OPINIÓN | ACTUALIDAD

España, pueblo de ovejas o pueblo de la rabia y de la idea

Ante la triste resignación acrítica en la situación presente de España, nosotros debemos encarnar la ‘España de la rabia y de la idea’ que profetizó Antonio Machado.

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La imagen de fondo corresponde a la estatua de Antonio Machado en Baeza (Jaén).
España, pueblo de ovejas o pueblo de la rabia y de la idea

España, pueblo de ovejas o pueblo de la rabia y de la idea

Oímos constantemente a nuestro alrededor frases como: Cuando esto se acabe…, Ya habrá tiempo de…, Hemos de estar unidos…, A ‘esto’ lo derrotaremos todos juntos, y otras varias del mismo jaez. Pues bien, confieso que cada día me siento más exasperado ante tanta vacuidad. ¿Qué haremos cuando ‘esto se acabe’? Ya habrá tiempo, ¿para qué? ¿Qué significa ‘estar unidos’? Y derrotar a ‘esto’ ‘todos juntos’, ¿no está siendo sinónimo de callar en manada?

Cuando pienso en el espectáculo que estamos dando los españoles, en primer lugar a nosotros mismos, me entran ganas de reír, de pena y de vergüenza. Es decir, me río por no llorar. A veces pienso que somos unos fatuos. Se nos hincha la boca de autoproclamarnos los mejores, los que saltamos como el rayo ante las injusticias, los que no permitimos ni un tanto así que ‘nos toquen la moral’, los más valientes, los más arriscados, los más rebeldes… ¡Paparruchas! Yo lo que veo es, más bien, a un pueblo domesticado, sumiso, achantado, obediente hasta el servilismo, silente…

No entro en la polémica de si el Gobierno lo está haciendo bien, mal, o mediopensionista. Lo que digo es que, sea lo que sea lo que esté haciendo, no se estén despertando a coro voces críticas, salvo contadas excepciones. Nadie, o muy pocos, se pregunta nada. Nadie cuestiona nada. Lo dice el Gobierno, y basta: no se le debe molestar ‘ahora’, porque lo importante es ‘estar unidos’.

Un ‘estar unidos’ que, al parecer, significa sólo una cosa: obedecer. Y obedecer sin chistar, claro, que ya luego… ¿Luego, qué? ¡Ah!, ya se verá… Este país, nuestro país, España, está irreconocible, y eso en medio de la mayor tragedia que nos ha golpeado en mucho tiempo. ¿Irreconocible… o es que de verdad somos así? ¿No será que nos hemos fabricado unos estereotipos al uso, unas máscaras, para disimular nuestras carencias?

Tal vez haya una explicación sociológica para tanta babia, porque si no, lo que pasa sería incomprensible. Tal vez lo que nos pasa es que estamos sometidos de forma implacable al influjo de los medios de comunicación, los mass media, que, como su mismo nombre inglés indica, son medios de comunicación de ‘masas’; es decir, de ‘rebaño’. Unos medios que en España son, mayoritariamente, correas de transmisión del poder político.

Tal vez sea eso, que nos tienen hipnotizados, o, mejor aún, idiotizados. Pero ser víctimas no justifica nada. No es un consuelo, sino más bien lo contrario: un desconsuelo, un infinito desconsuelo. Porque si eso es lo que hemos venido a ser, masa, rebaño, es como para decir aquello de que ‘el último, que apague la luz’, y largarse. Tómese esto, desde luego, como una metáfora.

Hoy en día, los mass media por antonomasia son las televisiones, que reparten comunión seudoespiritual diaria a millones de personas cada día. Es decir, reparten anteojeras. En España tenemos un oligopolio televisivo dominante, formado por una cadena pública y dos privadas, alineadas principalmente con el Poder. Y se da la paradoja de que mientras un Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno, prepara su revolución comunista sustentándola en el ataque-pamema a ‘los poderosos’, él, junto con su soviet gubernamental, tiene el verdadero Poder, el Poder fundamental, el Poder de los mass media.

Unos mass media que, como señala una reciente entrada en su blog de otro resistente, Dolça Catalunya (a quien de paso digo que le deberíamos tributar algún día el rendido homenaje que se merece), basan su adoctrinamiento mediante la creación de confusión, la ocultación o disimulación de datos, la difusión del miedo, y el fomento del infantilismo, tratando a los españoles como a niños…

Esto es lo que tenemos. Este es el triste teatrillo de la España de nuestros días: golpeada, dolorida, agachada, atónita, confusa, humillada… Pero permítasenos pensar que todavía no está derrotada. Levantemos un canto a la esperanza, pues nosotros no estamos aquí para llorar. Como el poblado galo de Asterix, pero en la vieja y amada Hispania, resistiremos. Es un póstumo homenaje que hemos de hacernos a nosotros mismos, encarnando ‘el pueblo del futuro’ de la profecía de Antonio Machado:

Mas una nueva España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,
España que alborea,
con un hacha en la mano vengadora,
¡España de la rabia y de la idea!


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