OPINIÓN | ACTUALIDAD

La hora de los cobardes

Con la vergonzosa ley de memoria histórica, con la tergiversación y falseamiento de la historia real, y el “olvido” premeditado de otros muchos hechos, lo que se pretende es deslegitimar nuestro pasado.


Artículo recuperado y actualizado. Publicado en Gaceta de la FJA, núm. 326 (NOV/2019). Ver portada de Gaceta FJA en La Razón de la Proa (LRP). Recibir actualizaciones de LRP.​​​

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La hora de los cobardes

La hora de los cobardes


«¡Cómo se vengan del silencio a que los redujo! ¡Cómo se agitan, cómo babean, cómo se revuelcan impúdicamente en su venenoso regocijo! ¡Hay que tirarlo todo! ¡Que no quede ni rastro de lo que él hizo! Y los más ridículos de todos los enanos –los pedantes– sonríen irónicamente (..). Pasarán los años, torrente de cuyas espumas sólo surgen las cumbres cimeras. Toda esta mezquina gentecilla –abogadetes, politiquillos, escritorzuelos, mequetrefes– se perderá arrastrada por las aguas. ¿Quién se acordará de los tales dentro de cien años? Mientras que la figura de él –sencilla y fuerte como su espíritu– se alzará sobre las centurias, grande, serena, luminosa de gloria y de martirio».

Estas palabras, contenidas en un artículo de José Antonio Primo de Rivera titulado La hora de los enanos, que fue publicado el dieciséis de marzo de 1931 en ABC, y dedicadas por un hijo a su padre fallecido y a la mezquindad de todos aquellos que, cobardes mientras vivía, se revolvieron contra él a su muerte, parecieran escritas hoy.

De todas las sensaciones que el que suscribe estas líneas sintió ante las imágenes de la profanación de la tumba de Franco, que, en asombrosa exclusiva, sirvió la televisión pública, clamorosamente puesta al servicio de un Gobierno y no de un país, la que predominó fue la del asco y la nausea. La misma que puede producir el contemplar el abuso de unos desalmados sobre quien no se puede defender.

En los hechos acaecidos en aquella ocasión, que quedará como una de más infamantes de la historia reciente de España, concurrió además la circunstancia de que los cobardes quisieron vengarse de un muerto y, al tiempo, humillar a los vivos que lo acompañaban, a su familia, que sólo pretendía acompañarlo entre tanta ignominia ¿Cabe mayor felonía?

El hombre cuya exhumación permitió entonces al infame presidente de este Gobierno de advenedizos realizar un spot publicitario y electoralista de veinticuatro horas (y la Junta Electoral Central, claro, no tiene nada que decir al respecto), con todas sus luces y sus sombras, siempre será mil veces más grande que todos esos enanos morales que, sirviéndose ilegítimamente de todos los poderes del Estado y violando, con el beneplácito culpable de todo un Tribunal Supremo y el silencio indigno y ruin de esa jerarquía eclesiástica que tanto debería agradecerle, los más elementales derechos humanos de un muerto y su familia, profanaron un lugar de culto y violentaron los derechos de sus legítimos inquilinos.

Pero, con todo, lo más oprobioso, lo más mezquino, es que pretendieron, y pretenden, porque no otro es su plan, el que inició Zapatero y continua Sánchez, sin que la derecha pueda ni sepa (ni quizá quiera) oponerse a ello, profanar y despojar de valor la obra de todos aquellos que supieron dejar atrás sus odios y cuentas pendientes para alumbrar un horizonte de reconciliación entre los españoles.

Porque, no nos llamemos a engaño, con ese acto, con la vergonzosa ley de memoria histórica, con la tergiversación y falseamiento de la historia real, y el “olvido” premeditado de otros muchos hechos, lo que se pretende es deslegitimar nuestro pasado, modificar a posteriori la crónica de lo ocurrido y dividir de nuevo a los españoles. Todo ello en el propio beneficio de una generación de políticos de la más baja estofa que la historia de nuestra Nación haya conocido.

Fue tan vergonzoso todo lo ocurrido entonces que no creo que ni tan siquiera consiguieran sacar de ello un gran rédito electoral. La cobardía no debería cotizar en el mercado de los votos. Y aunque nuestra sociedad está tan narcotizada que todo podría suceder, nos dignificaría que no se recompensara la vileza.

En 1935, con motivo de la profanación de las tumbas de los capitanes Galán y García Hernández, fusilados tras sofocarse la rebelión de la que fueron cabecillas, la denominada Sublevación de Jaca, acaecida el 12 de diciembre de 1930, un pronunciamiento militar contra la monarquía de Alfonso XIII durante la "dictablanda" del general Berenguer y que pretendió la instauración de la República, la Falange, por aquel entonces (y después) tachada de “fascista” y “violenta”, emitió el siguiente comunicado, publicado en el diario Arriba del día 11 de abril de ese año:

«La Falange Española de las J.0.N.S., ante las primeras noticias de haber sido profanadas las tumbas de los capitanes Galán y García Hernández, no quiere demorar por veinticuatro horas su repulsión hacia los cobardes autores de semejante acto. Quien demostrara su aquiescencia para tan macabra villanía no tendría asegurada ni por un instante su permanencia en la Falange Española y de las J.0.N.S., porque en sus filas se conoce muy bien el decoro de morir por una idea».

Ahora, que criminalmente se pretende profanar la tumba de José Antonio, aquel que dijo en su ejemplar testamento, «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia...», igual que se hizo entonces con la de Francisco Franco, es bueno recordar cómo actuaron otros cuando se trató de respetar a los muertos, fueran del bando que fueran.

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