OPINIÓN | ACTUALIDAD

China, una potencia incuestionable

Ningún analista y experto, tampoco historiador, cuestiona una evidencia manifiesta en los mercados internacionales y en el escenario de la geopolítica a escala planetaria.


Publicado en primicia por El Español digital (7/ENE/2021).

Recogido posteriormente, con autorización del autor, por la revista Desde la Puerta del Sol núm. 571, de 10 de enero de 2022. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa (LRP). Recibir el boletín semanal de LRP.

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China, una potencia incuestionable

China, una potencia incuestionable


Ya lo predecía el pequeño gran corsoNapoleón Bonaparte- cuando pronunció aquella célebre afirmación: «Cuando China despierte el mundo temblará». A fe que su vaticinio se ha hecho realidad y, a día de hoy, el gigante asiático se ha convertido en una potencia política, económica, tecnológica y militar, superior a cualquier otra nación o comunidad de estados, como es el caso de la Unión Europea. Ningún analista y experto, tampoco historiador, cuestiona una evidencia manifiesta en los mercados internacionales y en el escenario de la geopolítica a escala planetaria.

En 1973, cuando el escritor y político francés Alain Peyrefitte, por aquel entonces ministro encargado de las Reformas administrativas del segundo gobierno de Pierre Messmer, publicó uno de sus ensayos más célebres, Quand la Chine s´eveillera le monde temblerá, parafraseando al emperador, era muy consciente de lo acertado de la predicción. Su viaje a Extremo Oriente le convenció de forma tan apabullante y abrumadora que, sin dilación, se apresuró a escribir sus impresiones derivadas de su conocimiento de causa.

En el actual desorden internacional –digo bien-, dos potencias se hacen presentes provocando una enorme inestabilidad: Rusia y China. Pero los chinos, a diferencia de los rusos, han desarrollado facetas que, de momento, los rusos no se encuentran en condiciones de alcanzar. La Unión Europea, Estados Unidos y Japón se ven desbordados por la acometida impulsada desde Pekín, y no parece que todo vaya a cambiar a medio y largo plazo.

Además, de manera silenciosa y sutil, su expansión e influencia política sobre Oriente Medio es soterrada, pero muy efectiva, dada la dejación y abandono de posiciones que Occidente ha hecho en aquella problemática zona. A la chita callando, taimadamente, China está detrás de cualquier negociación que por aquellos lares se pretenda entablar. Es la eficaz respuesta diplomática, también económica, al bloqueo que la administración norteamericana venía imponiéndoles.

Pero seamos justos y ecuánimes en la valoración de la situación. La República Popular China no es un paraíso al que mirar con admiración, devoción y entusiasmo, en absoluto. Su régimen ha cimentado su fortaleza a costa de la vulneración de los derechos humanos, a fuerza de represión y sometiendo a su pueblo a una execrable dictadura, tan férrea como detestable. No se dejen engañar por la apariencia que proyecta, por la imagen de falsa apertura representada y, menos aún, por el comunismo de mercado que practica a costa de la sangre, el sudor y las lágrimas de sus ciudadanos.

Su sexagenario presidente, Xi Jinping, controla con mano de hierro y sin ningún prejuicio los destinos de China. No olvidemos que es el secretario general del Comité Central del Partido Comunista y el presidente de la Comisión Militar Central, es decir, aúna todos los poderes en su persona convirtiéndole en un dictador profeso y confeso.

Sin embargo, a diferencia de sus predecesores, tan dados al aislamiento y al traje Mao, se prodiga en viajes al extranjero y a participar en diversos foros de debate. Su rostro amable y cercano, su traje de corbata a la occidental, enmascara y disimula, a efectos de la opinión pública, un duro y sanguinario carácter represor.

Hong Kong, supuestamente territorio autónomo con régimen administrativo especial, ha visto cómo Pekín falta a sus compromisos tras recibir la transferencia de su soberanía por parte de la antigua colonia británica. Desde 1997, sin contemplaciones, este centro financiero y portuario a nivel mundial se encuentra sumido en una protesta continua, con el cierre de periódicos disidentes y la permanente intromisión del régimen comunista de Xi Jinping. El principio declarado y comprometido de un país, dos sistemas, se está convirtiendo en papel mojado y contenidos desdibujados. ¿Quién lo va a impedir? Nadie.

Dos indicadores corroboran, entre otros muchos, el bajo nivel de vida de los más mil cuatrocientos millones de chinos. El PIB per cápita9.211 euros en 2020– le sitúa en el puesto número 64 de los 196 países que conforman el ranking. Por otra parte, el Índice de Desarrollo Humano (IDH), la llevan a ocupar el puesto 84 de la tabla. Nada que ver con las cifras de Estados Unidos –PIB per cápita de 65.543 USD y lugar 17º en IDH–, o del conjunto de países de la Unión Europea –PIB per cápita de 33.260 euros y con todos sus países en un IDH superior al chino–. Por tanto, un régimen millonario que no distribuye la riqueza ni garantiza un necesario bienestar a sus ciudadanos.

China como Estado dispone de una colosal riqueza, acrecentada por la subida de precios que exporta, es un gigante que se impone como potencia comercial a nivel mundial, como centro de producción que controla y abastece los mercados internacionales, pero con un sistema perverso y corrompido. Ejecuta un comunismo recalcitrante hacia el interior, frente al capitalismo que practica en su política económica exterior. Esta es la paradoja contradictoria que hace realidad su presencia determinante. La fórmula es dramáticamente simple y de sencilla ejecución para resolver la ecuación. Mercado interior intervenido, mano de obra barata, costes de producción y transporte raquíticos, abundante producción a demanda, precios sin competencia, o márgenes de ganancia enormes, permiten el “milagro chino”. Así forjaron muchos imperios su potencial, su poderío y su patrimonio, es decir, millones de personas alienadas, explotadas y sometidas a un dominio insufrible e inhumano.

Pero no olvidemos ni dejemos de reconocer lo evidente, a Occidente le interesa el rol que juega China en su particular desarrollo. El capitalismo como sistema económico busca rentabilizar la inversión, adelgazar los costes de producción –léase costes salariales, fiscales, de transporte, etcétera–, minimizar los riesgos e incrementar las ganancias. Esto es menos viable en las democracias occidentales, más respetuosas con los derechos y libertades de sus súbditos, que en un sistema que tiene la estabilidad política y social garantizada a golpe de culatazo y grilletes.

China es el presente y quizá el futuro, intimida, acobarda y amenaza, no cabe la menor duda. La defensa ante el peligro que representa no reside en un enfrentamiento abierto y directo del que saldríamos derrotados, sino en una unidad sin fisuras entre el resto de naciones, en la presencia en todos los escenarios de negociaciones internacionales que puedan tener lugar, aunque aparentemente no nos vaya nada en ello.

No podemos ni debemos competir con ellos con sus propias armas, solamente podemos controlar su expansión y nuestro propio debilitamiento. Mientras el comunismo de mercado esté instaurado la batalla está perdida, así de claro y así de contundente. Efectivamente, China ha despertado de su largo letargo y el mundo tiembla ante los rugidos del tigre asiático.

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