SOBRE LA FIGURA DE JOSÉ ANTONIO

José Antonio, visto desde la izquierda.

«(José Antonio) me pareció bien intencionado y muy ansioso de elevar de nuevo a España, a la que amaba como yo, tanto o más por sus defectos que por sus virtudes».​ Párrafos de Félix Gordón Ordás, presidente de la República en el exilio de 1951 a 1960, de su libro de memorias Mi política en España (1962).

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La imagen dibujada de Félix Gordón se ha obtenido del mural que decora el paraninfo, que lleva su nombre, de la Universidad de León.
José Antonio, visto desde la izquierda.

José Antonio, visto desde la izquierda.


Traemos a las páginas de La Razón de la Proa un testimonio más sobre José Antonio de Rivera, esta vez procedente de un personaje de la izquierda, Félix Gordón Ordás, que fue diputado en las Cortes republicanas en el bienio 1931-1933, ministro de Industria y Comercio bajo la presidencia de Martínez Barrios y elegido también en febrero de 1936 con el Frente Popular, que lo designó embajador en México, donde fue nombrado presidente de la República en el exilio de 1951 a 1960 y falleció en 1973.

Se trata de un fragmento de su libro de memorias Mi política en España, editado en 1962, del que destacamos algunos párrafos significativos: «(José Antonio) me pareció bien intencionado y muy ansioso de elevar de nuevo a España, a la que amaba como yo, tanto o más por sus defectos que por sus virtudes» (recordamos al Amamos a España porque no nos gusta, del Fundador); «Estaba ya en posición poco afín con la República, pero no se ocultaba para expresar que nos prefería a nosotros, los hombres de izquierda en ella, ni para denostar a los radicales y, sobre todo, a los cedistas, que le irritaban sobremanera».

Recordamos al respecto la afirmación joseantoniana de que la Falange empalmaba con la revolución del 14 de abril, y acusaba al régimen republicano de haberla defraudado con su sectarismo, en la línea del No es esto, no es esto de Ortega y Gasset; también, sus palabras acerca de la Monarquía era una institución gloriosamente fenecida, así como sus esperanzas con respecto a Azaña y a Indalecio Prieto (Si algún día el socialismo adquiera un sentido nacional) y aquella respuesta a una entrevista periodística: «Puestos a escoger entre la obra reaccionaria y la obra revolucionaria actuales en España, prefiero, sin ningún asomo de duda, a los sindicalistas».

Leamos, pues, este testimonio de Gordón Ordás, que nos introduce en esta perspectiva de un hombre de izquierdas que no se recata de mostrar su simpatía por José Antonio.


Félix Gordón Ordás

Presidente del Consejo de Ministros de la Republica. Paris (1951-1960)

Establecida ya la Republica en nuestra patria, don Manuel Azaña, figura prominente de ella, demostró, junto a una tolerancia amable respecto a los hombres medios y bajos, una extraña resistencia para aceptar en sus filas a nuevos intelectuales, tal vez por un obscuro complejo de resentimiento, puesto que indiscutiblemente ellos fueron injustos para su obra literaria, no copiosa, pero sí muy selecta; y dijérase más concretamente que ponía obstáculos a determinados intelectuales jóvenes, ambiciosos como era natural, de destacarse en el terreno político al que acudían.

Recuerdo a este propósito dos nombres típicos: Ernesto Giménez Caballero y Eugenio Montes. Ambos se acercaron a la política dirigida por don ManuelAzaña y el primero de ellos incluso escribió y publicó elogios hiperbólicos del hombre símbolo, pero con su gesto característico de desdén les fue desilusionando y ellos se apartaron poco a poco de su lado. ¿Quién ignora que los dos fueron más tarde elementos muy valiosos para la política franquista de los primeros años.

Aunque parezca muy aventurado lo que afirmo, creo que fue posible al principio lograr que el propio José Antonio Primo de Rivera hubiese cooperado en la Republica de izquierda si con la acción y la retórica, que amaba por igual, se le hubiera sabido atraer a nuestra régimen, pues yo no he olvidado que delante de mi le dijo un día en el Congreso a don Indalecio Prieto, por quien sentía respeto y admiración, que él se inscribiría en el Partido Socialista, si este se declarara nacional.

El nacionalismo exacerbado de aquel muchacho, inteligente, reflexivo y audaz, a pesar de su aparente frivolidad señoritil, y su fiero antimonarquismo, engendrado por la ingratitud de Alfonso XIII para el general don Miguel, se habrían podido atraer y aprovechar si en los momentos en que la Republica era todavía un gran ilusión nacional hubiese habido alguien que con perspicacia y autoridad suficientes para haber comprendido lo que en su cerebro encerraba José Antonio de positivo y la utilidad que de ello podía haber obtenido el nuevo régimen, necesitado de todas las cooperaciones españolistas inquietas por el porvenir para afianzarse, sin grandes resistencias, en el alma de todos los españoles progresivos.

Aunque me fue simpática su arrogancia, un mucho pueril y un poco jactanciosa, yo nunca cultivé el trato con José Antonio Primo de Rivera, quien me parecía bien intencionado y muy ansioso de elevar de nuevo a España, a la que amaba, como yo, tanto o más por sus defectos que por sus virtudes.

Mi primero y más largo contacto con él fue inicialmente hostil. Estaba yo desarrollando una intensa campaña obstruccionista en las segundas Cortes contra el proyecto de restauración disimulada de los haberes al clero que había presentado el Gobierno radical-socialista y mientras pronunciaba uno de los discursos acerbamente críticos oí a mi lado una interrupción brusca, agria y descortés. Era de Primo de Rivera, quien se sentaba por su gusto entre las izquierdas republicano-socialistas en el escaño del hemiciclo inmediatamente inferior al mío, a cuya interrupción contesté en voz muy baja, casi al oído, diciéndole, sin ninguna alteración en la voz: «Perderá usted el tiempo si pretende desconcertarme porque yo discurro mejor y hablo con más fortuna entre tempestades». Se volvió para mirarme y sonrió. Eso fue todo de momento y yo proseguí mi discurso.

Al terminar me pidió disculpas por lo que había dicho y añadió que le exasperaba ver que se estaba perdiendo el tiempo en discusiones baladíes cuando tanto había que hacer en problemas más sustantivos para el país. Le hice ver mi discrepancia en la apreciación del calificativo que le merecía para mí el muy grave y “fundamentalísimo” problema clerical. De observación en observación fue desapareciendo la hosquedad y hablamos casi amistosamente durante más de una hora. Fue aquella mi única conversación propiamente dicha con José Antonio, quien estaba ya en posición poco afín con la Republica, pero no se ocultaba para expresar que nos prefería a nosotros, los hombres de izquierda en ella, ni para denostar a los radicales y, sobre todo, a los cedistas, que le irritaban sobremanera.

“Mi política en España”, tomo II, pág. 15-16, México DF, 1962.

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