EDITORIAL

El presente es el que debe reclamar nuestra atención.

Cada tiempo tiene sus retos y requiere sus enfoques, y no vale anclarse en el pasado, por muy glorioso que haya sido, para enfocar el presente. Lo que sí debe importarnos son los valores y las ideas esenciales, que quizás tienen un valor que trasciende las circunstancias históricas.

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El presente es el que debe reclamar nuestra atención.

El presente es el que debe reclamar nuestra atención.


¿Alguien se imagina a José Antonio dedicándose, en su momento, a glosar las fechas del 98 o a basar su propuesta en la crisis finisecular, de la que habían transcurrido unos treinta y cinco años tan solo? O ¿alguien se lo imagina entrando en debate sobre la Gloriosa, de la que la separaban setenta y tantos años, o haciendo uso del vocabulario político heredado de Canalejas, Sagasta, Cánovas o Dato?

Precisamente, el acierto ⎼y el riesgo⎼ de José Antonio fue atender a los signos de su tiempo, y ser capaz de crear nuevas formas de lenguaje político, que escandalizaban a sus adversarios de la derecha y de la izquierda, y, por el contrario, atraían a los jóvenes, por su rotundidad y su belleza.

Cada tiempo tiene sus retos y requiere sus enfoques, y no vale anclarse en el pasado, por muy glorioso que haya sido, para enfocar el presente; del mismo modo, quizás no valga un léxico familiar y muy conocido por nosotros para convocar a otras generaciones. Lo que sí debe importarnos son los valores y las ideas esenciales, que quizás tienen un valor que trasciende las circunstancias históricas.

En punto a recordar lo histórico, vale la pena que nos fijemos en los versos de aquella vieja canción que aseguraban que el pasado no es paso ni es traba, sino afán de emular lo mejor. Esta emulación de lo mejor debe presidir, en primer lugar, nuestras conductas, para no recaer en el dominio de los demonios familiares, que nos condujeron a la situación actual; la historia debe ser objeto cuidado de los historiadores, nunca despreciarla ni ocultarla, pero no entregarle, como si fuera un sacrificio votivo, el presente que nos toca vivir; y, en segundo lugar, nuestros mensajes y nuestros hechos, para no hacer de la nostalgia un motor anclado en el ayer.

Por el contrario, el presente es apasionante, y sus grandes incógnitas, sus graves desafíos y nuestras mejores esperanzas deben constituir el impulso de nuestra acción. La historia nunca vuelve atrás, y es del todo punto inútil plantearse ucronías ⎼o utopías⎼ que no sirvan para el quehacer diario, en punto a lo ideológico o, en su caso, a la hora de plantearse estrategias.

En La Razón de la Proa procuramos atenernos a estas ideas; los lectores saben de sobras que nuestra pretensión es traer a José Antonio al siglo XXI, ser capaces de imaginar cuáles serían sus planteamientos de hallarse en nuestro tiempo y ante los nuevos retos que nos depara la situación. No por eso, como se puede observar, hacemos tábula rasa de la historia falangista, ni ocultamos nuestras procedencias juveniles, de las que nos sentimos orgullosos, pero nuestra atención primaria va dirigida a la España y al mundo de hoy.

Además, procuramos abrirnos a ese público potencial (y real, a juzgar por las visitas a nuestra página) utilizando un lenguaje de hoy, que no resulte extraño ni arcaico a los muchos jóvenes que se sienten atraídos por la figura y la obra de José Antonio. Como decíamos en un editorial anterior, jamás caeremos ⎼siguiendo su ejemplo⎼ en la chabacanería ni en la vulgaridad que suele adornar otros lenguajes políticos del día; la elegancia, y, aun, lo poético, no está reñida con la claridad.

Nuestros colaboradores habituales tienen muy presente estas ⎼llamémoslas⎼ normas de estilo; por una parte, éticas; por otra, literarias. Y, sobre todo, el hecho de ser capaces de apasionarse, no tanto por lo que ocurrió, sino por lo que tenemos ante los ojos.

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