala que la Iglesia dejó pintada desde sus comienzos, no es un pecado sino un delito. ¡Un delito! Y, consagrada la invención, montaron un chiringuito especializado para ver las penas que había que aplicar a los estultos ciudadanos que tuvieran la desgracia de odiar a sus semejantes...


​Publicado en la revista 'Desde la Puerta del Sol', núm 374, de 10 de noviembre de 2020. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa.

Doctores de la ley y catedráticos de Argamasilla

Doctores tiene la Iglesia. Nos enseñaron, hace ya muchos años, que odiar es una cosa muy mala. Nos dijeron que el Maestro había dicho, y practicado, aquello de «amaos los unos a los otros, como yo os he amado», que era la frase más hermosa que jamás ha pronunciado Hombre alguno, pero, sabio Él, mejor dicho, siendo la Sabiduría en grado sumo, también dejó amartillado que, en vista de nuestras flaquezas, si alguien se dejaba llevar por ese virus perverso disponía de remedio, para bien decir inmediato. Por ejemplo, la bastaba con arrepentirse de veras, proponerse no incidir en el asunto y, si venía al caso, recibir la bendición de alguno de sus vicarios. Si tal cosa se hacía bien, el daño que infligías quedaba anulado y tu alma limpia como una patena cuando el sacerdote la usa en la misa.

Todo venía a cuento porque esa cosa maligna era un pecado y, como es sabido, que alguien se atreva a tirar la primera piedra. Sí, doctores de la ley santa, que lo tenían todo calculado, cerraron este capítulo de la pasión humana. Urdieron tan bien los pormenores que llevan ejerciendo dos milenios y apenas han cambiado, si acaso en las formas externas, total minucias. Oh, gran logro de la Humanidad a tener presente, si creemos.

Pero hay más doctores en el mundo. Qué digo doctores, hasta catedráticos. Estamos rodeados de catedráticos, tantos que no puedo evitar recordar a los de Argamasilla. Aquéllos sí que podían presumir. Ellos sí que llegaron a contemplar, y a vivir, una patria grande, aunque para entonces ya acusaba los síntomas de una epidemia destructora.

Pero en esta España tan avanzada que tenemos, es decir que va quedando, cualquiera alcanza una cátedra. No se le exige mucho al optante, basta con existir, tener el potaje asegurado y alguna que otra conexión por conductos secretos. Bajo otros supuestos, les pasa casi lo mismo que a los alumnos, pobres criaturas, que, con uno, dos o tres suspensos pueden pasar de curso. El fatídico 4 es una antigualla. Para llegar a ser una persona de provecho en España basta con no saber hablar el español, ignorar quién era Franco, citar a Donoso Cortés y otras lindezas por el estilo. El objetivo es poder ingresar en una sociedad hecha a la medida de la igualdad y la fraternidad, y, acaso, la barbaridad.

Pues bien, estos doctores de la ley, de la ley laica, analfabeta, estúpida y disparatada, que tienen por costumbre reunirse en una sala en forma de dentadura postiza, con la que se comen sus buenas merendolas de cigalas y otros bichos, acuerdan, cuando les viene en gana, porque la verdad es que trabajan poco, que el odio, aquella cosa tan mala que la Iglesia dejó pintada desde sus comienzos, no es un pecado sino un delito. ¡Un delito! Y, consagrada la invención, montaron un chiringuito especializado para ver las penas que había que aplicar a los estultos ciudadanos que tuvieran la desgracia de odiar a sus semejantes.

El caso es que ya funciona. Han creado un corpus atirantado donde se contemplan los más nimios detalles, incluyendo las penas, que pueden llegar hasta conducirte a la cárcel. La legislación española se ha puesto por montera un broche de oro y ha contribuido como nadie –bueno, como pasa en otros países de la misma cuerda– a elevar el nivel de nuestros promulgadores de leyes. Y los juristas, otra clase de doctores que también lo son de la Ley, callan como muertos, no sea que una sola objeción dicha en un descanso de la partida de póker sea causa de comentarios malquistos.

Me gustaría saber qué baremos han utilizado para definir el susodicho delito. Es decir, hasta dónde hay que odiar para caer en esa trampa horrorosa, porque no es lo mismo una simple inquina que una venganza, no es lo mismo negarle el paso a la vecina de arriba cuando va a coger el ascensor que hacerle pupa con un cuchillo de cortar jamón. Esto del delito es más complicado de lo que parece. Como me temía, también los antiguos practicaban este horrendo delito, lo cual retrotrae la estupidez de la especie a tiempos lejanísimos.

He buscado en mi biblioteca algunos tratados que hablan de esto. Un libro de un profesor de criminología de la Universidad de Bonn, Hans von Hentig, abundaba tanto en ejemplos que llegaba hasta el descuartiza-miento. Pero eso era en Alemania, en unos tiempos donde entonces sacar matrícula en odiar a la gente era sumamente fácil. Hoy ya no, al menos de forma oficial. Hoy se odia en silencio. Hoy se tiene un sentimiento de desprecio más sofisticado y se sonríe detrás, o debajo, de la mascarilla, porque estamos ante un nuevo horizonte.

Así, que es pecado o es delito. La flamante disciplina que viene de lejos, quiero decir de arriba, impone establecer una distinción capital, sobre todo porque en el primero de los casos bastaba con un acto de contrición, pero en el segundo vaga por nuestro entorno un papelote que llaman multa. Bueno, denuncia en formato talonario que después los que mandan convierten en multa, que es la forma coercitiva civilizada que tiene el Estado de meter sus manos en nuestros bolsillos.

Dadas las circunstancias, debemos preguntarnos si debemos o no adherirnos a uno de los términos. Porque la situación se ha vuelto tan enconada, las posturas se han afilado tanto, que conviene perfilarse y optar: o se es pecador o se es delincuente.

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