OPINIÓN

¿Dónde están hoy los oprimidos?

La confrontación electoralista con la imagen de menores inmigrantes puede resultar inaceptable, pero no desmiente la magnitud de los «oprimidos» por una pensión pírrica.


Publicado en primicia en el digital La Razón (Andalucía) el 26/04/2021. Enviado posteriormente por su autor a La Razón de la Proa. Recibir actualizaciones de La Razón de la Proa.

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¿Dónde están hoy los oprimidos?

¿Dónde están hoy los oprimidos?


Da la impresión de que la contracultura en España va abriéndose paso irremediablemente como el agua que busca una salida natural. Es algo repetido en la historia de la humanidad. Un proceso recurrente en el que sólo cambian los protagonistas de la cultura oficial e incontestada y los que irrumpen a quemarropa como contestatarios de la verdad asentada.

Martín Lutero fue el líder contracultural que dio pie a la reforma protestante del siglo XVI. El cristianismo, ya fuese en la forma católica o protestante, fue contestado en el siglo XVII por el pensamiento ilustrado que entonces encarnaba la contracultura occidental y que acabó pariendo al despotismo ilustrado. El marxismo fue la contracultura de final del XIX y comienzos del XX y sólo fue contestado abiertamente por los fascismos de los años 20 y 30 del mismo siglo. En definitiva, todos los hegemonismos culturales han sido contestados antes o después. El modelo cultural de mayo de 1968 no iba a ser una excepción.

Efectivamente, acertaba De Gaulle cuando decía que la rebelión del mayo francés no estaba inspirada única ni primeramente por la miseria, sino que en buena medida surgió como reacción frente a la sociedad de la abundancia y el consumo que emergió en la posguerra. La deriva de los líderes de aquel mayo dejó bien a las claras la claudicación de las banderas del eurocomunismo ante lo que se etiquetó como neoliberalismo por parte de sus detractores y, efectivamente, el neoliberalismo de los 80 del siglo XX fue contracultural. En España hubo que esperar hasta los movimientos de la primavera de 2011 –particularmente el 15M– para que emergiese una respuesta global, nuevamente contracultural, a la derrota de un mayo del 68 a manos del neoliberalismo de izquierdas y derechas. La reedición cultural de mayo del 68 bajo la marca del 15M acabó echándose en manos de la izquierda política que tradicionalmente ha hecho bandera de los oprimidos. Las secuelas de la crisis financiera de 2008 dejaba enormes bolsas de damnificados. Eran los nuevos oprimidos.

Una década después de la irrupción del 15M y en el fango de una nueva crisis mundial cabe preguntarse: ¿quiénes son ahora los oprimidos? En la respuesta a esta pregunta está parte del origen de la contestación contracultural a la rancia sociedad de mayo del 68 francés.

Como novedad frente a la juventud opulenta del mayo francés habría que añadir que, en España, la burguesía nacionalista imitó a la izquierda no neoliberal en la movilización de los «oprimidos» a los que embaucó en una narrativa etnolingüística y un imaginario de robos perpetrados por el resto de España.

Cuando se responde a la pregunta de quiénes son ahora los oprimidos, aparece un cartel donde recuerdan la pensión que cobran centenares de miles de abuelos españoles. La confrontación electoralista con la imagen de menores inmigrantes puede resultar inaceptable, pero no desmiente la magnitud de los «oprimidos» por una pensión pírrica. Tampoco puede ignorarse que los «oprimidos» en regiones como Cataluña no son aquellos a los que se niega el uso de la lengua local sino, precisamente, las víctimas del sistema educativo de inmersión en la lengua local que cercena el futuro profesional de todo al que se le dificulta acceder a la segunda lengua con más hablantes nativos en el mundo o la tercera más usada en internet. Son los datos que sobre el español ha publicado estos días la Secretaría de Estado de España Global.

Afortunadamente hay una rebelión contracultural frente a la reedición por el 15M del viejo mundo de mayo del 68. Si el debate es constructivo, saldremos beneficiados los que vivimos ahora y los que vendrán después. Si, en cambio, el resultado sólo es cavar más hondas las trincheras, entonces sólo habrá cambiado el panorama desde un pensamiento con vocación hegemónica –el del renovado mayo del 68– a una sociedad en la que también cabe una manera de pensar diferente, aunque una y otra España serán incapaces de reconocerse en un espacio de entendimiento mínimo.

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