EDITORIAL

¿Tecnoutopías?

No se trata de rechazar estúpidamente lo que nos pueda ofrecer la tecnología, sino de rescatar, ante todo, lo humano, que debe ponerla a su servicio y no al revés. La preeminencia de lo humano y de lo espiritual debe ser un objetivo irrenunciable.


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¿Tecnoutopías?

¿Tecnoutopías?


Como es lógico y normal, todos estamos pendientes de lo inmediato, de los riesgos cercanos, de lo perentorio del día a día, y solemos perder de vista lo que nos parece más lejano, lo que aparece difuminado en un futuro imprevisible. Así, los españoles seguimos con avidez las maniobras de los políticos de turno, sus últimas corruptelas o, más íntimamente, cómo llegar a final de mes o qué trabajo podemos encontrar, además de seguir las cambiantes normas sanitarias.

Pero no debemos descuidar la atención sobre otro tipo de posibles acontecimientos, de previsiones o de anuncios cuyo alcance universal nos va a afectar, no solo en nuestra vida nacional, sino incluso en nuestra condición de seres humanos; quienes consideramos especialmente los valores eternos e intangibles de la dignidad, de la libertad y de la integridad no podemos esconder la cabeza debajo del ala, por comodidad o por falta de miras, y desconocer los grandes proyectos, tanto en lo que puedan tener de positivo como de negativo.

Los saltos tecnológicos se suceden a la velocidad de vértigo, en el seno de esta cuarta revolución industrial en la que estamos inmersos. Así, se augura para el 2025 un desarrollo espectacular de la inteligencia artificial y de la robótica, con inmensas consecuencias para el trabajo y la educación, y, en 2045, la fusión completa entre tecnología e inteligencia humana, sin vínculos con nuestras referencias humanistas actuales centradas en la persona; el ser humano se transformará en un ser mitad biológico, mitad informático, conectado a la web (Ray Kurzweil, jefe de investigación de Google).

¿Se trata de ciencia-ficción? ¿Es una distopía más, al modo de las de Huxley y de Orwell? De entrada, pensemos que estas últimas se han venido cumpliendo inexorablemente, y descendiendo al campo de la política, se han instalado entre nosotros de un modo completo (en España lo sabemos bien).

Sean o no exactas las previsiones de Kurzweil y de otros investigadores, lo cierto es que la evidencia ya nos está dando pruebas de lo que puede ser el futuro; y no se trata de rechazar estúpidamente lo que nos pueda ofrecer la tecnología, sino de rescatar, ante todo, lo humano, que debe ponerla a su servicio y no al revés. La preeminencia de lo humano y de lo espiritual debe ser un objetivo irrenunciable.

Los avances hacia ese Nuevo Orden Mundial, en los que se aplican por igual las izquierdas y las derechas actuales, se basan en las bioideologías al uso, en la pseudoespiritualidad de New Age y en esa biotécnica que desprecia lo humano. Implican una sociedad mundializada e hipercapitalista en la que la participación y la libertad serán sustituidas por una oligarquía detentadora del poder y mecenas de esa técnica puesta a su servicio.

Seamos capaces de hacer frente, en la conciencia individual y en el comportamiento social, a estos intentos, no con la mirada reaccionaria hacia el pasado, sino con la interesada hacia un futuro donde puedan prevalecer, junto a los avances de la técnica y la ciencia, el respeto a la dignidad del hombre, la libertad profunda y no se le niegue su condición de abierto a la trascendencia, como ser compuesto de alma y cuerpo.

Esa actitud de hacer frente a esos grandes retos del futuro forma parte esencial de nuestro ideal de rehacer España, que es la manera de recuperar la armonía del hombre consigo mismo y con su entorno. Y debemos comunicarlo, en la medida de nuestras posibilidades, a nuestra Europa y al mundo.

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