OPINIÓN | ACTUALIDAD

A perro flaco…

España ha avanzado en su irrelevancia exterior. El descrédito de una prácticamente inexistente política exterior, unido a una política interior de confrontación entre españoles, y a los incendios secesionistas en Cataluña, precisamente promovidos por los socios de Sánchez, no son valores para fortalecer nuestra imagen exterior. Marruecos, un aliado necesario, es el último ejemplo.


Publicado en primicia en El Debate de Hoy (20/MAY/2021). Recogido en la revista Desde la Puerta del Sol núm. 463, de 4 de junio de 2021. Ver portada Desde la Puerta del Sol en La Razón de la Proa (LRP). Recibir actualizaciones de LRP.​

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La ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España, Arancha González Laya, durante su discurso en la sesión anual del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra (Suiza). En la cúpula de la sala, decorada por el español Miquel Barceló, se ha sobrepuesto una imagen de jóvenes magrebíes nadando desesperadamente frente al litoral de Ceuta.
A perro flaco…

A perro flaco…


El refranero es una fuente de sabiduría popular y, concretamente, el refrán «A perro flaco todo son pulgas» se ha convertido en actual. El perro flaco es España y las pulgas, los problemas que se acumulan ante los sorprendidos ojos de Pedro Sánchez. Un político de talla no debería sorprenderse, pero para evitar las sorpresas el presidente cuenta con Iván Redondo, su gurú, que escribió un artículo anunciando la España de 2050, nada menos, en el que cita a Sánchez, o sea, se cita a sí mismo, y reitera que «la comunidad llamada España sigue siendo posible». Las tres últimas palabras del artículo del muñidor mercenario (lo conocí trabajando para otro partido y está y estaba en su derecho, no faltaría más, pero no lo veo forofo de nada) son: «Llegó nuestro momento». El lector, ingenuamente, se pregunta: el momento ¿de quién?

El Gobierno es incapaz de prever cuál será su próxima rectificación, cómo afrontar la grave crisis económica, qué papel verosímil enviar a Bruselas, de qué modo apagar el incendio catalán, o cómo diseñar su relación con el nuevo Podemos, entre tantas incógnitas, y sin embargo ya sabe qué hará en los próximos decenios. Quienes van a presentar las recetas para la España de 2050 han sido sorprendidos por un movimiento de fichas marroquí que podía haber sido advertido por un político medianamente avisado y sin tanta experiencia a la espalda como la que atesoran nuestros dirigentes. ¿Hasta cuándo nos van a considerar menores de edad? Ya no cuela.

Rabat había enviado suficientes señales desde hacía tiempo como para que su reacción no hubiese producido sorpresas y se hubieran tomado medidas responsables y necesarias. Pero Sánchez estaba vendiéndonos propagandísticamente las vacunas, que no son suyas sino de Europa, y contando los días que faltaban para la normalidad: 99, 98, 95, 93… y no tenía la cabeza para otras cosas. Entre esas cuestiones inadvertidas por el Gobierno, se contaba la reacción de Mohamed VI y lo que, sin exagerar, es una invasión civil de Ceuta. Han llegado alrededor de 8.000 marroquíes a una ciudad de 84.000 habitantes.

¿Era previsible? El 19 de noviembre, siendo Pablo Iglesias vicepresidente, se le ocurrió tirar de la manta, muy a su estilo, desde su responsabilidad en el Gobierno, en el asunto del futuro del Sáhara Occidental, y la reacción marroquí fue inmediata. El 10 de diciembre, la Administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el antiguo territorio español. Una bofetada para el Gobierno de Sánchez. Podemos, mientras, forzaba a Sánchez para apoyar un referéndum en el Sáhara, y el malestar en Rabat crecía. El Ministerio de Asuntos Exteriores español no decía ni pío.

El pasado 18 de abril, España acogió en el hospital de Logroño, con nombre supuesto, a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, que padecía cáncer desde hace tiempo y ahora covid. El Ministerio de Asuntos Exteriores español había atendido una petición de Argelia, residencia de Ghali, pero no informó a Rabat, cuyos servicios de inteligencia no tardaron en conocer el paradero del líder del Polisario. El Gobierno marroquí envió por vía diplomática dos comunicados inusuales, advertencias claras que fueron desoídas.

En el primer comunicado, 25 de abril, el Ministerio de Asuntos Exteriores marroquí preguntaba por qué España admitió a Brahim Ghali, por qué lo ingresó con una identidad falsa, por qué no avisó a Marruecos, por qué la Justicia española no ha reaccionado ante las numerosas denuncias presentadas por sus víctimas. Y en el segundo comunicado, 8 de mayo, el Gobierno marroquí amenazaba con consecuencias ante su «decepción por un acto contrario al espíritu de asociación y buena vecindad», considerándolo «un acto premeditado, una elección voluntaria y una decisión soberana de España» de la que «extraerá todas sus consecuencias». La ministra Arancha González Laya no supo qué responder; solo dijo que el caso de Ghali tenía motivaciones humanitarias.

A nadie que no esté en el parvulario político podía sorprenderle la avalancha de miles de marroquíes sobre Ceuta, sobre todo después de apuntalar Rabat, a través de su agencia oficial de noticias, MAP, que España «conoce a la perfección el peso de Marruecos en determinadas cuestiones cruciales para toda Europa, en particular las migratorias y las de seguridad». Ya en febrero, la misma fuente marroquí responsabilizaba «a Pablo Iglesias del enfriamiento de las relaciones de Marruecos con España». Tras esta grave crisis «invasora», la Administración de Joe Biden ha seguido los pasos de la de Donald Trump en el pasado diciembre y ha apoyado a Rabat, reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Otra pulga, o no tan pulga, en el perro flaco.


El disparate de Mohamed VI


España ha avanzado en su irrelevancia exterior. Comenzó en tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, que llegó con el paso cambiado respecto a Estados Unidos tras su desprecio a la bandera norteamericana en un desfile de la Fiesta Nacional; Washington nunca lo olvidó. Cuando Sánchez se las prometía tan felices por la victoria de Biden, es uno de los pocos dirigentes europeos a los que el presidente norteamericano no ha telefoneado. Ni en la UE ni en Washington entienden un Gobierno con amplia presencia comunista. El descrédito de una prácticamente inexistente política exterior, unido a una política interior de confrontación entre españoles, y a los incendios secesionistas en Cataluña, precisamente promovidos por los socios de Sánchez, no son valores para fortalecer nuestra imagen exterior. Marruecos, un aliado necesario, es el último ejemplo.

Lo ocurrido en Ceuta, con policías marroquíes abriendo las verjas para favorecer el paso de miles de invasores, niños incluidos, es un disparate provocado por Mohamed VI. Imperdonable. Pero es una consecuencia de la débil política que padecemos. Sánchez no lo ve porque tiene los ojos en 2050. Redondo tampoco lo ve porque es el inventor de la memez. Mientras, al perro flaco ya no le caben más pulgas. O sí. Veremos lo que viene tras Ceuta. Y si la UE nos apoya. Somos su frontera sur.

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