EDITORIAL

¿Punta amada de todo español?

Pocas o nulas voces se han levantado en España contra el enjuague de nuestro gobierno sobre Gibraltar; de ahí, los interrogantes del título: ¿existe una conciencia española acerca del agravio permanente de Gibraltar?

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¿Punta amada de todo español?

¿Punta amada de todo español?


Así, de este modo, pero con la salvedad de los interrogantes que hemos introducido ahora, calificaba una antigua canción reivindicativa y juvenil el Peñón de Gibraltar, sobre el que ondeaba –y ondea–, un extraño pabellón, que es el de la Unión Jack.

También se decía por aquellos tiempos que España limitaba al sur con la vergüenza de Gibraltar; y, por lo visto, esa vergüenza va a proseguir sin que los sucesivos gobiernos y los cambiantes regímenes que han configurado el Estado español desde el siglo XVIII hayan conseguido que deje de existir en Europa una trasnochada situación colonial, solo comparable a la de las islas Malvinas.

Y la metrópoli protagonista de ese anacronismo y de esa rapiña es la misma en ambos casos, la Gran Bretaña.

En nuestro anterior editorial (La soledad del europeo) nos lamentábamos de la contumacia del nacionalismo excluyente británico y de la ineficacia de la UE para conformar en la realidad ese viejo sueño histórico que es la Patria europea. Ahora, además, debemos añadir a la cuenta la estúpida complacencia (quizás valdría la pena llamarla traición, a secas) del gobierno español de Sánchez-Iglesias, al no aprovechar el empecinamiento y la cerrazón de la Rubia Albión para apretar las tuercas a ese paraíso fiscal y centro de contrabando que es el feudo del señor Picardo, y, por el contrario, facilitarle a la metrópoli británica la puerta de una Europa a la que han renunciado con su Bréxit.

Pocas o nulas voces se han levantado en España contra el enjuague de nuestro gobierno sobre Gibraltar; de ahí, los interrogantes del título: ¿existe una conciencia española acerca del agravio permanente de Gibraltar? La indiferencia demostrada por muchos puede ser paralela a la demostrada ante las insultantes palabras de Marruecos al negar la españolidad de Ceuta y de Melilla; o también a la apatía de esos conciudadanos ante las embestidas separatistas en Cataluña y el País Vasco contra la unidad de España, embestidas ahora aliadas al propio gobierno español.

No es cuestión de mayorías o minorías, sino de conciencia nacional, esa que nos empeñamos en suscitar desde La Razón de la Proa y de otras publicaciones afines. Esa conciencia nacional, para ser efectiva, precisa de un proceso educativo que sea capaz de contrarrestar la perniciosa manipulación que, desde hace décadas, viene sufriendo el español de a pie.

En esa tarea persistimos, pues nuestro objetivo, lejos de centrarse en la acción política de los ambientes turbios, es configurarnos –con la ayuda de lectores y simpatizantes– en un a modo de cátedra de la renacionalización de España, entendiendo por tal la España vital, susceptible de tener conciencia de sí misma cuando abra sus sentidos a otras informaciones diferentes a la que le suministra la puerca política al uso.

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