EDITORIAL

Un patriotismo alicorto.

Nuestra concepción de raíz joseantoniana acerca del patriotismo (carácter fundacional y no contractual, unidad y variedad, destino común, universalismo, tarea de generaciones…) supera con mucho a las teorías del patriotismo constitucional de Habermas y de Aznar, y se está revelando como la única que puede sacar a España del atolladero al que lo han llevado las derivaciones de la Transición y los nefastos políticos de sus gobiernos.

Un patriotismo alicorto.

Un patriotismo alicorto


Hace décadas que planea sobre nosotros los europeos el llamado patriotismo constitucional y es moneda de uso corriente en los ámbitos políticos e intelectuales, como única formulación autorizada y políticamente correcta del patriotismo.

Concretamente en España, este concepto ha servido para un roto y para un descosido: por una parte, para hacer borrón y cuenta nueva de nuestra historia, sepultando en el silencio, en el olvido o en la tergiversación aquellos momentos non sanctos para el actual Régimen; por otra, para intentar hacer frente a las efervescencias de los nacionalismos separatistas, que tuvieron lugar en aquel octubre de hace dos años en Cataluña.

Si, para lo primero, el patriotismo constitucional se ha mostrado abyecto, para lo segundo, ha demostrado su más completa inutilidad.

El patriotismo constitucional es de patenta alemana; fue concretamente Habermas, el intelectual orgánico heredero de la Escuela de Frankfurt, el que lo acuñó, con el fin de proporcionar a los alemanes de hoy un modelo unitario y conciliador que les hiciera olvidar la aventura del III Reich y de la 2ª GM.

Su importación a España vino de la mano de Aznar y del PP, pero fue inmediata y gozosamente asumido por el PSOE con idénticas intenciones que en su fase germana: cegar a los españoles la memoria de cualquier franquismo redivivo e inaugurando, así, un punto de partida para España con fecha de 1978, y no antes. Con este propósito, su indignidad de nacimiento quedó de manifiesto.

Con respecto a la primera intención antedicha, es evidente que ni una Patria es su Constitución en vigor solamente ni su historia puede quedar resumida al plácet de sus actuales dirigentes.

Con respecto a la segunda intención, es del todo punto vano e inoperante oponer a una ilusión colectiva (aunque sea tan dañina como la secesión de una parte de España) un conjunto de artículos y de normas legales, que, por su frialdad (e incumplimiento, además) nunca podrán llegar a superar por elevación aquellos planteamientos ilusionantes de signo separatista.

En este momento, en que está en entredicho todo un Régimen, el de la Transición, la Corona y el resto de instituciones, no puede acontecer que, en su ocasional deterioro o, incluso, derrumbamiento, se arrastre también a España.

España está por encima de cualquiera de las constituciones que la han organizado, por encima de cada mandatario que ha ocupado su cúspide, por encima de cada coyuntura más o menos crítica que ha vivido.

Nuestra concepción de raíz joseantoniana acerca del patriotismo (carácter fundacional y no contractual, unidad y variedad, destino común, universalismo, tarea de generaciones…) supera con mucho a las teorías del patriotismo constitucional de Habermas y de Aznar, y se está revelando como la única que puede sacar a España del atolladero al que lo han llevado las derivaciones de la Transición y los nefastos políticos de sus gobiernos.


 

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